Pensar, desde la isla y más allá.

  “…Vamos impotencia arriba, impotencia abajo          
                                                     Conviviendo en pequeños submundos

                                                     Nos miramos en los trenes y un hedor colectivo azota

                                                     But the way

                                                     We love New York in any hour…”  
                                                                               Miriam Ventura, poeta dominicana.
                        

                                                  “Anoche salí con los amigo’, tuve un descontrol, oooh

                                                   Le di toda la noche al lo’ trago’

                                                   Y sin querer tomé demasiado

                                                   Llegué tipo 7 a mi casa, ya quemaba el sol, oooh

                                                   Ay, mi mujer peleando en la puerta

                                                   Y yo pidiendo cama porque se me reventaba la cabeza
                                                   Dale vieja dale, ciérrame la ventana, prénderme el aire

                                                   Tráeme una botella de soda grande

                                                   Y háblame tipo 12 y 30 cuando pique el hambre, oooh

                                                   Déjame tranquilo, Yani…”


                                                                                      Canción de Toño Rosario
                                                                                       Escrita por Sergio Ledesma

A veces, la dominicanidad en el Alto Manhattan es sudor reconcentrado, un humor sombrío o una nostalgia, que encuentra consuelos en un vaso de habichuelas con dulce de los que venden por la 181 con St. Nicholas. O en unos chicharrones de la cadena de restaurantes “Caridad”, donde suelen tener fotografías autografiadas y realizadas dentro del mismo restaurante, de estrellas dominicanas de béisbol.
 
A veces, la dominicanidad en el Alto Manhattan es una fiesta, aunque los participantes estén compartiendo historias de sus desgracias.

Autobuses como el M100, que recorre Broadway en dirección Norte-Sur hasta la 125 en dirección Este-Oeste son islas móviles de dominicanidad flagrante, donde muchos (con la participación de puertorriqueños, mexicanos y otros) cuentan en voz alta las variopintas y agridulces incidencias de sus vidas.
 
Las descripciones de enfermedades tienen gran preponderancia, con sus recetas “que son un cuchillo” y que incluyen las infalibles cadenas de oración y batidos con ajíes rojos y pencas de sábila.

Está muy de moda recomendar por estos días como “milagrosa” a la cúrcuma (para la artritis) que es un antiinflamatorio natural, pero que, al igual que la chinola, si el paciente pertenece al género masculino, quizás deba consumir con cierta cautela, porque desinflamándolo todo, tal vez desinflamen algún órgano que es recomendable que se infle con cierta regularidad.

También han causado sensación, en su momento, la fruta “dragón”, la moringa, el jengibre, cartílago de tiburón, el orégano y nada como el nopal (o tuna de España), para la diabetes, etc. Todos, o una parte de ellos, probablemente, con sus propiedades alimenticias y medicinales, pero no absolutas, ni instantáneas, ni taumatúrgicas y con sus riesgos de toxicidad en dosis inapropiadas. La excepción es el cartílago de tiburón, ya hay quienes opinan que los cartílagos que debían consumirse son los de quienes tienen empresas que matan tiburones para comerciar con los cartílagos, aletas y otras partes, aunque en el caso de los cartílagos de tiburón, la buena noticia es que regularmente es una estafa y no hay ningún cartílago por parte alguna.

A juzgar por la unanimidad de las opiniones al respecto,  la sábila, que “no falla” y (no había oido jamás nada relacionado con este dato) tiene virtudes afrodisíacas… “Le das a un hombre esta noche un batido con sábila incluida y mañana a primera hora estará como un bate (si es que no antes)…”, lo dice con radical convicción la señora de Nagua, de mediana edad, dueña de una Botánica, que en este momento lleva la voz cantante en la conversación dentro del autobús y del que cuando sales, llevas demasiada información -incluso la más íntima- sobre todos los pasajeros a bordo. Ni en Facebook es posible enterarse de tantos datos privados.

Las alternativas mágico-religiosas no dejan de hacer su aporte en determinados contextos, donde otras soluciones no son tan accesibles.

Según el primer “Informe integral de la salud de los latinos en Nueva York” un tercio (29%) de la población neoyorquina es latina y de ese tercio, casi un tercio (28%) o nació en República Dominicana o sus ancestros son dominicanos.

Un 13% de los dominicanos en Nueva York carece de empleo, un 12% no tiene seguro médico. El 59% ha reportado que en sus viviendas hay ratones o cucarachas. El 62% vive bajo el Nivel Federal de Pobreza, es decir, que tiene ingresos menores a 48,500 dólares al año para cuatro personas (definición de pobreza estimada en el 2015). Estos últimos son los que califican para recibir asistencia pública, como “cupones de alimento”  y ayuda para pagar la vivienda.

Muchos no solo utilizan esos cupones (en la actualidad no son literalmente “cupones”, como anteriormente, sino una tarjeta con fondos disponibles mensualmente) para alimentar a sus familias en NY y en otros lugares de EU, sino que también adquieren comestibles que envían por “cajas” y “tanques” a sus relacionados en la República Dominicana.   

El mismo informe, establece que entre los dominicanos adultos, tienen problemas de exceso de peso el 25% de los hombres y y el 36% de las mujeres y que el 38% de los dominicanos adultos, tiene presión alta y el 20% padece de diabetes.

Los achaques y sus correspondientes recetas no son los únicos ejes temáticos presentes en el autobús y representativos de los que se desgajan minuciosamente en las conversaciones hogareñas y en las calles, en las que no suele haber reposo.

