Pensar, desde la isla y más allá.

Los males transmitidos a través del contacto sexual –efectos colaterales del amor– según contaba Jacques de Siboulei, han sido objeto de estudio no sólo dentro del campo médico sino también en la Sociología y la Antropología. Incuestionable reflejo del ejercicio humano y de las condiciones sociales de las épocas, las enfermedades adquiridas “rindiendo culto a Venus” nos han acompañado a través de los tiempos y han alterado además el curso de la historia. Ya sea por sus efectos en la salud de líderes y poderosos, o por el impacto causado en ciudades y ejércitos. 

Así lo evidencian la Biblia (cuando en el libro de los Números indica que la sífilis aparece “después de los hebreos fornicar masivamente con las madianitas”); el papiro egipcio de Ebers del siglo XVI a.C. (que promete su cura con la instilación de sándalo a través del pene); la Ayurveda de Sucruta (ilustrativa de los conocimientos de la India antigua sobre “las enfermedades de las partes vergonzosas”); el libro De Re Medica de Aulio Cornelio Celso, escrito durante el imperio de Tiberio en la vieja Roma (en el que se detallan úlceras y agrietamientos pélvicos o anales inducidos por ella); los textos de Alain de Lisle del siglo XII (que contaban de las lesiones cutáneas consecuencia de los placeres carnales); el grabado de Durero que ilustrando un paciente, muestra la conjunción astral acaecida el día de Santa Catalina en 1484 (signo del comienzo de “la peste genital”); y las contundentes afirmaciones del alquimista Paracelso en 1536 (“el venéreo se debe al comercio impuro de un caballero con una cortesana que tenía bubones”). 

Somos aquí testigos del nacimiento de un mal nunca reportado hasta los inicios del siglo XVI tras la retirada de las tropas de Carlos VIII y que los expertos no vacilan en catalogar como la enfermedad más estudiada de la humanidad. El mérito de su descripción original le corresponde al cirujano italiano Marcello Cumano quien observó las primeras víctimas mientras servía junto a la armada francesa; el nombre de sífilis fue introducido en un poema épico de Girolamo Fracastoro en referencia al pastor Syphillus castigado por Apolo. A partir de este momento, y en menos de una década, la nueva patología es bautizada con una docena de nombres, xenófobos espejos de su rápida diseminación a través de los continentes: mal napolitano, por su lugar de origen; morbus gallicus, por los primeros portadores; mal hispano, por su presunta adquisición en Hispaniola; eritema cantonés, tras arribar a China; la úlcera china, cuando llega al Japón; la enfermedad polaca, al aparecer en Rusia; púa de los indios, en referencia a los indígenas acusados; pudendagra, enfermedad de las bubas, viruela mayor, el accidente diabólico etc. 

Debido a su tono y el contorno en espiral que exhibe bajo el microscopio, el bicho causante de la sífilis (que vivió en los intestinos de las cucarachas durante millones de años) recibió en 1905 el nombre de Treponema pálido siendo posteriormente clasificado dentro del género taxonómico de las espiroquetas. Gracias a su rápida reproducción, cada 33 horas, constituye un microorganismo de gran agresividad cuya infección afecta unos doce millones de nuevos casos en todo el mundo. Los efectos de la sífilis están inicialmente circunscritos a la piel y los genitales; de avanzar, surgen daños más serios en los ojos, el cerebro y el corazón, la llamada etapa “terciaria” de la enfermedad hoy poco frecuente en países desarrollados.   

Si bien la conflictiva relación establecida entre el enfermo y su agresor se circunscribe en última instancia a lo estrictamente biológico –lo celular– no menos cierto es que la conversación “física” que discurre entre ambos protagonistas (cuerpo y treponema, en nuestro caso), traspasa la barrera de lo puramente médico, lo tratable. Baudelaire, a título de ejemplo, víctima y actor, se cuestionó si era la espiroqueta lo que arrebataba la inteligencia y la fortaleza, o si era la cobardía del espíritu quien inducía el “cansancio” del cuerpo. ¿Fue acaso entonces la sífilis castigo para el pensador (hecho simbólicamente revelado en los efectos cerebrales causados por este mal), o un escarmiento contra aquellos que osaban abrazar la pasión, y, por ende, una reprimenda al corazón?  

