Pensar, desde la isla y más allá.

Las montañas, el mar, el cuento, tres elementos comunicantes con René Rodríguez Soriano. Él nació en Constanza, yo en Jarabacoa, con pocos años de diferencia. En el imaginario de los que provenimos de esa zona, los dos pueblos están conectados por innúmeras vías (historia, familias, comercio, inmigración, etc.) y lo único comparable al paisaje que nos vio nacer es el mar. Al establecernos en Santo Domingo, acogemos el Caribe como un resplandor de aventuras, al propio tiempo, la nostalgia de lo que dejamos atrás empieza a crear cauces en la imaginación.

Conocí a René cuando me iniciaba como cuentista. Los recuerdos más vivos y placenteros que de él conservo datan de ese tiempo (finales de los ochenta, principio de los noventa). Tienen como epicentro Casa de Teatro y nuestras narraciones. La amistad entonces florecía alegre, franca, se cruzaba de muchas maneras. Ramón Tejada Holguín, Rafael García Romero, Aurora Arias, Adrian Javier eran amigos comunes. En el homenaje que le rinde Plenamar, he querido aportar, como dos lirios cala que brotaran en el puente ciudad-valle, o mejor en El Gajo, estos microrrelatos.

Mirando las aguas del río Yangtsé

Mi padre siempre quiso navegar. Construyó nuestra casa con pinos, en una escarpada montaña. En toda ella había un delicado propósito de barco. 

Nuestros nombres surgieron de su sueño. Ola, Coral, Ulises. A nuestra perra la llamó Medusa. 

Cada amanecer, abríamos de par en par los ventanales. No pasaba un día sin la visita de algún forastero. 

Minuto antes de expirar, mi padre nos dijo: “Pronto recuperaré el equipaje”. Yo entonces estaba muy pequeña. 

Con el andar de los años, llegué a creer que nunca había visto su rostro. Pero ahora, en 1995, cuando el azar y una conferencia me han traído a China, he vuelto a recordar sus rasgos con exactitud de espejo.  

Riada

Un día te llevaré a conocer el mar, me prometía papá, después de describirme uvas que fermentan las arenas, peces que no precisan de alas para volar, cangrejos que son oro al atardecer, palmeras obstinadas en ofrecer sus frutos a los umbrales del cielo, caracoles por los que se oyen gemidos de sirenas y náufragos, navíos y oraciones enviados en botellas desde las antípodas. 

Un día papá perdió el apetito. Empezó a maldecir. En su cara aparecieron manchas moradas, lamparones en brazos y cuello, como si durante la noche lo torturaran enemigos acérrimos. 

Al cumplir mis nueve años, le rogué a mi tía Nelly que me llevara con ella a Santo Domingo. Y aquí estoy, escudriñando las olas, en busca de las increíbles maravillas que se reflejaban en los ojos de mi padre. ¿Cuándo aparecerán?

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Ángela Hernández Núñez es escritora, cuentista, novelista y ensayista, Premio Nacional de Literatura 2016. Además es ingeniera química.

Las fotos que ilustran el texto pertenecen a la autora.

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