Pensar, desde la isla y más allá.

Tengo un dolor muy agrio 

en un paraje cercano a la lágrima.

Y pienso que sin vino,

en estos días sin bordes,

tu ausencia duele adentro.

René Rodríguez Soriano

Rumor de pez

I

Uno es lo que escribe y mi escritura está llena de lugares comunes relacionados con la figura del padre. Uno no se plantea eso sino que los temas te persiguen y ciegamente te vas plegando a lo que dice el tiempo y el camino aunque saques pecho y te creas que estás comandando la barca. En ese sentido, me referiré a una trama en donde René Rodríguez Soriano es mi padre y me entero de que lo es ya cuando soy un adulto y los dos somos escritores y como la jirafa de biblioteca que era ya se había husmeado que había un librito mío por ahí. Yo ya le conocía por un accidente llamado Miguel de Mena, quien me puso un libro de cuentos en la mano y con la voz de Gian Maria Volonté me dijo Mira, para que aprendas a contar cuentos y me tendió afectuosamente una copia de La radio y otros boleros. ¿Quién era René Rodríguez Soriano y porqué contaba como si jugara? Cuando finalmente nos conocimos, cuando nos encerramos en un abrazo que creo que es el mismo abrazo que nos dimos siempre, un abrazo largo y solo interrumpido por nuestras ausencias y nuestros viajes, cuando finalmente nos conocimos y nos abrazamos, nos dimos cuenta de que nos buscábamos sin saberlo entre clases sociales, huelgas, guiones de cine que nunca se filmaron y sueños tropezados de sal y malecón. Éramos padre e hijo en una distancia acústica. Aprendí de él a escribir mejor, claro está, pero también aprendí, y esto es aquí lo importante, aprendí una de las manifestaciones más limpias y claras del cariño. Dije en una entrevista hace poco que a pesar de que en nuestro ambiente literario fulgura la mezquindad, yo puedo dar fe y testimonio que eso no lo es todo ya que como escritor joven fui recibido y alentado por muchos escritores fundamentales. Conocer a René fue constatar que uno puede reconocer el talento y la capacidad en el otro sin tener que achicopalarse. Desde ese momento empezamos a leernos cosas, a vernos en ciudades distintas, a entablar y ahondar una relación de amistad y literatura. Cuando mi hija me pregunta ¿para qué sirve la literatura?, le respondo que sirve para viajar y también para crear puentes y amigos. ¿Si hubiese sido escritor, hubiese conocido a René? Quizás volando bajito, claro que sí, en sus tramos de Constanza. Allá fui a verlo una vez. Me queda eso ahora, recordar nuestros encuentros: San Juan de Puerto Rico, Cabarete, Puerto Plata, Jarabacoa, Constanza, Miami, tantas veces Miami en su casa que era mía, en San José del Puerto, en Nueva York, cuando te jugaste la carta del almirante samurái que detrás del abanico estaba sin estar, en Chicago, tantas veces, en mi casa que era la tuya, en Madrid, justo en medio de mi crisis existencial. Crisis que supiste manejar con más paciencia que nadie, con la calma y la sabiduría de un padre, tan lejos, y tan cerca. Tus libros, tus escritos, tu manera de leer. El detective caribeño que se hace escritor a la buena, nunca amargura de tus labios, nunca una queja o un reproche, todo lo que tocaba tu letra o tu pluma se convertía en agave santo y alegría. Con cada libro te reinventabas, siempre bajando y subiendo por toboganes a las rigolas adolescentes, al fuego herido dentro de una naranja. Me duele todo ahora y si antes no tuve, ahora no tengo cabeza porque ciertamente tu partida duele como puñalada inesperada, cercana, traicionera. Pero los poetas como tú nos preparan para estas cosas. Miguel Hernández lo dijo, que esto sería un manotazo duro, un golpe bajo, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal. A recordar tu alegría entonces, hay que saltar y gritar hasta que el terror se llene de miedo y entienda que la labor del que escribe no es de ahora. Ahí está tu obra, padre, hermano, amigo querido.

II

Quizás uno de los sucesos más importantes de nuestra joven literatura se dio hace poco, cuando la iniciativa Cielonaranja reeditó el clásico Muestra Gratis. En esta edición, Miguel de Mena, en un acto de generosidad infinita, reconoce que fue muy duro al criticar el libro al momento de su aparición. Décadas después, retoma el texto y se da cuenta del valor de esta iniciativa. ¿Qué qué? ¿Un intelectual dominicano sobrepasando el yoísmo para darse cuenta de la pifia? ¿No es acaso esto una muestra de que los textos pueden ser leídos en el tiempo, que pueden cambiar, que quien lee también puede ser afectado por esas cosas llamadas humildad y tiempo?

III

Se leerán tus textos en la neblina y en el espacio, lejos de las falsas ceremonias. No iré a los homenajes que se te hagan porque tú y yo sabemos que el ojomeneado está en otro lugar. Le prenderé en tu nombre dos velas a Batumbalé, el santo de los escritores que van de viaje. Buscaré señales en tus palabras. Porque estás aquí, en cada historia, en el mismo abrazo, en cada cuento, en los miles de amigos y allegados y lectores que te nombran. 

Dale un beso a Piero de nuestra parte.

IV

René leyó todo lo que escribí, pero sus sugerencias fueron vitales para dos libros en específico. Por eso le dediqué el cuento “El Terror”. Este cuento no es más que un homenaje que quise hacerle a Luis Días cuando me enteré de su partida y entendí que el mejor homenaje era escribir un poco de lado y no de lleno en la figura. Recuerdo que a René le gustó mucho este cuento y para él la genialidad de este residía en eso, en el juego, en el homenaje velado. Imitando a Lorca como tú jugaste con Cortázar y con tantos, digo que tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un cibaeño como tú, tan rico de aventura. 

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Rey Andújar es autor de varias novelas y cuentos, entre ellos El hombre triángulo y Candela, adaptada al cine por Andrés Farías Cintrón. Es profesor en la facultad de humanidades en Governors State University, Chicago.

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