Describen planes de construir una “casita” en República Dominicana; las añoranzas del “mejor y más bello país del mundo”, las desdichas por hijos metido en “vicios”, el orgullo por otros que estudian, o se graduaron y tienen “buenos” trabajos; la felicidad por el aumento de la progenie (aunque esto implique volver a la Corte a solicitar “child suport”), la decidida voluntad de dejarlo todo en manos de Dios, las lesiones en los trabajos, las demandas, los problemas por la ausencia del escudo en la bandera, las traiciones amorosas, las venganzas a medio ejecutar, el funcionamiento de la justicia divina, las críticas al “caco’e muñeca” azaroso de “Donaltrun” y a los ladronazos del PLD en el gobierno dominicano (a veces aparece algún partidario del gobierno peledeísta, pero su voz suele ser sofocada casi instantáneamente…) Todo sazonado por discusiones telefónicas a voz de cuello, y en altavoz, con familiares, maridos, novias, hijos…

Las discusiones sobre los juegos del béisbol tanto en RD como en EU y de la política dominicana son omnipresentes, al igual que el seguimiento de los resultados de las lottos en ambos países -muchísimos dominicanos que viven en NY tienen mecanismos, al parecer bastante accesibles, para “apostar” a los números de las loterías en RD- y a los detalles de crímenes cruentos (minuciosamente descritos una y otra vez) o los episodios de las vidas de artistas -y pretendidos artistas- populares, servidos por programas de “farándula”.

Los cuarteles generales de la dominicanidad en Estados Unidos están ubicados en el Alto Manhattan y en el Bronx. Los dominicanos abundan en otras áreas, pero se concentran allí.

En los años ’90, uno de cada dos residentes en Washington Heights era una persona dominicana o de origen dominicano, según ha explicado Ramona Hernández, directora del Instituto de Estudios Dominicanos en el City College, de Nueva York, quien también señala que en los años posteriores a la década del ’90 ha ido declinando el porcentaje de gente dominicana o de origen dominicano en la zona, porque un creciente número se ha dispersado por todo el territorio estadounidense y se han establecido y consolidado nuevas comunidades dominicanas, donde no existían o eran muy limitadas.

Sin embargo, Nueva York sigue siendo el enclave más importante, con historias y experiencias de toda clase, unas exitosas -y aún así con sus gotas de amague- y otras no tanto -y aún así, con su música por dentro.

Según el primer «Perfil migratorio de la República Dominicana” publicado en el 2018, el 71.11% de los migrantes dominicanos tienen por destino a Estados Unidos, de los cuales, el 57.23% son mujeres.   

Andrea Díaz: En NY como obrera, echando parlante una familia

Ya en la década del ’50 (e incluso antes, pero en números muy reducidos) algunos habitantes de la Cordillera Central y sus contornos comenzaron a emigrar a Nueva York.

Aunque vivían con grandes limitaciones, propias del estilo de vida en las zonas rurales, no todos eran exactamente exiliados por precariedad económica extrema, sino labriegos propietarios de alguna tierra, productores a pequeña escala de tabaco y otros cultivos y pequeños ganaderos y pequeños comerciantes, algunos con impulso, iniciativa, ambición y creatividad para correr riesgos y aventurarse en algunos negocios de incierto destino y fuera de su país.

En el libro “De Los Ranchos a Nueva York” lleno de anécdotas pintorescas, encantadoras muy ilustrativas, doña Josefa Andrea Díaz, matriarca de una una de las familias dominicanas en NY muy exitosas (en negocios de supermercados) detalla cómo fueron los inicios del establecimiento de su familia en esa ciudad.

Explica que viajó por primera vez a Nueva York a principios de los años ’60, con “residencia”, pero que ya ahí estaban asentados familiares cercanos desde antes. Después de toda clase de azares e idas y venidas volviendo a RD y retornando a NY, por discrepancias con su esposo, Don Luis, que no se adaptó nunca a vivir en Estados Unidos, para el ’68, doña Andrea se había sumando a las muchas mujeres dominicanas que trabajaban en la industria textil de Nueva York, específicamente en una fábrica de trajes de baño.

“Se pagaba por docena o por centenar de piezas, según el tiempo que le tomaba para hacer una pieza. Uno de los jefes se sentaba a tu lado con un reloj para medir el tiempo que le tomaba a cada cual terminar una pieza y de acuerdo al ritmo o destreza de cada quien, ellos decidían cómo pagarle a uno. Era el famoso “pisué” (piece work, trabajo por pieza).

«Era el caso que algunas piezas se pagaban a medio centavo la docena y [otras] hasta a siete centavos”. Había quienes debían hacer 40 docenas de piezas por día para ganar 40 dólares diarios. Claro que habían secciones mejor pagadas, que hacía trabajos más delicados que generalmente se les asignaban a las personas más diestras que llevaban mucho tiempo en la factoría”

Explica ella que su horario de trabajo era de 8 de la mañana a 4 de la tarde de lunes a viernes (con media hora de almuerzo a medio día) y que en algunos períodos se hacían horas extra y cuando bajaba la demanda de trajes de baño, las personas eran enviadas para su casa, donde podrían “colectar” (una compensación económica del gobierno que se le otorgaba -y se le otorga- por un limitado período de tiempo a quienes quedaban sin trabajo.

Con muchas limitaciones y trabajo, doña Andrea acabó llevándose a sus hijos a Nueva York, porque le pareció -acertadamente- que podían tener más oportunidades y mejores perspectivas, que siguiendo la tradición de la pequeña ganadería y cultivos en Los Ranchos. Sus hijos han sido extremadamente exitosos como dueños de supermercados independientes de mediano tamaño, un renglón en el que los dominicanos tienen una presencia dominante en Nueva York, al igual que en las pequeñas bodegas. Los dueños (también hay dueñas) de supermercados independientes conforman el sector  formal económicamente más exitoso entre los dominicanos.

