Pensar, desde la isla y más allá.

En torno a Vida social y cultural de La Vega en la primera mitad del siglo XX, según el periódico El Progreso

Existe una relación de complicidad entre la prensa escrita y la historiografía; es decir, entre el periodismo y la historia, aunque el primero pueda ser considerado, sin demeritarlo en modo alguno, como la etapa en borrador de la veracidad y fuerza documental de la segunda. Se trata, a mi ver, de una complicidad fértil, porque frecuentemente, el periodismo ético, el periodismo responsable con su sociedad y su tiempo, ese que rebasa los deslices, fragilidades y ligerezas de los propios periodistas, suele acudir a la historiografía para reforzar su misión informativa, y luego, como el mítico eterno retorno, la historiografía convierte en documentos reveladores los acontecimientos periodísticos, su lenguaje, su impronta ideológica, su testimonio económico, político, cultural y social. 

Esta complicidad entre la prensa y la historia se convierte en un antídoto eficaz contra la desmemoria social o contra la amnesia selectiva de individuos, sectores o entidades con pretensiones ocultas e intereses ideológicos reñidos con la realidad, cuando no, enfocados en escamotear la veracidad del pasado, con la intención de alterar el presente y mutilar al futuro sus esperanzas de cambio.

La historia y la prensa apuntan con la misma flecha hacia el pasado y hacia el futuro. El presente late con soberana fuerza en ese movimiento pendular del eje de la escritura histórica y la periodística. En palabras de Hannah Arendt, la misión de la historia es revelar algo esencial y algo grande de las acciones humanas. O cómo vio la historia el joven Marx de los Manuscritos económico filosóficos de 1844, como aquello que el hombre hace, en tanto que ser finito; más aun, como el proceso de realización de lo esencialmente humano, distante de lo esencialmente divino. De lo que tratan, en definitiva, el periodismo y la historia es de los acontecimientos de la humanidad.

Debo confesar que me sorprendió gratamente la llamada del admirado profesor Alfredo Rafael Hernández Figueroa, cuya voz hacía tiempo no escuchaba, para que fuese yo, y no precisamente un periodista o un historiador bien dotados, que en los veganos los hay de sobra, quien presentase los dos primeros volúmenes de su monumental obra investigativa acerca de su ciudad natal, La Vega, publicados bajo el título de Vida social y cultural de La Vega en la primera mitad del siglo XX, según el periódico El Progreso (Santo Domingo, 2020), bajo los auspicios del Archivo General de la Nación, una entidad que se ha modernizado bajo la dirección del destacado historiador doctor Roberto Cassá, para beneficio de la investigación histórico-social, el quehacer académico y la cultura en general de nuestro país.

Y digo su ciudad natal, al referirme al autor, porque, aunque no lo parezca, no tuve la dicha de que fuera también la mía. Nací en el barrio de Ciudad Nueva, en la calle Pina. Pero, suelo decir, con moderado orgullo, que soy vegano, porque allí viví desde los dos hasta los dieciocho años; allí cursé estudios primarios, en las escuelas María Montessori y Padre Lamarche; allí llevé a cabo el bachillerato entre el Liceo Don Pepe Álvarez y el Colegio Agustiniano y allí tuve mis primeros acercamientos a las artes y la literatura, en la entonces Escuela de Bellas Artes, que operó primero en el palacio de Don Zoilo García, perdido emblema, lamentablemente, de la arquitectura antillana, y luego en una casa pequeña de la calle Padre Billini, más cerca de mi barrio del Parque Hostos o Pozo Verde. Hay, pues, en mí, en cómo pienso, en cómo actúo el sentido de pertenencia a una época, a un estilo de vida, a un lenguaje y un sistema simbólico, unas costumbres, creencias y hábitos, como también un legado histórico inherentes al espíritu vegano. 

Siendo estudiante de artes conocí al joven artista, con vocación de maestro, Hernández Figueroa, quien más tarde y ya como profesor de Artes Plásticas cursaría estudios de licenciatura en Educación mención Ciencias Sociales, para culminar con una Maestría orientada a la investigación documental para el rescate de la historia de La Vega y para fundamentar un nuevo método pedagógico para la enseñanza de la historia como disciplina humanística y científico-social. Como historiador, el profesor Hernández Figueroa ha publicado trabajos investigativos sobre la administración presidencial de Carlos Morales Languasco, así como de otros gobiernos nacionales comprendidos entre los años 1906 y 1914.

Hablaba Ortega y Gasset acerca de la importancia de conocer lo pequeño para poder tener idea de la dimensión de lo grande. El rescate documental del profesor Hernández Figueroa se centra en una ciudad concreta y en un periódico citadino de la primera mitad del pasado siglo XX, clon un modelo de producción económica propio de un capitalismo incipiente y con una vida social a horcajadas entre las tradiciones del siglo XIX y los impulsos de modernidad de un temprano siglo XX. Sin embargo, el rigor científico e investigativo de la obra nos permite apreciar, más allá de las características sociales y culturales de la realidad vegana de ese período, cómo era la sociedad dominicana en sentido más amplio y cuáles eran sus condiciones económicas, políticas, institucionales, sociales y culturales, en tanto que nación. De esta forma, el autor trasciende, con sólido análisis y base documental, aquello que Emil Cioran llama la nostalgia de la banalidad. 

