Pensar, desde la isla y más allá.

Pausa de la ciudad silente

No salgas de casa, dijo mi hija, porque te infectarás y eres viejo. Pero yo tuve que pasear por el antiguo puente, próximo a caerse en pedazos, sobre la barranca hedionda, y constar que aún quedan lugares abiertos, aunque cada vez menos. La farmacia aún dispensa analgésicos, más no desinfectantes. Y todas las taquerías abiertas, porque no hay virus que resista cinco de pastor con todo. El sol brilla y, gracias al cielo, lo que no se oye más es el zumbido exasperante de los automóviles, aunque puedo oír conversaciones que seguramente ocurren a cientos de metros de distancia. Los que coincidimos en la calle nos vemos con un poco de curiosidad, un cierto recelo, y una secreta alegría. Ilusos. A mí me ha contado un colibrí que están esperando que palmemos todos, para retomar la ciudad más transparente. Que hay batallones de cacomixtles escondidos en las cañadas, junto con divisiones enteras de tlacuaches, tres cuerpos de ejército de ardillas negras, y cinco regimientos de coyotes y ya tienen un plan, que fraguaron hace unos meses con un murciélago chino resabiado y astuto.

Jaulas

The caged bird sings with a fearful trill

Of things unknown but longed for still

And his tune is heard on the distant hill

For the caged bird sings of freedom

Maya Angelou

De todas las venganzas urdidas por los pájaros en los días del virus, la peor planificada fue la de las jaulas, aunque los resultados a fin de cuentas fueron los deseados.

En retrospectiva, no se puede culpar del todo a los pájaros porque lo suyo fue un tema de proporción: las jaulas que podían contenerlos con comodidad apenas dejaban espacio para las cabezas de los humanos.

De todas maneras, no se veían mal. Debilitados por la epidemia, caminaban torpes por calles y carreteras vacías, guardando sana distancia, aunque a veces chocando entre sí, incapaces de hablar porque los pájaros habían cosido las mascarillas a sus rostros. Sólo se oía el ruido del metal de las jaulas al chocar, y las risas histéricas de colibríes, mirlos, estorninos, urracas, cuervos y otros emplumados.

Sonidos

Aquella tarde, del día 15 o 16 desde que empezó el confinamiento, y cuando por fin comenzó a llover, Aulo Germánico Quinto se dio a la tarea de grabar y clasificar todos los sonidos que escuchaba y que provenían de los otros departamentos del edificio.

La capacidad de datos de la aplicación de la grabadora de voz le parecía lo suficientemente grande como para que el proyecto tuviese sentido, manteniendo siempre la esperanza de que las autoridades levantaran en un futuro cercano la orden de quedarse en casa.

Le costó trabajo establecer la cronología de sonidos, hasta que encontró que las carreras y gritos de los niños ocurrían a horas específicas del día, los pleitos a gritos entre parejas a media tarde, y los gemidos del sexo a mitad de la noche. Más difíciles de clasificar eran los tropezones, caídas, y ruidos de objetos de cocina, posibles voces de locutores de radio o televisión y hasta gorgojeos estomacales.

Decidió, con cierta melancolía, no grabar los cantos de los pájaros, los ladridos de los perros, el rugido del viento encajonado en el cubo del estacionamiento, o el quejido de las puertas al abrirse y cerrarse. Quería Aulo Germánico Quinto un registro puramente humano, un diario sonoro de un edificio que antes del confinamiento era un mero hotel urbano, y ahora se había convertido en un panal de abejas gritonas, quejosas, reclamantes, exaltadas, lujuriosas, resentidas y, conforme pasaban los días, aburridas, indiferentes o inquietantes.

Logró establecer un sistema de carpetas de voz ordenadas por día y tema, pero a los pocos días tuvo que crear una nueva carpeta dedicada única y exclusivamente a las toses secas, que subclasificó en timbre, rango y coloratura, muy parecido a un registro operático. Conforme aumentaba el número de expectoraciones, aumentaba también el de pasos apresurados, tropezones, y llamadas telefónicas en diversos tonos de angustia.

Unos días más tarde el tipo de sonidos comenzó a cambiar: primero el ulular de sirenas, luego los llantos, el arrastrar de las ruedas de las camillas, y al final el silencio que poco a poco fue adueñándose de cada departamento, a veces roto por aullidos tristes de perros de diversas edades.

Aulo Germánico Quinto, que no recordaba ya por qué se había cambiado de nombre, abrió entonces una nueva carpeta, dedicada exclusivamente a grabar su propia tos, cuya frecuencia y profundidad crecían con el paso de cada día. Pensó que cuando lo encontraran, las grabaciones podrían constituir una suerte de memoria de cómo se gestan los silencios.

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Gerardo Cárdenas, escritor, periodista y comunicador mexicano, es autor de seis títulos de cuento, poesía y teatro, e incuba dos títulos más: una traducción de poesía y un nuevo volumen de cuentos, de los que estos tres relatos son una muestra. En Twitter, está en @elgerrychicago. Sobrelleva con cierta ironía que disfraza una creciente histeria el encierro del coronavirus.

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