Los provenientes específicamente de Los Ranchos, han creado una organización, que articulada con grandes empresas proveedoras de productos a sus supermercados, han construido una moderna escuela en su comunidad de origen, en República Dominicana y han creado un proyecto habitacional para las personas que carecían de hogar, vivían en muy malas condiciones o en áreas de alto riesgo.

Aparte de ellos, en Nueva York, New Jersey, Pensilvania, Massachusetts y muchos otros lugares, hay multitud de pequeñas empresas dominicanas, una parte importante de ellas, propiedad de mujeres. Están al frente de los salones de belleza, repostería (dos mercados en los que las dominicanas hace décadas han consolidado una reputación de excelencia, atrayendo clientela de otras nacionalidades y a afroamericanas) y de centros de “servicios” múltiples como inmigración, manejo de impuestos, envío de cajas y tanques, venta de ropa, etc.

Las personas de origen dominicano se han incorporado a todas las áreas de la vida económica, cultural, política de Estados Unidos y en particular de Nueva York, aunque superando grandes obstáculos y no en la medida que les corresponde, dado el tamaño de la población.  Académicos, trabajadores sociales, contables, abogados, artistas, políticos, activistas comunitarios, escritores, comerciantes, enriquecen el complejo entramado social.

Nueva York es una trituradora

A un dominicano de alto nivel educativo y con excelente empleo en la administración pública de Nueva York al menos por períodos la ciudad lo exaspera: “Me siento metido dentro de una trituradora de carne humana”.

Lo abruma el ritmo frenético de trabajo, la tensión, las minucias burocráticas, la competencia feroz, la imposibilidad de tener “una vida” al margen de lo estrictamente laboral, el continuo desafío para mantener debidamente lustroso y acicalado su currículo con más y más estudios, en áreas que cada vez eran menos y menos de su interés.

Permanece en la ciudad odiando el frío y el viento del invierno, a los que considera algo así como insultos personales y suspirando continuamente por una hamaca en una playa de Samaná, donde haya  agua de coco y ron y langostas asadas- donde aparezca una “Diabla” o mejor si son varias. El es ambicioso.

En los días brumosos y grises, mira con ojeriza hacia el río Hudson, al que parece atribuirle algún tipo de encono en su contra.

Nueva York es una camisa de fuerza

Uno que huyó -llevándose a Nueva York consigo, tal vez sin darse cuenta- fue David Ortíz (no el jugador de Béisbol) un profesor de filosofía de la UASD, quien acabó trabajando en Nueva York para la multinacional Siemens.

Era parte de un equipo que desde computadoras manejaba los sistemas de facturación de los hospitales neoyorquinos.

Debía ir a la oficina en el día, pero varias noches, cada semana, tenía que estar de “guardia” en su apartamento, por si en algún hospital de Nueva York ocurría un problema en su sistema informático, Y en los hospitales de Nueva York siempre hay algún problema, especialmente si es de noche.

El decía que era como si las computadoras “se pusieran de acuerdo”, para empezar a joder desde que daban la 12 de la media noche y solo se recomponían hasta que despuntaba el alba.

Cuando estaba de guardia no podía salir, su celular no podía dañarse, ni descargarse y no podía alejarse de su computadora. Se tomaba su vino, pero con mucha cautela. Tenía que estar sobrio y alerta. Emborracharse no era recomendable. Como las llamadas ocurrían a horas imprevisibles, el “reloj biológico” se le alteró y llegó un momento en que ya no solo se desvelaba cuando estaba de “guardia”, sino que tampoco dormía en sus noches “libres”.

Un agravante con sus ribetes cómicos -aunque cuando me lo contó no me atreviera a reírme- era que como de todas formas estaba regularmente “preso” de noche en su apartamento, si algún allegado tenía una salida nocturna (de parranda, por ejemplo) o un fin de semana de paseo y debía dejar alguna mascota bajo el cuidado de alguien, a él le tocaba hacer de custodio. Varias veces hizo de niñera de algunos perros (no todos amigables) y un día le llevaron una serpiente pitón de 7 metros (David debe medir como 5 pies).  

Para él era como vivir en una camisa de fuerza. Continuamente decía  “Yo me tengo que mudar para Puerto Rico”. Es egresado de la Universidad de Río Piedras y en su imaginario, Puerto Rico era una especie de tierra prometida.

Yo no creía que fuera un proyecto muy realista, porque en Nueva York casi todo el mundo está planeando mudarse para otro sitio y las veces que eso ocurre son mínimas, en comparación con las veces en que todo se queda en una declaratoria oral de intenciones abstractas, sin ninguna posibilidad real de ejecución.

Pero David sí se fue a Puerto Rico y suele aparecer en su muro de Facebook, en compañía de una dama muy elegante y del resto de su familia. Es un final feliz, algo increíblemente esquivo…

Wendy y Jeury: los más fiesteros de la Costa Este

Wendy y Jeury integran una pareja de esposos, oriundos de La Vega. Son de los que decidieron asentarse en lugares fuera de Nueva York, pero tienen familiares ( con los que mantienen contacto permanente y a los que visitan con regularidad) en toda la costa Este de Estados Unidos, desde La Florida hasta Maine.

Sobre la faz de esta tierra no gente a la que más le guste una fiesta, aunque se puede sospechar que la abogada dominicana radicada en NY, Jacqueline Acosta y su esposo, podrían hacerle competencia en los bailes de salsas y sones, por lo menos.

