Pensar, desde la isla y más allá.

El acto de pensar es una de las facultades más valorada por los seres humanos. Esta dimensión humana ocupa la atención de investigadores y pensadores; también, de hombres y mujeres que en su vida cotidiana le confieren un valor inestimable a la posibilidad de construir nuevas ideas y a la resolución de problemas en las acciones habituales. Son personas conscientes de que el pensamiento también posibilita la creación de tendencias que dan origen a una cosmovisión del mundo diversificada y a prácticas culturales múltiples. El acto de pensar ocupa un espacio privilegiado en el quehacer científico, pero no se agota en este campo, va más allá; y por ello muestra evidencias en el accionar de la vida diaria. Asimismo, la capacidad de pensar es objeto de admiración y de alabanza; el pensamiento atrae. Los pensadores ilustran y construyen en su entorno círculos y voces que funcionan como difusores y encantadores de sus inferencias y originalidades. Pensar es un acto humano; y, además, es un arte complejo que tiene dimensiones críticas como la duda. El carácter crítico le viene dado a la duda por su importancia, por su impacto en el sujeto pensante y en el pensamiento mismo. La fuerza de su dimensión crítica se constata cuando  su mediación como antesala del pensamiento real se vuelve energía que posibilita el  pensamiento situado, el pensamiento que mueve a la acción razonada.

La duda cuenta con elementos estructurantes que le imprimen su propio dinamismo y su propia fortaleza. Parecería, entonces, que es necesario dudar por dudar. No. Es que la duda se convierte en antesala del pensamiento real. Asumimos como pensamiento real aquella reflexión o razonamiento que le permite al sujeto la transformación y mejora de su condición humana y social; o admitir su propia involución para enfrentarla. Además, es aquel pensamiento que habilita a las personas para la toma de decisiones y la adopción de una postura resolutiva en la vida. En este marco, la duda es una búsqueda sincera del pensamiento auténtico y, por ello, aparece como preámbulo. Es un preludio en el que la inseguridad y la vacilación intentan vencer al ser humano; pero a la vez le demandan que identifique por qué piensa lo que piensa, por qué teme ante lo incierto y por qué se retrae ante aquello que no admite como seguro y cierto. La duda implica una complejidad de procesos que se movilizan y desarrollan con una articulación sistémica, para darle identidad y servirle de sostén a las  aportaciones que emergen de su fuerza interior.  

El proceso de definición de la duda exige reflexión para decirnos a nosotros mismos lo que dudamos y por qué lo dudamos. Es el momento de tomar conciencia de la naturaleza de la duda y de sus implicaciones personales y sociales. Es el proceso volitivo de la duda, en el cual necesitamos autoclarificar qué buscamos y qué queremos ante el hecho del que dudamos. Como antesala del pensamiento real, la duda tiene la virtualidad de activar la voluntad de los sujetos para buscar las raíces del hecho ante el cual se experimenta la duda.   El proceso que nos impele a descubrir lo que sentimos ante el hecho o el fenómeno de la duda pone énfasis en la interrelación entre razón, sentimientos y emociones. Esta tríada manifiesta su  interdependencia y pone en evidencia el estado emocional que genera la duda en las personas que la viven. Una energía nueva producto de la unión de sentimientos y emociones activa la búsqueda de solución y, sobre todo, de la reducción o eliminación de la situación de duda. En este proceso interesa descifrar nudos, códigos y el lenguaje de la duda, para identificar sus emociones y preguntarse por qué la angustia es compañera natural del proceso de dudar. La influencia de este proceso en el sujeto es total; mente y cuerpo se movilizan y se unen. Es una conmoción que incide en la totalidad del ser e impulsa a la recuperación de experiencias anteriores en las que se ha salido airoso, a pesar de la profundidad de la duda. 

La duda como proceso nos empuja a buscar la verdad y a despejar aquello que puede aparecer como seudoverdad.  Su fuerza vital e intelectual permite, al mismo tiempo, identificar indicadores de sus consecuencias en la persona que duda, en sus contextos y en sus relaciones. Esta es otra fuerza de la duda que se expresa con un alcance que supera lo inmediato y al mismo sujeto, va más allá de este como actor y objeto de la duda. En este momento histórico, la duda se multiplica como proceso y acontecimiento que revuelve la razón de los sujetos. A su vez, las oportunidades que ofrece el acto de dudar fortalecen la capacidad de discernimiento y de síntesis en las personas. La duda permite la creación libre de nuevas alternativas para la resolución de problemas. 

La duda hermana la razón, la libertad y la capacidad de determinación de los seres humanos. En este sentido, la duda no ha de ser un estigma para los sujetos; ha de considerarse como un bien que le otorga consistencia a la facultad de pensar y a la capacidad para tomar decisiones. La duda no tiene como plan la dispersión de los individuos; su horizonte es el reencuentro permanente con la verdad. Si queremos aprender a pensar con nitidez y a deliberar en la acción, hemos de acoger y estimar la duda. 

__

Dinorah García Romero es educadora, rectora del Instituto Superior Pedro Poveda, Santo Domingo. Columnista del portal digital Acento.


Leer offline:
Descargar PDF
Imprimir