Pensar, desde la isla y más allá.

En la edición 12+1 del Festival de Cine Global se están presentando dos títulos imperdibles. Desde Corea llega Parásitos (2019) de Joon Ho Bong y de Guatemala La Llorona (2019), de Jayro Bustamante. La primera no necesita mucha presentación, pues desde que se llevó la codiciada Palma Dorada en el más reciente festival de Cannes todo ha sido júbilo. Junto con sus seis nominaciones al Oscar la cinta coreana acumula ya más de cien premios internacionales. El éxito de Parásitos ha venido para celebrar el centenario del cine coreano y a la vez está haciendo historia ya que es primer filme de aquella nación en ganar en Cannes y el primero en ser nominado al Oscar.

La segunda película no ha contado con una maquinaria de mercadeo tan efectiva pero ha trillado igual un camino de éxito en base a su calidad. Dos premios en Venecia y otro en San Sebastián se suman a las credenciales de la tercera cara de una misma obra, como la define su director. La Llorona sigue a la opera prima de Bustamante Ixcanul (2015) y a Temblores (2019). Para su director esta es la pieza que completa el tríptico en el que aborda tres temas críticos para la sociedad guatemalteca. La pérdida de la identidad, el tabú de la homosexualidad y la guerra civil con sus genocidios.

La vida no se planifica

¿Sabes qué tipo de plan nunca falla? Ningún plan. Ningún plan en absoluto. ¿Sabes por qué? 

Porque la vida no se puede planificar (Parásitos)

Tendría que ser 2010 cuando me crucé con Memories of Murder (2003) la segunda película de Joon Ho Bong, una verdadera obra maestra. Desde ese momento el coreano siempre estuvo en mi radar. Bustamante debutó en 2015 con su Ixcanul y tuve la suerte de verla en un festival en Santo Domingo. Una de las películas más poderosas que he visto y un verdadero triunfo cinematográfico pues sin ningún plan, como rezan las inmortales líneas del filme de Joon Ho Bong, me aventuré por primera vez al Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) y ahí coincidí con el coreano y el guatemalteco. 

Si algo tienen en común ambos filmes es la inevitabilidad. Los hechos se suceden como una avalancha y no importa lo que los personajes hagan, están atados a las consecuencias inevitables del simple transcurrir de la vida. Bustamante se afinca en la historia reciente de su país para gestar ficción con tintes de cine de terror, mientras que Joon Ho Bong escarba en la actualidad de su natal Corea a fin de componer un discurso social. Desde dos ópticas distintas ambos miran problemas locales que por su naturaleza tienden a una vocación global. Sendos viajes nos llevan a explorar el alma humana y las reacciones ante la adversidad.

Parásitos

Lo del director coreano no es como la fábula aquella del burro y la flauta, no hay nada de casualidad aquí. Bastaría con tomar dos muestras de su filmografía, la mencionada Memories of Murder (2003) y Mother (2009). En ambas demuestra un superbo manejo del lenguaje cinematográfico y una creatividad asombrosa para contar historias. El talento siempre ha estado ahí y ahora con todos los reflectores apuntando en su dirección el mercado occidental se ha rendido a sus pies.

Con un humor que perturba, Joon Ho Bong nos introduce a la familia Kim y su entorno de condiciones infrahumanas. Se agarran de cualquier cosa para sobrevivir, son camaleones que se adaptan sin importar la situación. Un golpe del destino les abre una oportunidad cuando la adinerada familia Park se ve en la necesidad de contratar un tutor de inglés para su hija y el hijo de los Kim es el candidato referido. El primer acto del filme se caracteriza por un ritmo suelto a medida que se introducen los personajes, el humor domina la puesta en escena, pero la tensión subyace y esto genera suspenso. En el segundo y tercer acto la sonrisa se desvanece y la angustia se abre paso.