Unas veces, la dominicanidad es un ser alucinante, de cuerpo dominicano meticulosamente definido, con unas nalgas desbordadas dentro del conjunto perfumado con el recién salido al mercado “Attrape-Rêves” (Atrapa sueños) de Louis Vuitton, cartera de Michael Kors al hombro; la infaltable ropa interior de Victoria’s Secret, las argollas en las orejas, los brazaletes, el collar, los anillos y unos zapatos con tacones, Calvin Klein, camino a una fiesta amenizada por Raulín Rodríguez.

Wendy no solo quería ir a esa fiesta, sino hacerlo como a ella le gusta,  que no es con improvisaciones, sino con cada detalle cuidado a niveles de producción coreográfica de J.Lo.

Trabaja para una compañía que limpia instituciones, escuelas, hospitales. Y trabaja muy duro, porque también asiste a su esposo, como secretaria. Jeury es constructor, albañil, electricista, plomero y compra casas en mal estado, que restaura y luego vende o alquila, lo cual ha hecho exitosamente por muchos años, así que sus ingresos los convierten en personas de cierta holgura. 

Suelen ir por lo menos dos veces al año de vacaciones a República Dominicana, alguna vez salen en un crucero o van con toda la familia a Disney, sin dejar de mencionar las frecuentes fiestas de la extensa familia desperdigada por numerosos estados y a las que asisten con tanta persistencia y devoción, como a su misa católica de los domingos, a medio día y a todas las presentaciones de artistas como Romeo Santos, Anthony Santos, “El Torito” o Frank Reyes.

Cuando murió Joskar Sarante los dos estaban desolados. Yo no sabía quién era Joskar Sarante, así que cuando los vi tan inconsolables creí que era un hermano o primo. 

También adoran a alguien llamado “Ala Jazá” y no les importa conducir tres horas para ir y tres para volver de un concierto con Mark Anthony, para el que adquieren taquillas VIP, porque es para disfrutarlo en grande.  

Comparten una desaforada pasión por los merengues típicos y las bachatas, aunque también disfrutan salsas y sones. Se desenvuelven en inglés básico, pero sus niños hablan con fluidez  inglés y también español porque insisten en hablar español en su casa, para que los muchachos no “pierdan” su idioma original.

La conservación de la Lengua España es un elemento  que comparten muchos latinos. En el Informe Integral de Salud se hace alusión al tema específicamente en NY y dice que “Más del 80% de los latinos que ya cumplieron 5 años de edad y viven en la ciudad de Nueva York informan que hablan español en casa; el 17% habla únicamente inglés y menos del 1% habla otro idioma”.

En tanto, Wendy y Jeury arriban a cada viernes muertos de agotamiento por el trabajo (que se suma al cuidado de tres niños) pero el sábado reviven mágicamente. Es el día de acicalarse e ir a bailar en la noche. El asunto es un proceso bastante complicado. Si es una presentación de un artista conocido en un salón elegante, dos días antes se toman un purgante para estar mas esbeltos la noche de la actividad.

El debe estrenar algún conjunto de camisa, pantalón y chaqueta de corte ajustado al cuerpo, de Express, para verse moderno, atildado e impecable.

En la barbería, que ya no es como años atrás un saloncito sin mayores pretensiones, sino un salón lustroso, con catálogos para elegir toda clase de perifollos y aderezos y solicita un afeitado de barba con diseños específicos, recorte cejas, un corte de pelo clásico, sin que sea “caliente”, pero más corto en la mitad inferior de la cabeza y más largo en la zona superior.

La agenda de ella incluye restauración de uñas acrílicas, instalación de pestañas, extensiones de pelo, peinado y maquillaje profesional.

Ninguno de los dos toma mucho alcohol. A él le gustan las cervezas, pero teme “echar barriga”, así que opta por un trago de Jhonny Walker Gold. Ella elige una copa de vino rosado, dulce. Y gozan un mundo.

Cada año participan en varias actividades caritativas para reparar casitas destartaladas en la comunidad de la que provienen y abastecerlas con mobiliario y electrodomésticos.

Lo que los seduce, la parte más divertida de la argamasa que los une y hace felices es el baile de merengues y bachatas y asistiendo siempre a las fiestas como dos galanes de telenovela. Lo de Raulín se les dio de maravillas.

Jimmy Lam: de «macho a mariposa» en NY

El escritor y poeta Jimmy Lam, de carácter amoroso y dulce -aunque también enérgicamente apasionado, cuando aborda temas de discriminación, problemas de derechos humanos, maltrato al medio ambiente-  tiene sus raíces estadounidenses en Nueva York, ciudad a la que llegó en el 1992, (aunque en su periplo ha pasado por Montreal y Oxford) y donde permaneció por 26 años. 

Procedente de una familia acomodada, católica y extremadamente conservadora, en la que él no encajaba, por varias razones, desde su inclinación hacia los libros, la poesía y la vida intelectual, antes que hacia los deportes, hasta su preferencia sexual. Salió de RD como un exiliado de la familia y de su entorno.

“Mis primeros 6 años en Nueva York fui un indocumentado y estaba muy deprimido. Viví en todos los boroughs, excepto en Brooklyn”.



Pasó por períodos terribles. Cuenta que era incapaz de mantener un empleo fijo y ni él mismo entendía del todo las dificultades que lo afectaban. Posteriormente le diagnosticaron Síndrome de Stress Post Traumático, relacionado con el desarraigo y el rechazo de la familia y el sufrimiento, la confusión y el estigma.

Pero Jimmy sobrevivió. Y lo hizo muy bien. Uno de los momentos muy felices de su vida en Nueva York fue cuando, después de pasar por todo el proceso burocrático, recibió su “Green Card”, con su número de seguro social y autorización de trabajo.

Allí vivió muchos momentos de grandes satisfacciones, como cuando hizo una pionera “lectura de textos gays en Washington Heights” y cuando un cuento suyo, “Aguas de medianoche” fue incluido en la antología “De Machos a Mariposas”.

