Pensar, desde la isla y más allá.

Es para mí muy inquietante mirar desde un espacio tan distante como diferente el entorno de un escritor del Caribe en relación a sus homólogos de países como España, México y Argentina. Siento que vivimos en frecuencias distintas, en tiempos disímiles, en mundos contrapuestos. Una isla es de por sí una geografía cerrada, limitada, cercenada. Existe una necesidad intrínseca de zarpar, penetrar el ancho mar. Está en la naturaleza humana salir de todo lo que nos aprisiona. Somos claustrofóbicos en esencia, es la razón por la que emigramos de los amigos, del matrimonio, del lugar donde vivimos. Somos nómadas antes que sedentarios, salimos de caza por un amor, por una tierra, por un terreno a conquistar. Grandes héroes como Marco Polo, Napoleón Bonaparte, Jacques Cousteau, entre muchos otros, son hombres que mantuvieron intacta en su interior esa condición primaria en el ser humano de no echar raíces profundas en ninguna parte, eligieron ser polen, viajar por el viento.

Sin embargo quienes vivimos en una isla obligados al cadalso, somos dados a desarrollar el ojo en los espacios cerrados. Sabemos que una calle está condenada a terminar, por más ambiciosa que sea, en la orilla de ese mar que la aprisiona. Las opciones son limitadas. El mundo es más pequeño, por tanto el esfuerzo mayor y la necesidad de contacto infinita. Aun así se vive, se alimenta la esperanza de conquistar tu breve espacio, se acaricia la idea de trascender, negarse al ostracismo es una angustia que viene desde la cuna. El niño de una isla no llora al nacer igual que otros niños, llora su condena de prisionero, odia la cuna, el hospital que lo acoge, odia saberse un conquistado preso de los corsarios, piel de ganado, madera lista para a ser exportada hacia la metrópoli.

Una isla en el fondo es una adolescente violada. Cristóbal Colón fue un gran violador, un estuprador de indias. Es un temor patológico que se lleva dentro, es el miedo a ser mancillados de nuevo, engañados, a que se nos cambien espejitos por nuestras pepitas de oro. Un escritor de la isla vive esa angustia callado, atrincherado en su calabozo de sueños. Su existencia es penosa. Dos o tres cafés dignos donde conversar, tres buenos amigos amantes de la poesía, cincos eventos importantes en el año, luego solo la indiferencia y el desarraigo más violento. Se es ninguno, o no se es. Aquí el ser o no ser no existe. No eres. Simplemente esa es tu marca, tu sello de distinción. El escritor de una isla es un paria insignificante para el poder y para la sociedad en su conjunto.

Paradójicamente este hecho le convierte en un héroe, un gladiador, ya que tiene que defender su honra con más fe y gallardía que el resto. A muchos se les ve medrando alrededor del poder, pidiendo un mendrugo de pan, siendo bufones de políticos imbéciles, arrastrándose como serpientes esperando la primera piltrafa. En otros casos, no menos penosos, son farsantes, leñadores de ideas, pirómanos infantiles, narcisistas de los medios. No nos debemos escandalizar por ello, solo son la gran mayoría los que actúan de ese modo, aquellos que perdieron la esperanza en la palabra, en su capacidad trasformadora, iluminadora.

Por suerte hay unos pocos que se vuelven salamandras. Ocultos entre la arboleda salen por los corredores de la noche, contemplan el mar, ven sus grandes olas levantarse contra el cielo, no tienen miedo a naufragar si es necesario en la aventura de sus ideales. Viven a tu lado y no te das cuenta de que respiran. Guardan las apariencias, toman su cerveza o su trago de ron en el más absoluto silencio, miran por el rabillo del ojo el entorno, mientras convulsionan por dentro de sí mismos. Luego se levantan de sus asientos y van hacia su casa en muda procesión. Sin llamar la atención siembran en algunos maceteros plantas ornamentales y se dejan llevar suavemente a través de melodías sugerentes hacia otros espacios, otras islas. Viajan a través de su imaginación, cruzan fronteras, conquistan nuevas tierras, se vuelven intrépidos Américo Vespucio, piratas del mar. Pero no se quedan ahí, algunos son aún más osados. Se arman de arpón, de cedazos y se lanzan al mar, trayendo consigo hermosos peces marinos, ballenas con cuerpos de mujer, hipocampos que introducen en grandes peceras. 

Conozco el caso de un escritor, vive a pocos metros de mi casa. Tuvo una suerte única, pescó cerca de los arrecifes de las Islas de Barlovento una preciosa sirena, la tiene en una gigantesca piscina de cristal. A veces, en días de intensa lluvia, la deja salir de la piscina y se acuesta junto a ella en las noches más desoladas.

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David Pérez Núñez es poeta, narrador y ensayista. Autor de Caleidoscopio (2019) y Soledades y destierros (2019). Ultima los preparativos de un segundo poemario, en esta ocasión bilingüe, español-inglés y trabaja en un nuevo libro de cuentos y narraciones cortas.

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