Pensar, desde la isla y más allá.

SINGLADURAS

Desde muy niño, Satanás me pareció un sujeto ciertamente gracioso. La cara larga y afilada, los cuernillos, el pelo picudo, la chiva quijotesca, el rabo largo terminado en arpón. Tanta rareza, además, montada sobre unas esbeltas zancas de carnero y al abrigo de dos implacables alerones de buitre contumaz.

 Al Niño Jesús, a los Reyes Magos: a todos reclamé (por escrito, con dirección certificada) un Satanás de polichinela. Pero jamás me complacieron. Supongo que mis benefactores celestiales preferían el adiestramiento bélico precoz, dado que siempre recibí un Colt (versión Búfalo Bill) o una pistola corta de cinco tiros (favorita de los agentes del FBI). Ello así, además de regalos netamente espirituales como el arco Sioux con doce flechas, el carro de bomberos o el tanque de guerra propulsado por baterías.    

Ocurre, escuetamente, que siempre descreí, por lógica elemental, de alguien o de algo que fuese puramente bueno o perentoriamente malo. Nunca pude tragar la píldora aquella del Ángel Caído o el Serafín Erguido (sin genitales). Siempre juzgué que lo absoluto cabía únicamente en los libros de teología o en esas líneas en blanco que la idiotez rigurosa intercala, de vez en cuando, en la mirada de algunas criaturas. 

Ahora me parece insano, delirante —fastidioso, asimismo—, imaginar un ser autoritariamente bueno, imponderable e irremediablemente bueno, sin resquicio alguno de vileza. Intuyo que la bondad exagerada e irreflexiva no es atributo, sino apocamiento. De otro lado, pienso que la malignidad inconcreta y genérica es ponzoña, veneno esencial: jamás carácter. El perfecto Satanás no vive, pues, salvo en los turbios laberintos interiores de ciertas humanidades tóxicas. 

No florece (por sobrado, por monótono) el bien absoluto, como tampoco (por vacía, por inaplicable) la perversidad expresada in abstracto. Se es bondadoso o maligno en determinada circunstancia, concretamente, ante algo o ante alguien. Sería ficticio concebir la bondad y la maldad emancipadas, etéreas, flotantes; tanto como suponer que lo dulce o lo amargo ocurren fuera del paladar que los distingue.

«El aquelarre», Francisco de Goya (1798).

Cuando clavamos la afilada punta del adjetivo —satánico, satanizante—, sencillamente levantamos la espada vengadora de San Miguel contra aquel sujeto o asunto que nos inflama, en oposición al trance o al ser que oscuramente nos aterra o nos seduce. Satanizar es conjurar, exorcizar a favor propio; poco menos que imputar a Luzbel malignidades por él nunca cometidas, atrocidades por él en ningún tiempo perpetradas. (Es piadoso recordar que el Querubín Abatido jamás anduvo en las hogueras de la Inquisición o en Auschwitz, ni inventó Isla de Pinos o La 40.)

El Ángel Caído anida en las entretelas del propio hombre. Nuestra santurronería, nuestra hipocresía —formas laxas de iniquidad primordial—, engendraron un jolgorio de maniqueísmos incesantes: luz y tinieblas, Eros y Tánatos, Empíreo e Infierno. En el desamparo obcecado de esa criatura mitad héroe, mitad fiera; mitad relámpago, mitad tinieblas; en la ilesa trivialidad de su existir, circunscritamente allí, germinó la magia, el hechizo perpetuo de la expiación.

Hubo un poeta, Milton, que imaginó a Satanás con la fascinación del rebelde indómito, con la belleza maldita de un héroe sombrío, obstinado e hiriente. Otros, en algún instante, figuraron que el Príncipe de las Tinieblas perseguía la regresión o el estancamiento en lo inferior, en lo fragmentado, en lo discontinuo. Alguien lo llamó Lucifer, que en latín significa «Portador de Luz». Se le atribuyó forma de serpiente, de lobo, de sapo, de escorpión. 

Hube de madurar, es cierto, para discernir cuán ajena me resultaba la figura satánica de piernas negras y escamas verdes, de alas azules y membranosas, con cabeza roja como las salamandras. Porque había descubierto, al fin, que Lucifer no podía ser un abstracto catálogo de imperfecciones, sino la imagen propia, la sensación del vértigo en el socavón de la íntima conciencia: la baba repugnante de nuestro fariseísmo más recóndito. Simplemente porque ya conocía, sin asomo de duda, que cada cual creaba su propio Satanás y que cada individuo proyectaba el Demonio a imagen y semejanza de sus ruindades viscerales. Sartre dijo: «el Infierno son los otros». Pienso que se equivocó en las entrañas: el Infierno es cada quien: el Fuego Eterno y los tridentes están en uno mismo.

De mi parte, las cosas poco han cambiado. Todavía echo de menos el Satanás de la niñez primordial: rojo entero, de cara larga y afilada, de cuernos pequeños y peinado puntiagudo, de barba quijotesca y rabo largo rematado en arpón. No necesito un nuevo Diablo, que tal vez me salga hipocondríaco, malhumorado o terco. 

A veces imagino que el lejano Satán de mi infancia era capaz de traer, oculto en el bolsillo sulfuroso, algún chocolatín para aquietamiento de párvulos aterrados.  

Pedro Delgado Malagón, ensayista y columnista de múltiples revistas y diarios dominicanos; catedrático universitario y autor de Turismo dominicano: 30 años a velocidad de crucero (2018).

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