También estaba en Nueva York cuando vivió una experiencia muy amarga. Su madre murió en la República Dominicana y siendo él único hijo, no fue advertido por los familiares, ni se le incluyó en la esquela publicada en El Listín Diario. Supo de la muerte de su madre por que algunos amigos lo llamaron para preguntarle que si ya él estaba en la funeraria, en República Dominicana.

“Me dejaron fuera, ni me mencionaron. Por eso me cambié el nombre de Jaime Donatello Herrera Ariza a Jimmy Lam”.

Actualmente vive en La Florida, en compañía de su compañero, Oskar, con quien está casado y tiene una empresa en el renglón de las artes decorativas, antigüedades y textiles.

“Mi boda fue una sorpresa”, indica Jimmy, relatando detalles románticos desplegados por el amado. “En fecha 11/11/11, a las 11 de la noche, mi novio Oskar me sorprendió entregándome un anillo de compromiso”

“Planeamos la boda para el 20 de abril del 2012 y mi best man fue mi mejor amigo, el escritor Félix García y la madrina fue la escritora dominicana, y amig@s por casi 49 años, Osiris Mosquea”.

En su exquisito libro con muchos matices eróticos “Sexile = Sexilio”, uno de los poemas de Jimmy es “Para Oskar”. He aquí un segmento:

“Qué encuentra en la mirada de la muerte?
Qué refleja el susto de mi suerte?
Por qué me abraza como si fuera de seda?
Por qué me ama como si otro fuera?
A pesar de los pesares
Me enamoro de su fuerza como hiedra
Amarrado a su obelisco en éxtasis total

Y puntualmente me inclino
Para que el resplandor de sus omóplatos

Me ciegue

Pero y no dizque que el amor es ciego…?”

Sophie Mariñez y NY: el amor a primera vista de una intelectual

Sophie, intelectual y poeta dominicana, llegó a NY a principios de los ’90, cuando ya había cursado una carrera de traductora en APEC. Posteriormente, ya en EU, hizo una maestría en Estudios Liberales  con énfasis en la identidad y literatura domínico-americana ha publicado diversos ensayos sobre el tema. También hizo un doctorado en francés, con especialidad en  estudios de género y escritoras francesas, “desde la gran escritora medieval Christine de Pizan hasta Mademoiselle de Montpensier, en el siglo XVII, autora de memorias, novelas y cartas que condenan la opresión de la mujer” indica.


Ha trabajado como profesora de francés en Vassar College, en Poughkeepsie, “lugar donde también enseñó Camila Henríquez Ureña en los años 50” y desde el 2012, es profesora del departamento de lenguas modernas de Borough of Manhattan Community College, City University of New York, donde ha tenido “la dicha de tener a muchísimos estudiantes dominicanos”.

“Tan pronto llegué a Nueva York supe, al instante, que quería vivir el resto de mi vida aquí.  En mi imaginario, Nueva York era tanto la ciudad de la película “Escape from New York”, que presenta a Manhattan como una gran cárcel llena de criminales, como la ciudad de las películas de Woody Allen, glamorosa y bohemia, de perfiles dibujados por rascacielos fabulosos. Al llegar, yo me sentía en esta última pues tuve la enorme fortuna de hospedarme con unos muy queridos amigos que eran el compositor Luis Días y su esposa Laura Sklar. Ambos vivían en Stuyvesant Town, un residencial cercano al Village, famoso por su vida bohemia, de artistas, escritores y estudiantes que venían del mundo entero”.

Sophie no tenía familiares en la ciudad, pero Luis y Laura fueron sus anfitriones por tres meses, “lo cual fue muy generoso” explica ella.

Trabajó en Bienes Raíces para una empresa en la que era la única empleada y ganaba 5 dólares la hora. Se casó en NY y trajo a su hija de un primer matrimonio a vivir con ella.

“Además de ofrecer apartamentos a turistas franceses, yo tenía que ir a chequear esos apartamentos para verificar que eran legítimos y tomarles fotos para nuestro catálogo. Me encantó ese trabajo porque me permitió aprender a moverme y a conocer diferentes barrios de una ciudad que me fascinaba hasta el tuétano”

Sin embargo, pronto dejó ese trabajo por uno mejor, como traductora. “Empecé como editora y a los pocos meses me ascendieron a gerente del departamento de español y portugués”. “Traducíamos manuales médicos, folletos técnicos, textos publicitarios. Teníamos grandes clientes como AT&T y Disney. Yo tenía apenas 24 años y este momento fue una etapa formativa fundamental para mí. Se nos exigía una calidad perfecta. No podíamos darnos el lujo de sacar un documento mal hecho o con errores ortográficos y nuestros proyectos tenían que realizarse en un plazo de tiempo calculado según la capacidad humana exacta para traducir y editar un número preciso de palabras. Todo iba bien medido y cronometrado y a mí me encantaba esa precisión, ese rigor, esa exactitud, ese respeto al trabajo”.

Estuvo varios años en esas labores, pero las abandonó, porque casi no veía a su hija y “no la había traído al mundo para que la criaran otros. Decidí lanzarme como traductora “freelance” pues en aquel momento se podía vivir muy bien de ello. Todavía el internet no había arrasado con los trabajos locales, como pasó luego, cuando empezó a salir más barato e igual de eficaz enviar textos a traducir en Argentina, que en ese entonces tenía su moneda bien devaluada. Pero por un año al menos, viví de la traducción desde mi casa y comencé a incursionar en la escritura”. 