El dinamismo de una ciudad refleja la urdimbre espacial, temporal y humana que en ella se teje a través de las actividades cotidianas y de los acontecimientos que a los individuos, los grupos sociales y las instituciones jurídico-políticas van a condicionar, para que, de una forma u otra, se conviertan en interés de la prensa, en hechos noticiosos, en capa germinal de la que luego brotará el sentido de la recuperación histórica. 

Los dos volúmenes que hoy presentamos de Vida social y cultural de La Vega en la primera mitad del siglo XX, según el periódico El Progreso, contienen nueve capítulos en los que se desarrolla un auténtico fresco histórico, a partir de la información periodística, de los hechos culturales y sociales de esa entonces vibrante ciudad que, al decir acertado de su prologuista Juan Francisco Domínguez Novas, permiten apreciar, con bastante claridad, cómo la sociedad vegana exhibía el dominio de una clase social con una desfasada ideología monárquico absolutista, cuyo tiempo de ocio se destinaba a reuniones en los principales y exclusivos clubes, centros recreativos y sociedades educativas y culturales del entorno citadino. Los documentos recuperados en las páginas del periódico El Progreso, fundado en 1910 por Ramón Abelardo Ramos, quien diecinueve años después también funda el periódico La Palabra, relatan las pugnas entre los clanes, presumiblemente aristocráticos, y una pequeña burguesía, que se asumía como gentes de primera, por controlar la dirección de esas entidades culturales y sociales, situación que va a cobrar características muy particulares con el advenimiento de la dictadura de Trujillo a partir de 1930. Esa particularidad, como también apunta Domínguez Novas, se va a materializar, incluso, en un “cambio radical” en términos de estilo periodístico a la hora de redactar las noticias antes y después de 1930, lo que pone de relieve un aspecto más de la complicidad, ahora de corte ideológico, entre la prensa escrita y el acontecimiento histórico.

Para nuestro autor, el periódico El Progreso se constituyó en vocero de un extraño fenómeno de “alianza de pensamiento”, por un lado oligárquico-burgués, inspirado en la rancia nobleza de una Europa ya pretérita, y por el otro lado populista, que conjugaba sectores de una élite intelectual y capas proletarias y campesinas, lo que le facultó para lograr el más fiel retrato de la sociedad vegana de aquellas primeras décadas del siglo XX. En tal virtud, Hernández Figueroa sustenta en su nota introductoria, que los “pequeños grupos familiares de finales del siglo XIX y comienzos del XX que disponían de ciertos capitales (en tierra, ganado, madera, etc.) y de algunas riquezas acumuladas, se organizaron en ´una especie de clanes´, y estos constituyeron clubes exclusivos, que posteriormente fueron ampliando su membrecía y área de actividad” (p.25). 

Llama poderosamente la atención el hecho de que, ya fuere como expresión de las luchas hegemónicas de grupos sociales y élites intelectuales eurocentristas y socialmente excluyentes o como reflejo de las condiciones de vida inherentes al modelo de producción y sus avances y estancamientos, entre 1882, año de fundación del Club Unión, y 1949, año en que tiene origen el Country Club, casi una treintena de entidades socio-culturales y literarias o artísticas hayan gravitado en la vida cotidiana de la ciudad de La Vega, atrayendo a su seno renombradas figuras del pensamiento humanístico, el arte y la cultura de Latinoamérica, como es el caso de José Vasconcelos en 1926, algunos intelectuales de España y el peso específico de figuras preponderantes nacionales como Federico García Godoy, Ramón Emilio Jiménez,  y los entonces jóvenes Juan Bosch, Manuel del Cabral, Pedro Mir y los hermanos Darío y Rubens Suro, entre muchos otros. En 1942 se funda el Club Recreativo Vegano, relanzado también en 1949, el cual aglutinaba sectores de clase media y clase media baja, en contraste con los de la alta sociedad vegana.

Lo que hace del periódico El Progreso, de acuerdo con el historiador y catedrático Hernández Figueroa, una piedra angular para un fiel retrato de aquel período de la historia social y cultural vegana es el hecho de que si bien pudo ser expresión de los intereses de los grupos económica, política y socialmente hegemónicos, al mismo tiempo, su apertura editorial, su pluralidad informativa dio cabida a una vertiente de corte progresista en su línea editorial, estimulando la educación para la clase obrera y su organización, así como abriéndose a la exposición en sus páginas de ideas socialistas, feministas, culturalmente innovadoras. Como también a las ideas teológicas de distintos credos.

