Pensar, desde la isla y más allá.

Mujercitas II

(Little Women)

«¿Por qué tenemos las mujeres pasión, intelecto, actividad moral (las tres cosas) y un lugar en la sociedad donde ninguna de las tres puede ser ejercitada?»

Florence Nighdngale

A partir del siglo XIX cobra una enorme importancia en la literatura infantil y juvenil una separación temática específica, propia y apta para cada sexo. La obra de Louise jamás logró obtener más allá de un tibio reconocimiento como novela para niñas, casi un manual para la formación de perfectas mujeres sumisas y gustosas de aceptar su rol como esposas y madres dentro del ámbito familiar. A los niños por supuesto se les desvinculo de su lectura y los escritores siempre la ignoraron y la miraron de modo despectivo como autora de una obra menor y sin importancia.

“Se empezaron a buscar historias de aventuras sobre niños que escapaban del mundo doméstico controlado por mujeres. Y existían otros que estaban pensados para convencer a las niñas de las recompensas de permanecer en el hogar y cuidar de los otros. De esta manera se alentaba a los varones a convertirse en jóvenes emprendedores, autónomos y aventureros, en tanto que a las niñas se las alentaba para quedarse en sus casas, reunirse junto a la chimenea, soñar con casarse con un príncipe azul y obedecer a las autoridades (masculinas, desde luego). Creo que Louise May Alcott cuestiona, dentro de lo posible esta idea con la figura de Jo. Sin duda es contradictoria, pero esa contradicción se debe a las presiones de sus editores, de sus lectores y, de algún modo, del momento en el que le tocó vivir”

Diego Erlan escritor y editor de Ampersand

El siglo XIX propone un modelo de sociedad tan lleno de contradicciones como la propia novela de Alcott. EEUU, al igual que ocurriera en otros países, realiza un rápido avance desde una economía basada en la actividad agrícola hacia  un modelo de sociedad industrializada. Este hecho traerá consigo no pocos cambios que se dejaran sentir en todos los ámbitos. Todo este periodo vendrá acompañado de un drástico cambio en la sensibilidad política, cultural y social de la población en general y de la población femenina de un modo muy especial. Por otro lado en los Estados Unidos la práctica protestante, que exhortaba a la libre y personal interpretación de los textos sagrados, favoreció una alfabetización, al menos básica, en una gran parte de las mujeres americanas. Este hecho marcó una notable diferencia con muchos otros países que mantuvieron altas tasas de analfabetismo femenino hasta bien entrado el siglo XX. Nos encontramos de este modo con un número creciente de mujeres educadas, pertenecientes en su mayoría a la clase media, que experimentan un gran cambio y se sienten preparadas para participar de modo activo no solo en el entorno familiar sino fuera de él. Éstas, convencidas de su enorme potencial, se convierten en el núcleo generador del primer feminismo, un potente motor que apenas acaba de iniciar su camino. 

…”El período victoriano, en Inglaterra así como en Estados Unidos, fue particularmente provechoso para la conservación de tal estructura. La consolidación del concepto de ‘hogar’ se revela como una efectiva manera de asegurar el confinamiento de la mujer: ella ‘reinaba’ en un espacio definido como nido de virtudes, remanso de tranquilidad y refugio incontaminado donde el hombre encontraba su reposo luego del cotidiano enfrentamiento con un mundo exterior competitivo, corrompido y vicioso. Las primeras fracturas en la estructura del patriarcado provinieron de las mujeres que comenzaron a ‘hacerse oír a través de sus escritos: con disimulo al principio, repitiendo -y en algunos casos, subvirtiendo- la palabra masculina, pero rebelándose a través de esa acción contra un orden simbólico que la deseaba muda; más tarde, desafiando sin reservas la ideología masculina, haciendo explícita una voluntad diferente y rebelde respecto del deseo del hombre”

Regunaga, M, A, Anuario N° 5 – Tac, dc Cs, Humanns – UNLPam (237-245)

Una lectura de Mujercitas ajustada a su tiempo resalta sin duda su tono conservador y la firme defensa de los valores victorianos que recorren el siglo XIX por lo tanto sería injusto no admitir que quienes acusan a la novela de proponer un modelo tradicional no estén, al menos en parte, en lo cierto. Es curioso sin embargo que la ausencia del padre marque de forma muy notable un fuerte matriarcado en el hogar de los March. Las mujeres de la casa resuelven muy bien su existencia sin un cabeza de familia que ordene sus vidas, aunque ello no impide que la narracióndefienda con total convicción valores como la familia, el honor, el decoro y la mesura en la mujer y un concepto de femineidad basado en “la dulzura de la abnegación y el dominio de una misma”, en palabras de Marmee, la madre. 

«El mundo está lleno de mujeres como Beth, tímidas y tranquilas, que aguardan sentadas en un rincón hasta que alguien las necesita, que se entregan a los demás con tanta alegría que nadie ve su sacrificio hasta que el pequeño grillo del hogar cesa de chirriar y la dulce y soleada presencia desaparece para dejar tras de sí silencio y oscuridad».

May Alcott mantiene un fuerte compromiso emocional con su familia más que con su tiempo. La autora asume algunos de los referentes de la sociedad en la que vive sin duda, pero solo hasta dónde ella considera conveniente. De hecho siempre estuvo próxima a grupos sufragistas, es una mujer que escribe e incluso publica con su nombre, es capaz de crear un personaje como Josephine March que abiertamente desafía toda norma impuesta  y a la que entrega en matrimonio solo bajo la fuerte presión que ejercen sus lectoras. Louise, por el contrario, permanece soltera por decisión propia, cuida de su madre con fuerte e inquebrantable amor y sostiene económicamente a su familia,  rechazando abiertamente lo que la sociedad le dicta para preservar de este modo su libertad.

Situada en Nueva Inglaterra a mediados del siglo XIX, en plena Guerra de Secesión,  Mujercitas  no narra una gran epopeya sino que nos ofrece una historia cálida, vital y que nos sabe a verdad, desde la modesta sala de estar en la que se reúnen cada día todas las mujeres de la familia March. 

Puede que la literatura, el mundo en general, nos negara siempre y aun continúe haciéndolo en cierta forma, el derecho a las mujeres a participar en la historia con nombre y espacio propio. Puede que nos desterraran de encarnar un papel tan solo reservado a los hombres, de recibir cualquier honor, más sin embargo nadie pudo matar jamás el espíritu, ni la firme voluntad femenina de alimentar y reconocer a  la heroína que habita su interior. Quizás, solo quizás, nuestra naturaleza heroica tenga un carácter distinto y no necesitemos de grandes hazañas un día sino de muchas pequeñas muchos días. Tal vez esa sea la auténtica fuerza del alma de una mujer. Tal vez su poder.

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Goyta Rubio es escritora de narrativa, poesía y ensayo. Amante del arte y de la cultura en general. Entre sus publicaciones destacan Antología de relatos cortos. El vino y los cinco sentidos13 cadáveres exquisitos. Relatos al alimón. “Bereber” y El cuerpo de las flores. “El rugir del silencio”.

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