“Al principio, esto se dio en forma de periodismo y fui auto-didacta, tomando a la gran Oriana Fallaci como ejemplo y entrevistando a artistas y escritores que, como yo, se habían ido del país a finales de los 80 o principios de los 90. Empecé con artistas que yo ya conocía de mis tiempos bohemios en Santo Domingo: el compositor Luis Días, el arpista Adán Vásquez, el actor y dramaturgo Claudio Mir. Luego conocí a otros, que habían crecido en Nueva York, como el cineasta Felix Limardo, quien recientemente filmó la película Teniente Amado, y Julia Alvarez, quien acababa de sacar su tercera novela, ¡Yo! Cuando Junot Díaz surgió como la nueva sensación literaria del momento, lo contacté y lo entrevisté. Todas estas entrevistas salieron en la sección cultural Ventana, del Listín Diario, entre enero y abril del 1997, como parte de una serie titulada “Dominicanos en Estados Unidos».

Esa serie de entrevistas, dice Sophie, las quiso hacer,  a raíz de un viaje que hizo a Santo Domingo en el ’96, época en la que llegaban al país muchos dominicanos deportados desde Nueva York “por un acuerdo que se hizo con el entonces presidente Bill Clinton para recibir a ex-convictos que habían cumplido una condena en EEUU y que ahora, en vez de reinsertarlos en la sociedad, se mandaban a sus países de origen”.

Esa imagen del “Dominican-York” que ya era de por sí negativa, estigmatizada desde los 80, indica Sophie Maríñez, “se agravó con la de los deportados. Al yo leer los periódicos dominicanos y notar el tono despectivo con que se referían a la población de migrantes dominicanos en el exterior me dio mucha rabia, pues ya yo me sentía parte de esa migración a pesar de tener sólo un par de años fuera. Y les quería decir a todos que eso no era así, que los dominicanos del exterior era gente muy decente, muy trabajadora, muy honrada. En fin que decidí hacer algo al respecto y empecé estos reportajes entrevistando a los artistas y escritores que pudieran hablarme de su experiencia y mostrarles a los que estaban en el país lo talentosos y trabajadores que éramos. Que no todos somos narco-traficantes. Fue un momento de mucho aprendizaje para mí porque me di cuenta de que poco a poco yo también estaba teniendo esa sensación de separación del país que muchos sentían en aquella época previa al uso masivo del internet y de las redes sociales”.

Años más tarde, un académico puertorriqueño la invitó a dar una charla sobre escritores domínico-americanos y a partir de ahí se desarrolló como profesora, pero afirma con contundencia: “ La poesía corre en mis venas desde mis años mozos en Santo Domingo, cuando era actriz y performeaba los poemas de Rimbaud en la Alianza Francesa y de Manuel del Cabral en su 80 aniversario. También escribía mis propios textos de performance y los actuaba en la Calle el Conde, en los “Sábados Culturales” que organizaba el gran Silvano Lora. Como actriz me alejé pronto del teatro tradicional. Me interesaba el performance y poder crear mis propios trabajos. Colaboraba con artistas visuales, como Juan Mayí y Juan Valoy, y con músicos experimentales, como el grupo “No Estacione” formado por Adán Vázquez, Esar Simó, Nereyda Sánchez y Rafael Scarfullery. Mi poema más reciente, “The Drake’s Pub’s Wall”, es un homenaje a ese momento mágico y bohemio de los ochenta.

Una de las muchas preguntas que le hice a Sophie Maríñez fue que cómo ha sido la experiencia de ser alguien de origen dominicano en Estados Unidos y si hay episodios tristes, alegres, cómicos, frustrantes que quisiera compartir.

Esta fue su respuesta in extenso y exacta: “Ser dominicana en Nueva York ha sido una pura gozada. En Washington Heights tienes una réplica tal cual de nuestra cultura. Puedes encontrar todo lo que quieras del país—la comida, la música, esa cheveritud y ese calor humano tan nuestro. Si no fuera por la diferencia de clima y del paisaje urbano, te creerías que estás en RD. En el ámbito laboral también lo he disfrutado mucho. Tengo muchos estudiantes dominicanos y para ellos es importante tener profesores de su país de origen que los entiendan, los apoyen y les sirvan de modelo, de estímulo y de inspiración para ellos también echar hacia adelante. 

El único gran episodio doloroso y vergonzoso que he tenido, para que tú veas, irónicamente no ha venido de Nueva York ni de Estados Unidos, sino de la propia República Dominicana. Fue en septiembre del 2013, cuando se dio la sentencia constitucional 168-13 que, como ya sabemos, convirtió en apátridas a cientos de miles de dominicanos que tenían la gran falta (¡retroactiva hasta 1929!) de que alguno de sus ancestros haya llegado al país de manera “irregular”. ¿Pero a quién le cabe una barbaridad así?!! Esto es lo que se llama institucionalizar el racismo y la discriminación de la manera más arbitraria y cruel. A muchos nos dio una vergüenza enorme pertenecer a un país donde la maldad y la bestialidad política hubieran llegado a ese extremo y tuvieran el poder de afectar de manera tan despiadada la vida de tantas personas cuyo único crimen sería que sus padres o abuelos o tatarabuelos fueran de otro país. Y claro, al ser ese otro país principalmente Haití, eso convirtió la sentencia en una medida claramente racista, creadora de una nueva dominicanidad excluyente y discriminatoria. Y en esa nueva nación nos metieron a todos sin consultarnos ni hacer referéndum. 

Todo eso fue muy vergonzoso porque, donde quiera que iba, la gente me preguntaba por esa sentencia y lo que salía a relucir es que ser dominicano significaba ser racista y ser anti-haitiano. No había de otra. Porque una cosa es que haya gente racista en un país, que de eso hay en todas partes, y otra muy distinta es que el estado mismo le quite la nacionalidad a los que son descendientes de haitianos, como ha sido principalmente el caso. Entonces hubo que actuar en contra de eso y manifestarse no sólo por solidaridad con los desnacionalizados sino por dignidad propia”.