Otro aspecto relevante, que recupera esta obra, y que se vincula a la presencia de los medios de comunicación en el ámbito cultural es el relativamente temprano uso de la radio para la promoción de la cultura y la educación, como fueron los casos de las transmisiones de los programas La Hora Cultural por la emisora H15G, como también el programa La Hora Negra de Los Nuevos, para la difusión de la poesía negroide, en la frecuencia radial de la emisora H18J.

Digno es de resaltar, además, lo significativo del amplio espacio que este periódico brindó al fenómeno de la irrupción del feminismo, en tanto que corriente ideológica liberadora e igualitaria de la mujer frente a una ancestral cultura machista, y la forma en que recoge las polémicas, los artículos, las cartas desde una y otra posturas, como igualmente destacable es el hecho de que en 1931, un artículo de Guido Despradel Batista fuera la chispa incendiaria que culminó en la creación del movimiento Acción Feminista Dominicana, en los albores de la tiranía trujillista. Asimismo, la cobertura de esta publicación a los acontecimientos en Rusia con la Revolución Bolchevique y la apertura que este periódico ofreció ante las emergentes ideas socialistas y sus promotores en La Vega también a mediados de los años 20 e inicios de la década del 30.

Es importante subrayar la trascendencia, en la historia de la literatura dominicana del siglo XX, del grupo literario Los Nuevos, creado en esa ciudad en febrero de 1937 por un grupo de jóvenes, con una extraordinaria sensibilidad estética, pero también, con una profunda conciencia social.

Igualmente notorio es el contraste que refleja el periódico El Progreso entre las fiestas carnavalescas celebradas en los clubes sociales de las élites y las posteriores expresiones del carnaval popular y folclórico que, como parodia de las otras fiestas, nace en los barrios pobres de La Cigua y Villa Rosa. Para el autor de esta importante labor de recuperación documental de la historia vegana de la primera mitad del siglo XX, lo que se propala como carnaval  que data de quinientos años es una falacia, porque no hay documentación histórica a ese respecto.

Yo atesoro, no sin nostalgia, aunque, en realidad, ningún tiempo pasado pareciera haber sido mejor, mis tandas de la Matinée en los entonces cines, ya no teatros, Rívoli y La Progresista, en el cine al aire libre de don Ángel y más tarde en el cine-teatro Vega Real; mis caminatas de domingo por el parque central Juan Pablo Duarte, su antigua Catedral y su larga fila de coches y caballos predispuestos al paseo o la diligencia; mis entradas furtivas al Casino Central y al Country Club, porque no era socio, dado que mis padres no eran de primera; mis escuelas de Bellas Artes y de Artes Manuales; mi cancha de baloncesto y mi Club Deportivo y Cultural del Parque Hostos; mis labores voluntarias de solidaridad con las familias damnificadas por las inundaciones bestiales del río Camú;  mis noches bohemias, sin alcohol, en las esquinas; mis maestros pintores Carlos Lora, Mario Lockward y Vicente Fabré; el carnaval popular y mis disfraces con caretas de Bule de diablos cojuelos; mis compras de los clásicos en la Librería Valencia; mis subidas en bicicleta a la loma de Guaigüí; doña Niña Moronta, la cuenta cuentos nocturna; la tarde en que llegó a mi quinto cumpleaños el estallido de la Revolución de Abril; mis lecturas de los fundadores del marxismo y de la poesía iberoamericana y universal; las hordas balagueristas azotando nuestros barrios y los muchachos que se fueron a la clandestinidad; mi convivencia con el campesinado de Río Verde. Luego llegó un tiempo oscuro, un tiempo de una aplastante pereza, casi nulidad cultural e intelectual.

Hay, para terminar, un hecho palpable que contrasta con todo este dinamismo cultural e intelectual que las distintas sociedades y movimientos de la primera mitad del siglo XX vegano nos presenta. Se trata de la situación actual, en términos culturales, de La Vega, sumida por décadas en un odioso letargo, en una suerte de apatía, con pocas esperanzadoras sacudidas, que han arrojado momentáneas luces, pero que, como apunta el propio Hernández Figueroa al concluir su introducción, precisa de la potenciación de nuevos valores con empuje constructivo. 

Tengo la esperanza de que el invaluable trabajo investigativo del maestro Alfredo Rafael Hernández Figueroa, esta búsqueda y rescate convertidos en cierta hegeliana historicidad del espíritu de una ciudad y de un periódico, se convierta en punta de lanza para que la juventud y la sociedad veganas de hoy encuentren en ese pasado la fuerza motriz inspiradora para la recuperación definitiva de la prestancia cultural de la alguna vez llamada Culta y Olímpica ciudad de La Vega Real, con una propuesta de futuro.

Santo Domingo, D.N.

5 de marzo de 2020

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José Mármol, Premio Nacional de Literatura 2013. Autor de Yo, la isla dividida (Visor, 2019). 

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