Pensar, desde la isla y más allá.

(Little Women)

 “Las mujeres han vivido todos estos siglos como esposas, con el poder mágico y delicioso de reflejar la figura del hombre, el doble de su tamaño natural

Virginia Woolf – Una habitación con vistas.

Hacía mucho tiempo que no recordaba Mujercitas, esa novela que marcaría muy de cerca mi existencia desde que la leí por primera vez con once años o doce años. Después llegarían muchas otras relecturas, soy fiel a mis libros favoritos. Mujercitas suponía el tránsito hacia el mundo real desde aquellos primeros años de cuentos plagados de hadas y duendes, de historias de príncipes y princesas, de aquel divertido y hoy desacreditado mundo de aventuras de Enid Blyton. Todos aquellos personajes comenzaron a construir en cierta forma la persona que yo soy. No en vano me eduqué en una suerte de caótica y absoluta libertad a la hora de elegir cualquier libro que hubiera en mi casa. De este modo yo alternaba, con anárquica inocencia a Cervantes, Juan Ramón Jiménez y Alejandro Dumas -mi favorito de los doce y trece años-  con autores como Ben Ames Williams, Walter Scott o James Fenimore Cooper. Y los devoraba a todos ellos con el mismo placer y atrapándolos al vuelo de entre la caprichosa oferta que contenía una biblioteca que aumentaba poco a poco en mi familia gracias a la aparición del Círculo de Lectores en España, hecho que determinaría durante algunas décadas las lecturas en los hogares de este país. 

En mi afán por consumir todo cuanto cayera en mis manos y gracias a una alegre y sana disposición por parte de mis progenitores por fomentar en mí una absoluta independencia, me fui haciendo lectora empedernida de grandes novelas. Mi imaginario comenzaba a llenarse en aquellos años de mujeres fuertes e independientes, seguras de sí mismas y que luchaban sin pedir perdón a nadie por sus sueños. Y yo leía con desenfrenada entrega aquellos novelones que habían dado lugar a fantásticas películas del Hollywood de los cincuenta y que eran  a todas luces inapropiados para mi edad. Por aquel entonces yo mezclaba con sumo gusto la Escarlatta O´Hara de Margaret Mitchell -junto a Jo March de Mujercitas mis heroínas favoritas- con las Cumbres Borrascosas de Emily Brontë y las novelas que toda niña en plena pubertad y adolescencia en este lugar debía leer, las de José Luis Martín Vigil. No eras nadie si no llegabas a los quince con todos sus libros en la recámara de tu experiencia lectora. Mis referentes literarios a partir de entonces fueron más ortodoxos y ordenados, hasta caer de lleno en el existencialismo para completar mi primer ciclo vital. 

 Ilustración primera edición. 1868. Abigail May Alcott

«Hubo un libro en el que me pareció atisbar mi futuro yo: Mujercitas de Louise May Alcott. […] Me identifiqué apasionadamente con Jo, la intelectual. Brusca, huesuda, Jo trepaba a los árboles para leer; era más varonil y más osada que yo, pero yo compartía su horror por la costura y el cuidado de la casa, su amor por los libros. Escribía; para imitarla mejor compuse dos o tres relatos breves.»  Virginia Woolf

Pero retomemos Mujercitas tras el breve recorrido por este mi primer viaje iniciático como lectora. Si vuelvo atrás mi mirada he de reconocerque la novela supuso un antes y un después en mi infancia. Sin la menor duda, encontrar a Jo, como afirma Virginia Woolf, fue como ese primer sentimiento que recuerdas con voz propia y que te golpea para tomar conciencia de quién eres o al menos de quien quieres ser. Y yo, estaba claro, quería ser Jo.