Poema de Sophie Mariñez


The Drake’s Pub’s Wall 

 
Whenever I return, laughter breaks out 

on the Drake’s Pub’s Wall.

A guy buys a drink from John the owner,

A girl smokes a joint in the apartment upstairs,

and someone else yet lights a cigarette,

and gazes across the plaza,
at the Alcazar, Columbus’s house. 

Some nights I sit on this low wall across the pub,

a thirty-inch wide structure, seventy-feet long,

made of rocks from the sea,
standing between the pub and the plaza, 

as if a short remnant of protection

against filibusters and pirates,

bearers of the English name. 

And on you, my dear Drake’s Wall,
I lie down, gaze at the blazing moon, 

and dream with the myriad stars.

Amid this lair’s bohemian air,
my friends and I listen
to Hendrix, Zeppelin and Floyd,
we fantasise and cheer,
fix the world,
and revel in the freedom 

our fathers and mothers 

had just landed us. 

Those were the eighties in Santo Domingo.

A dictator had long been killed
and his successor sent away;
some of us had known the colour of a gun,

but to most, treason had not yet grown

into hollow trees filled with torn-up ghosts. 

This is where artists lived,
and musicians hung
with poets, actors, and all those
who gave a damn.
This is where Manuel, the book-lover, 

Mary, the mad painter,
Carmen and Esther, the carpenter girls, 

Osito, the sweet mellow guy,
and Oscar, the brilliant Chilean kid, 

partied with me till we all went home. 

This is where Juan the artist with a magic name

kissed the girls, unleashed his genius,
and became a darling of galleries in Paris,
while others, like Tony, 

laid out the garbage from our sea

for everyone to see in faraway lands. 

This is where Luis the musician

hung out with the chicas rocapiedra

and laughed at the shit
los jevitos threw at him
– for being black,
for hanging chains on his waist,
for composing Dominican rock,

 and teaching us to never eat pendejá

So, whenever I return to you,
my dear Drake’s Wall,
though greed has razed you down,

planted ‘tropical’ trees, 

filled the space with tables and waiters,

and called it Plaza de España,
for jevitos and tourists,
whenever I return, I still see you, 

my dear Drake’s Wall,

despite the splendour
of your tragic absence.

Felipe Kemp: profesor para quien NY es como una mujer amada y perdida

Nueva York es sucia, filosa y dura, ácida y también limpia, colorida, tierna, insólita, creativa, sofisticada y abierta, inclemente y cerrada. Es la más ciudad de todas las ciudades que existen. La más cosmopolita y divertida, la más triste y la mas agria. Nueva York es El delirio. Un aluvión. Una risa. Una lágrima.

Alguien que ama la ama así, con sus defectos, virtudes, desdichas y desafíos y la recuerda y ansía desesperadamente, casi dando gritos, es Felipe Kemp:
 
“Llegué a Nueva York con mi madre, ya fallecida, en un caluroso agosto del 1978. Y estuve por treinta y cinco años en la ciudad.
“La llevo en mi sangre”.

Cuenta que estudió Literatura inglesa y latinoamericana en el City College de Nueva York y luego en el Graduate Center, donde completó una maestría en Letras.

Fue redactor-colaborador de periódicos, asistente de un político, y, por un tiempo considerable, enseñó Lengua Española en varias escuelas secundarias, hasta que se jubiló.  Ahora tiene dos niños y se mudó.

“¿Qué si extraño a Nueva York? Todo el tiempo! Porque yo soy un animal urbano. Tengo textos que surgieron del amor por esa ciudad que desearía volver a oler y sentir en mi plexo solar”, declara en tono de añoranza.

“Una de mis novelas favoritas, que leí durante mis años de estudiante es The Great Gatsby, en la que Scott Fitzgerald, que entre otras cosas, recrea el embeleso por la atmósfera nocturna de Nueva York”.

“Nada como una noche neoyorquina, con su hormigueo de luces de neón, con el flujo seductor de sus automóviles y con la miríada de escondites para sentirse casi invisible. Ahora que vivo en una provincia anodina y sin la variedad urbana de Nueva York, comprendo lo que una vez dijo Umberto Eco: que Nueva York es una de esas ciudades donde uno descubre algo nuevo casi todos los días”.

“Contrasta con la provincia en la que vivo ahora cuya característica principal es la uniformidad. No puedo contar las veces en las que, de noche, parado en Times Square experimenté una elevación que, por falta de definición, no puedo calificar sino de mística”.

Reynaldo García Pantaleón: artista visual que no codicia nada

Reynaldo es uno de los dominicanos más insólitos, sencillos y sofisticados que viven en NY. Hay algo en él que está fuera de este mundo, una reducción de lo individual, una apertura al universo, una carencia absoluta de poses,  una comprensión profunda y fresca de lo cercano y lo lejano, una bondad mística, una iluminación, una fragilidad, una dureza.

Es un artista y como tal se siente como si el verso de Silvio Rodríguez “Como una gota fui de la marea”  lo hubiera escrito él y lo hubiera hecho con amor, sintiéndose reivindicado en esa marea. Pero es de temer que es tan absolutamente poco común, que es un ejemplar único o, al menos, una muy “rara Avis”.

