Pensar, desde la isla y más allá.

Todo escritor que siente la necesidad de publicar su obra, lo hace, generalmente con el fin de alcanzar y complacer al mayor público posible, sin saber que esto sería misión imposible porque estaría irremediablemente expuesto a las críticas y comentarios muy buenos, buenos, no tan buenos, y premeditadamente malintencionados. “De todo hay en la viña del Señor”. Mi caso no ha sido una excepción a la regla. 

Creo que muchos escritores coincidirían conmigo al afirmar que nos complace la crítica constructiva, y por qué negarlo, es de todo ser humano el deseo de ser uno de los preferidos de los lectores. 

Recién publicada mi segunda obra, la novela titulada Una vez. Dos vidas, recibí múltiples manifestaciones de elogio que, unidas a la exitosa venta del libro me llenaron de profunda satisfacción. Una persona muy querida y ávida lectora, no obstante, se mostró algo reticente ante los errores de imprenta y ciertas incongruencias cronológicas que restarían valor a una obra historiográfica. No así a una novela escrita en esta época en que tantos escritores se han permitido traspasar los lindes de la narrativa anterior que consistían en introducción, nudo y desenlace para crear verdaderas obras maestras basadas en el ingenio de experimentar. Sin alterar en absoluto la comprensión del relato, el género novelístico nos brinda ciertas libertades diacrónicas imposibles de lograr en el cuento, por ejemplo, en cuya limitada extensión debe desarrollarse un argumento llevado a cabo por un reducido número de personajes. 

En la literatura ya todo ha sido dicho.  Me atrevo a decir que lo único original en un escritor es la intención de plasmar su personalidad y su ingenio en las palabras y en la forma que escoja para transparentar sus realidades y sus fantasías. Con la disponibilidad de la infinita información con que contamos, el proceso de crear se presenta como un reto inconmensurable. Es por eso que el crítico literario debe eximirse de arruinar una carrera escritural si antes no se despoja de toda intención subjetiva, o si no cuenta con la debida preparación y profundos conocimientos sobre el producto a ser comentado de manera justa y objetiva, al mismo tiempo ajustando su criterio a los cánones de la buena literatura. 

Ahora me doy perfecta cuenta del deleite espiritual que obsesionó a Mario Vargas Llosa para sumergirse en la lectura pormenorizada de Madame Bovary. El vocablo “pormenorizada” queda corto ante lo que ese genial escritor debió de escudriñar microscópicamente al revés y al derecho la obra quasi perfecta del obsesivo y eximio Gustave Flaubert. No hubo mínimo detalle de esa gran obra que le pasara desapercibido. El escritor devenido crítico para comentar esta gran obra universal, se enfrascó en desentrañar el secreto del autor que logró crear la que ha sido considerada primera novela moderna.  Junto al escritor francés, Vargas Llosa logró revivir las horas interminables transcurridas dentro de su habitación-estudio, de la cual salía no más que para viajar en busca de materia prima para sus obras y, ya completamente satisfecho de su pesquisa, regresar directo a su refugio y escribir, escribir, escribir infatigablemente. Aprovechaba sus duermevelas el perseverante Flaubert para escribir cartas interminables a su amante-amiga Louise Colet, en las que le confesaba su obsesión por encontrar le mot juste, en cuyo esfuerzo a veces duraba días enteros. Ya satisfecho con la lectura impactante de su paciente literario, procedió Vargas Llosa a diseccionar cada parte de la totalidad de la estructura; todos los recursos literarios eficazmente utilizados: la personificación de las cosas, como también la cosificación de los humanos; los eufemismos, las expresiones burlescas incluyendo los nombres de los personajes que aludían al lugar u oficio de los mismos.  Por otro lado, extrajo todo, absolutamente todo lo que pudo analizar y deducir sobre la enigmática y esplendorosa mujer arrolladora llamada Emma Bovary, cuyo nombre dio lugar al término “bovarismo” para describir un personaje tan real como la vida misma, y cuyo idealismo y fantasías la alejaban de sus obligaciones en el diario vivir. Con ella en sus sueños, el escritor galante Mario Vargas Llosa logró experimentar la onírica sensación de una Orgía Perpetua

Tratado ejemplarizante del género conocido como crítica literaria.

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Lisette Purcell es Licenciada en Humanidades, mención lenguas modernas. Profesora, traductora y escritora.

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