Pensar, desde la isla y más allá.

Como recordarás René, tú y yo nos encontramos cara a cara por primera vez en el hospitalario hogar de José Rafael en la Florida, territorio que te acogió tras el inicio de tu periplo diaspórico y que hiciste nueva nación dentro del complejo mundo Dominicanamerican. ¿Veinte años, veintitrés? No recuerdo. Esa noche hablamos de música y de letras. De Aute, Piglia, y del movimiento literario de Chicago desde donde yo venía. Todo aquello en staccato, porque la algarabía de la fiesta no permitía otra cosa. Ya yo sabía de ti, por supuesto, sobre todo porque durante mis visitas al país en los noventa tardíos Enriquillo se había encargado de contármelo todo. Que andaba por ahí un grandulón montañés de blando corazón quien, en el cuadrilátero de la página, saltaba con inverosímil destreza del cuento al poema como si cualquier cosa. Quien, eso sí, ni vivía en París ni mucho menos se llamaba Julio. 

Tras aquel encuentro, tu Mediaisla se hizo territorio fértil para mis garabatos, y fue así, gracias al febril pálpito de autor publicado en medio digital que te hice llegar a los ojos de los quijotescos compueblanos de Chicago. No te quepa duda, te quisieron todos y cada uno de los escritores de esa comarca: los chilangos y otras etnias mexicanas; los boricuas expats; uno que otro chico cubano buena gente; ese único hondureño apellidado Leyva quizás más que muchos; y por supuesto, los tres compatriotas que echaron a Pedro entre el pozo: Moira, tu hermano Rey y yo. 

Alegres contigo como si acaso nos hubieras reunido en un gran salón comandado por Borges y el maestro Barthes en anticipo al diálogo eterno del poema, te quisimos tanto como Cortázar quiso a Glenda. Celebrando tu risa corta, tu marcha casi insonora hacia los muchos podios de esos festivales otoñales y primaverales de Contratiempo, pretendimos junto a ti resolver el álgebra del misterio de las letras. Así te hiciste hijo de mi Chicago literario una tras otra vez. 

En las madrugadas que más tarde nos regalabas en cada visita, batallando contra el frío óseo a fuerza de tequila, veías cómo por tu culpa nacían y fallecían memorias de muchachas idas que, mirándonos a los ojos, preguntaban el porqué de tanta lágrima. Julia, eterna conspiradora contra la seguridad de todos los estados emocionales, por supuesto no estaba. Había partido a manos del desamor. 

Te confieso René, que no quiero abrazar la melancolía. Recuerdo cómo una vez juraste que aquello no era más que un ridículo y solitario espectáculo. Cómo confesaste también no temer a la memoria porque conocías a profundidad el vértigo de caer hacia el olvido. Mas, ¿acaso has olvidado que aquellos ceremoniales fueron imperecederos encuentros donde en éxtasis total arrancábamos fechas a los calendarios? ¿dónde rescatábamos frágiles mariposas atrapadas en un cartón pretendiendo resguardar la vida, esa que hoy fútilmente queremos devolverte?   

Te fuiste, René, y apenas queda un hálito en mi voz para llamarte. Debo preguntarte porqué nunca dijiste cuán fácil era todo en el amor; cuán clara estaba revelada la respuesta en este verso que tantas veces leímos anticipando el inexorable crepúsculo: …para saberte a ti sin desperdicios,/no hay que esperar a que des la vuelta;/no hay que acudir al braille ni al botánico,/ sólo apagar la luz y desnudarte. 

Santo Domingo, 2 de abril 2020.

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Jochy Herrera es cardiólogo y escritor; autor de “Estrictamente corpóreo” (Ediciones del Banco Central de la República Dominicana, Santo Domingo 2018).

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