Visitaba Nueva York desde los 80, pero se instaló definitivamente en la ciudad en ’95, porque se enamoró y su amada y él necesitan un horizonte nuevo, algo de independencia. Desde entonces hasta hoy se ha dedicado a las artes visuales, tanto como artista como profesor, aunque también ha incursionado en la música, diseño gráfico e imprenta. Le hice unas preguntas:


P.- ¿Si te pidieran resumir tu experiencia como artista en NY cómo lo harías?
R.- Ha sido una experiencia basada en lo colectivo, tratando de leer (a partir de mi prisma) la realidad inmediata que me ha rodeado, sobre todo la de la comunidad inmigrante, la de la clase trabajadora, esa búsqueda del sustento, de los recursos para tener un techo sobre las cabezas y el estomago lleno, el afán del corre-corre citadino, aunque debo de confesar que lo hago desde una posición de cierto privilegio. Aclaro que este privilegio es el de quien por convicción, decidió vivir frugalmente con bastante poco y gustos fáciles de suplir en esta ciudad (Artes, Libros, Música y Cine).

Debo también agradecerle a la ciudad que dentro de su inmensa variedad me Ha dejado hacer lo que he deseado y articular mi “carrera” de la misma manera. Exposiciones dentro de mi barrio (Washington Heights), participaciones en diferentes colectivos artísticos (de diferentes duraciones y conformaciones) y trabajar de manera solidaria para con las causas políticas y sociales que me tocan entrañablemente, además de embarcarme en la búsqueda de la siempre esquiva  “dominicanidad”, esa que cuando pensé había atrapado, se me escabulló al visitar el país luego de 17 años sin hacerlo.


P.- ¿Hay algo particularmente triste o angustiante a lo quisieras hacer referencias sobre tu vida en NY? 

R.- Obviamente que en tantos años las experiencias han sido muchas y múltiples, desde la perdida de seres queridos tanto a la distancia como en la cercanía…pero quizás lo mas apabullante fue la ruptura de mi relación sentimental, esa que me trajo hasta acá y la que me dio esta vida de estaciones climáticas y subterráneos recorridos, nunca preví esa contingencia pero en las relaciones de dos, no solo uno cuenta.


P.- ¿Cuáles son las experiencias, vivencias, contactos hermosos a los que podrías hacer referencias de tu vida en NY? 


R.- He tenido experiencias magnificas, donde no sé separar lo estrictamente personal de lo “profesional”, arribota, por supuesto, esta mi hijo, su nacimiento y desarrollo del cual estoy muy orgulloso; mi relación de pareja de casi casi 20 años (todo un éxito!)… Conocer un montón de personas de disimiles procedencias y partidas… Adentrarme en la insularidad del “grajo” dominicano, vía sus tradiciones culturales mas disimiles y ocultas por la misma idiosincrasia de negación que nos hace permeables, y tener como pilar y amigo a Luis “Terror” Días, entre muchos otros y otras.  

P.- ¿Qué has aprendido algo que esté articulado con la vivencia en la ciudad?

R.- Que somos pequeñísimos, no solo desde el punto de vista humano sino también por nuestra procedencia (Isla “pobre”, “compartida”, “chiquita”, del Caribe), y qué lo “importante” es extraordinariamente relativo. No cambio estar en ningún museo del mundo por mis vivencias con jóvenes recién llegados o nacidos acá con quienes he tenido la oportunidad de compartir en las diversas aulas donde he trabajado, el poder expresar nuestros deseos y añoranzas, al tiempo de conversar sobre temas disparatados y/o súper importantes.

Primer inmigrante llegó a NY de la isla de Santo Domingo

Hasta hace relativamente poco, se desconocía el curioso dato de que alguien, de Santo Domingo (hoy República Dominicana) de nombre Juan Rodríguez, fue el primer no nativo que se estableció en la isla que hoy es Manhattan, antes de que llegaran los inmigrantes provenientes de Holanda, Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia, etc.

En una crónica del periódico BBC publicada el 5 de Octubre del 2012, La directora del Instituto de Estudios dominicanos de la Universidad de Nueva York, Ramona Hernández, explica que Juan Rodríguez llegó a lo que hoy es el área de Nueva York “acompañando al capitán holandés Thijs Mossel a bordo de la nave Jonge Tobias, proveniente de Santo Domingo. Fue el único tripulante en quedarse en el territorio, es decir, el primer y único inmigrante durante ese período”.
 
Hernández cuenta que nadie sabía de la existencia de ese primer inmigrante proveniente de Santo Domingo, hasta el 1959, cuando un investigador, Simón Hart, examinaba documentos del siglo XVII en Holanda, en busca de datos sobre los orígenes de Nueva York y ahí encontró los detalles de una disputa judicial entre dos capitanes de barcos, en los que se hacía referencias a Juan Rodríguez, a su llegada a lo que hoy es Manhattan y su instalación allí.  Una calle de Washington Heights lleva su nombre, desde hace algunos años.

A veces ocurre que en medio de cualquier diferencia agria, gentes de distintos orígenes le sugieren a su oponente que se vuelva  para su país. Una vez presencié una disputa entre dos vendedores (un mexicano y un africano) de gorros acrílicos (de los de 5 dólares) de invierno, en la esquina de Broadway con 133. El africano le dijo al mexicano que se volviera para México y el mexicano respondió que se fuera para Africa, que estaba más lejos.

¡Nadie nos puede decir eso a los dominicanos! Nueva York es nuestro. ¡Juan Rodríguez se instaló primero!

Sara Pérez es periodista. Fue reportera de los diarios Ultima Hora, El Nacional y Hoy. Fue miembro del equipo de Investigación del diario Hoy. Escribió para la revista Rumbo. Actualmente reside Reading, Pensilvania, Estados Unidos.

Nacho Guevara (Costa Rica, 1973) trabaja como fotógrafo freelance en la ciudad de New York. Durante diez años actuó y produjo teatro a nivel nacional e internacional y trabajó como instructor en el National Museum of Mexican Art.



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