Pensar, desde la isla y más allá.

Caracas, 1984. En junio llegó Atahualpa Yupanqui. Curso de administración cultural. Treinta participantes de diversos países. Ausente del décimo curso, Guatemala, Paraguay, Colombia y Uruguay. Marinés Stephanolo, que representaba a Argentina expresó desde el principio sus tres cualidades: honesta, inteligente y argentina. Julio Fucik, dominicano, y definidamente negro, se sintió casi intimidado; los otros delegados, molestos, dijeron ante la solicitud del psicólogo sus tres cualidades y sus tres defectos, dejando el nacionalismo fuera del salón que nos acogía, no para administrar la cultura, como pensábamos en principio, sino los servicios culturales reconocidos ya como derechos humanos. 

Después de las intensas exposiciones sobre economía de la cultura, animación sociocultural, identidad y legislación cultural, se decidió compartir un brindis por lo interesante de nuestro curso y el deseo inmenso de regresar a nuestros países e iniciar una nueva misión de la cultura, que ya no sería para un grupo de gente refinada; sino que, a partir de ahí iríamos con la consigna de que la cultura somos todos. En un momento en que nos servíamos algo de comer, después de degustar diversas bebidas, Marinés se acercó a Julio F. y le dijo al oído con evidente ternura, que la excusara por la distancia que había mantenido con él, pero que en verdad no era racista; que lo que sucedía es que en el lugar en que ella había nacido no vivían negros y que la idea que tenía era que no podían ser inteligentes y que solo se podían dar en forma exitosa para los deportes; porque en eso de la fuerza física, si eran buenos; pero que lo admiraba y que diría a su regreso, que en el aula el más inteligente, para su sorpresa, era un negro. Julio F. sonriente le respondió con un prolongado abrazo que le erotizó toda su anatomía y se mantuvo en silencio. Marinés, actuaba en la reunión como líder de grupo, solo con la competencia de la venezolana Nancy, que enfrentó siempre sus actitudes con argumentos sólidos y bien razonados. Nancy, tomó el turno y en una exposición amplia se refirió a la necesidad de la unidad a través de la cultura, no solo de América, sino del mundo, y habló de culturas dialogantes, logrando el aplauso de casi todo el grupo. Marinés seguía a mi lado y al final nos dijo que tenía una buena noticia: el gran cantautor argentino Atahualpa Yupanqui, estaría de gira en Venezuela, y ella conseguiría entrada para todos nosotros en el teatro nacional. Ansiosos, esperábamos ese día, pues se trataba de un artista que todos admirábamos y que tenía dimensión internacional. 

Salimos en tropel al terminar la exposición de Ezequiel Ander-Egg, pero no hubo forma de superar el tráfico, a pesar de que solo estábamos a cinco cuadras del teatro. Al llegar, el portero fue tajante y nos dijo que hacía diez minutos se habían cerrado las entradas. No había forma de que Marinés entendiera. Insultó al portero en nombre del libertador San Martín, de Borges, de Ernesto Sábato y Julio Cortázar. Mientras escribo este texto, pienso que, si fuera ahora, hubiera agregado a Diego Armando Maradona, a Leonel Messi, y hubiera dicho que el primer Papa latinoamericano era un argentino. Miré el rostro de Zoraida, la dulce hondureña que había tenido la primera contradicción con la porteña cuando iniciamos el curso, esta prometió hacer un asado, y la hondureña, cuando íbamos a comer, llevó un pote de cachú y se lo esparció a su porción, lo que devino en una ira de la argentina que dijo es una ofensa a la mejor gastronomía del continente, eso no necesita nada; quizás por eso, Zoraida, expresó Colón cuando llegó a tu país en las rondas de descubrimientos, preocupado y casi al nivel de desesperación: ¿cuándo voy a salir de estas honduras?, y no sé si sabes que por eso tu patria tiene ese nombre. El portero, siguió intransitable ante la actitud casi violenta de la Stephanolo, y ya desesperado dijo no van a entrar, y usted es una necia, a lo que ella respondió y usted no es más que un uruguayo. Todos decidieron alejarse. Julio F. por su parte, abrazó una pared y comenzó a llorar, mientras recordaba a Artigas, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, y sobre todo, el mundial de fútbol de 1930. 

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Mateo Morrison es poeta, Premio Nacional de Literatura. 

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