Baudelaire también dijo “…todos nosotros tenemos el espíritu republicano en nuestras venas, tal como tenemos la viruela sifilítica en nuestros huesos; estamos democratizados y sifilisados” ¿Fue, por tanto, esta enfermedad el modus operandi escogido por los poetas malditos, o fue la época y su devenir lo que condujo el individuo al abrazo de un símbolo prohibido? Un mal de horribles proporciones, causante de dolorosas deformaciones y trastornos emocionales, ¿acaso mereció ser bautizado por la poesía? ¿Por qué insistió el treponema en ser modelo del mal, ya no en Nápoles ni en París, sino en la Alabama norteamericana y la Guatemala del siglo XX? Porque décadas después del Tribunal de Núremberg y de la instauración de códigos éticos de investigación médica, resulta incomprensible cómo cientos de víctimas fuesen intencionalmente inoculadas en aquellas naciones a fin de “estudiar” una enfermedad en las narices del moderno “mundo civilizado”. 

El período de expansión imperial europea conocido como “La edad de la exploración”, coincide con la diseminación de la lúes en Europa y Asia, hecho que motivó los xenófobos epítetos ya mencionados en alusión a ella. Cabría cuestionar si la sífilis, como consecuencia del colonialismo, acaso no respetó las normas que el poder imponía; al contagiar sin distinción socio-étnica-política, fue, certeramente, un mal que no discriminó razas ni estatus social, una verdadera calamidad democrática. 

Luciría que la enfermedad que influyó sobre grandes personajes, que transformó sociedades y sacudió las más rígidas normas ha sido un libro abierto revelador de las emociones, desdichas y pasiones que entrada la premodernidad se abalanzaron sobre el nuevo Hombre. Hoy, a pesar de que conocemos el esqueleto –el genoma– del bicho causante de la sífilis, las crisis y las batallas que hace cinco siglos atormentaron a nuestros congéneres aún continúan: la lúes y otras enfermedades venéreas siguen diezmando amplios sectores de la población. Estigmatizados tal cual siglos atrás, sus víctimas, que ya no son Papas ni poetas, sufren en silencio mientras el sofisticado treponema del nuevo siglo es, por una parte, símbolo del dolor que no desaparece, y por otra, la terca enfermedad que, como la maldad ancestral, se resiste a morir. 

Colofón

No siempre y no todos los autores, profesionales de las ciencias o pacientes por igual, estuvieron en acuerdo con la idea de la enfermedad-metáfora aquí sugerida. Susan Sontag examinó (y rechazó) las fantasías conformadas alrededor del cáncer y la tuberculosis en el ensayo La enfermedad y sus metáforas; a su juicio, tal caracterización está revestida de rasgos “irreales y punitivos”. Abundan ejemplos que sostienen tal preocupación: el uso de la palabra cáncer en la acepción de la Real Academia referente a la proliferación de hechos destructivos en el seno de un grupo social; la conjugación apestar recordándonos la terrible peste bubónica; y la connotación de la frase sida mental respecto a la omnipresencia del VIH en la sociedad contemporánea.

El poeta Novalis, por su parte, propuso una lectura radicalmente distinta que sostenía que “el ideal de salud perfecta sólo le interesa a la ciencia”. Que la enfermedad es “reflexión, cosa que desvela, llama y habla, en contraposición a la salud que, en su monotonía, calla el alma interna”. En las cercanías de su muerte tuberculosa se preguntó si acaso “no será que la enfermedad es un medio para llegar a una síntesis más elevada, un fenómeno de una gran sensibilidad a punto de transformarse en un poder superior”. 

Simbolismos aparte, no olvidemos que el dialogo acontecido entre el dolor físico y las andanzas del espíritu está destinado a fortalecer ese rasgo del existir que con demasiada frecuencia ignoramos: La naturaleza esencialmente humana de nuestra especie, que nos hará mejores. 

Imagen de portada: La sífilis, Durero 1496.


Jochy Herrera es cardiólogo y escritor; autor de “Estrictamente corpóreo” (Ediciones del Banco Central de la República Dominicana, Santo Domingo 2018).

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