Quería ser intrépida y leer sin descanso y escribir mis propios cuentos. Quería tener un buen amigo como Laurie, en igualdad de condiciones, sin roles determinados que limitaran mi voz. No traté jamás de imitarla, era más bien la púber certeza de reconocerme en ella lo que me la hacía tan cercana. Con el tiempo supe que muchas más niñas habían compartido conmigo idéntica emoción. Louise May Alcott creó, sin ser consciente de ello posiblemente, todo un referente femenino. Un referente que hizo nacer una mujer nueva y al hacerlo logró dar forma a una identidad común que como onda expansiva fue creciendo en círculos concéntricos, extendiéndose por generaciones durante más de ciento cincuenta años, ampliando su espacio y  llegando a muchas niñas, algunas de ellas grandes mujeres de distintos ámbitos que admitieron sin ambages la influencia de la autora. Mujeres que como Virginia Woolf, Gertrude Stein, Doris Lessing, Margaret Atwood, Patti Smith, Cynthia Ozick, J.K. Rowling, Ursula K. Le Guin, Joyce Carol Oates o Elena Ferrante entre muchas otras reconocieron abiertamente su deuda con May Alcott. 

No hay niña con sueños de artista o de escritora (fue mi caso) que no se haya visto retratada en Jo. Su libertad, su idealismo, su falta de coquetería que la vuelve irresistible (recuerdo con qué asombro y admiración había seguido el arrojo de Jo al cortarse el pelo bien corto para venderlo y conseguir dinero: es la escena que más se me ha quedado grabada). Hay muy pocas heroínas como Jo March en la literatura”María Fasce, editora de Lumen

 

Han existido y aún existen distintas visiones, opiniones encontradas acerca de una novela que si bien nunca ha obtenido el reconocimiento que merece, ha logrado ser posiblemente una de las más leída por niñas y adolescentes de todo el mundo. Desde Sor Juana Inés de la Cruz, pasando por Olympe de Gouges, Mary Wollstonecraft, madre de Mary Shelley, que sienta las bases del feminismo europeo, Jane Austen y sus personajes femeninos que abren nuevos horizontes, Margaret Fuller o Nisia Floresta entre algunas otras y por centrarnos en una época más cercana a Louise, algo comienza a abrirse camino en la oscuridad que rodea a un universo, el de la mujer, cuya esfera continúa manteniendo sus límites dentro de lo estrictamente privado. 

Mientras para unos y pese a las contradicciones inherentes a la autora, fiel en muchos aspectos a su tiempo y muy limitada no sólo por el ámbito familiar, sino editorial que la obligó a hacer no pocas renuncias, ésta fue capaz de dar vida a un personaje como Jo, claramente desafiante en muchos aspectos ante las expectativas reservadas al mundo femenino y cuyo fin habría de ser únicamente el matrimonio. Y es que Jo aunque finalmente deba ceder y cumplir su destino no llega a contemplarlo realmente entre sus planes. Este no será jamás una opción frente a la literatura y a su propia independencia de pensamiento y de acción.

«No creo que me case jamás. Estoy muy bien así, valoro mi libertad y no tengo prisa por perderla a cambio de ningún hombre», afirma Josephine March en Mujercitas, expresando en voz alta un deseo no permitido hasta entonces a las mujeres. 

La autora se debate constantemente entre mundos divergentes sin posibilidad de encontrar nexos de unión. Su personaje, su alter ego, aspira a la libertad a pesar de que finalmente acabe por aceptar su casi inevitable destino. Y es en este punto en el que muchas voces condenan a Alcott considerando que traiciona con esta claudicación final todo intento formal y decidido por reivindicar a la mujer y romper verdaderamente estructuras. 

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Goyta Rubio es escritora de narrativa, poesía y ensayo. Amante del arte y de la cultura en general. Entre sus publicaciones destacan Antología de relatos cortos. El vino y los cinco sentidos13 cadáveres exquisitos. Relatos al alimón. “Bereber” y El cuerpo de las flores. “El rugir del silencio”.

La imagen de portada: Ilustración segunda edición. 1880. Frank Merrill 

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