Parecería que Parásitos muestra una oposición entre la familia acaudalada y la que se retuerce en la miseria, pero más allá de las diferencias externas las carencias son muy similares. Aquí no se sabe quien es el parásito, si el pobre que quiere beneficiarse del rico o el rico que drena al pobre para mantener un estatus. Desde la desigualdad de clases el director nos hace transitar por un estudio de la conducta humana y los límites a los que el ser humano puede llegar. Su capacidad de mutar entre géneros nos desconcierta y la propuesta que a ratos se nos da en clave de comedia cambia hasta servirnos un drama desgarrador.

La cinematografía de Kyung-pyo Hong (Burning, Snowpiercer) aprovecha al máximo los angostos espacios en interiores y la cámara se desliza con sutileza para sacar lo mejor de cada secuencia. De igual forma nos regala uno de los mejores momentos del filme justo en su clímax con una secuencia en exterior bajo una lluvia torrencial. La música de Jaeil Jung (Okja) se ajusta como anillo al dedo y permite al espectador conectar con cada fotograma.

El elenco completo hace un trabajo fenomenal encabezado por Kang-ho Song en el papel del patriarca de los Kim. Este actor ha estado al lado del director durante toda su carrera y siempre ha entregado interpretaciones brillantes. El mejor momento llega cuando este último se roba un pedazo de Buñuel y nos dibuja a la familia Kim disfrutando de su “última cena”; la memoria nos arrastra hasta Viridiana (1961) y cómo en el legendario clásico vemos a esa familia disfrutando de una opulencia utópica. Todos hablan sin parar y en esos diálogos se descubre la realidad más aplastante.

Cual parásito, este filme se instala en nuestra memoria y se hace de un lugar permanente.

La llorona

Jayro Bustamante puede incluir su nombre en la lista de directores que han debutado por todo lo alto. Su opera prima Ixcanul (2015) colocó a Guatemala en el mapa cinematográfico cuando fue selección oficial en la Berlinale en su edición número 65. El filme es cautivador por su fuerza visual y a la vez desesperanzador por la realidad que retrata. Con La Llorona, Bustamante vuelve a senderos conocidos. 

Durante los años 80, sumida en una guerra civil, aquella nación vivió el exterminio de más de 100 mil indígenas. El pretexto del General Efraín Ríos Montt, presidente del país tras un golpe de estado, fue que en esas poblaciones se escondían los guerrilleros. Este es el punto de partida para el guión. Enrique (Julio Díaz) es un general retirado que enfrenta un juicio por genocidio, tras una de las audiencias se ve confinado a su residencia y es aquí cuando entra Alma (María Mercedes Coroy) en escena. Con la llegada de Alma las cosas se complican más en la ya tensa situación familiar de Enrique.

Sin recurrir a los artilugios clásicos de las películas del cine de terror, el director crea una atmósfera propia de los filmes del género. Confinando a la audiencia en una sola locación crea esa sensación de asfixia que nos consume. De manera sutil vamos pasando del drama al terror y nos hundimos en el mundo sobrenatural de La Llorona. Lo importante aquí es el discurso entre líneas, impunidad, complicidad y querer ocultar un pasado que aún tiene heridas abiertas. Un discurso político disfrazado en leyendas sobrenaturales

Al igual que en su primera película, Bustamante vuelve a trabajar con intérpretes no profesionales mezclados con actores de oficio. La cámara de Nicolás Wong (Muñecas rusas) se convierte en protagonista y encuentra sus mejores momentos en esos primeros planos imponentes que desbordan la pantalla. 

La simbología de la figura sobrehumana que viene como justiciera o como vengadora, pone el dedo en la llaga de un sistema corrupto incapaz de hacer justicia. Justo en ese subtexto yace la mayor fuerza del filme que nos deja con una secuencia final aplastante.

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Hugo Pagán Soto es mercadólogo de profesión cinéfilo por pasión. Director del la Distribuidora Internacional de Películas de 2015 a 2018 y Coordinador de Relaciones Públicas de la Cinemateca Dominicana en 2015.

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