Pensar, desde la isla y más allá.

La historia de la idea de que el poeta no tiene voz propia, sino que apela a la voz de la tradición poética, se remonta a la Poética de Horacio, quien sostenía que el arte es la “imitación de otros artistas”, con lo que puso en tela de juicio el concepto de influencia, que engendró, a su vez, la duda sobre la originalidad. Antes del poeta latino, la idea que predominó fue la de Aristóteles con su Poética, quien postuló la idea del arte como “imitación de la naturaleza” (o mímesis).

En José Mármol (1960), el ser biográfico está escindido en una isla dividida, geográficamente, como se puede interpretar el título de su más reciente poemario, Yo, la isla dividida (2019), publicado por el emblemático sello editorial español Visor, con quien ya ha publicado tres poemarios.

Para T.S. Eliot, el poeta, al escribir, se despersonaliza. Es decir, pierde la identidad de su yo biográfico para que sobreviva su yo poético. Quien dice yo en el poema, no es el autor, sino un yo de segundo grado, que conforma una prolongación del ser poético. Para Fernando Pessoa, el poeta es un fingidor, con lo que quiso significar que el poeta finge que es dolor el dolor que de verdad siente. No vive en las nubes, como creía Platón, cuya idea fue una excusa para proponer la expulsión de los poetas de la República griega, pues viven más bien en el mundo de la ensoñación y la vigilia inconsciente.   

Este libro se debe leer como un diario poético de la infancia y la memoria; es, a la vez, un soliloquio con el pasado y el presente, y donde son visibles, en su travesía celebrante, pueblos del país o ciudades como Berlín, New York, New Jersey, Paris, Madrid, Roma, Bilbao, Lyon, Salamanca, Londres, California, entre otras. Es decir, muchos de estos poemas tienen como telón de fondo una cartografía sentimental, que le sirvió de impulso creador. Otros textos tienen motivos heterogéneos, incluyendo, su primer nieto, y una serie de acontecimientos familiares, personales y circunstanciales que funcionan como leit motiv.

El mundo lírico que le sirve de acicate creador, proviene de los efluvios del recuerdo y la nostalgia, el dolor y el placer, con sus desgarraduras y desafíos existenciales que conllevan. Su voz poética se salvó del imperio de los conceptos y sobrevivió al gobierno de la imaginación y la intuición. Poesía de la lucidez y la transparencia, la suya, que escapó a las trampas del barroquismo chato y hueco; poesía de la sabiduría de las cosas más elementales de la vida cotidiana; en fin, poesía de la inocencia y de la experiencia –para evocar a William Blake, al iluminado poeta y pintor romántico inglés. Y he aquí que la “poesía de la experiencia” ha triunfado sobre la “poética del pensamiento”, donde se imbrican, en un nupcial equilibrio, como un puente colgante, entre la idea y la fantasía.

También la de Mármol se puede interpretar como una “poesía del instante”, de la circunstancia de lo visible: memorias del presente y recuerdos de lo instantáneo. Este poemario se nutre, pues, de la experiencia visual y de la experiencia personal. Autobiografía y biografía del paisaje. Lo visual y lo inmanente, lo intrínseco y lo extrínseco: oscilación entre el afuera y el adentro del ser. Así, esta dialéctica funciona como estrategia de escritura y poética verbal, que se alimenta de monólogos interiores y descripciones sensibles, invocaciones y remembranzas: radiografía de viajes, ciudades y evocaciones.

Esta poesía se nutre de experiencias de viaje, y de la recreación turística, que es, en la modernidad, una religión sin dios, y cuya travesía se convierte en materia prima del poema. De este modo, el pasado se transforma en una búsqueda de la nostalgia, que irriga su mente creadora y abona su sensibilidad. Confluyen en su universo poético, a un tiempo, la infancia feliz y la orfandad, y el mar como espejo del recuerdo y como imagen obsesiva de la inmensidad y el infinito, y el río como metáfora de la temporalidad y del devenir. Hay además una nostalgia por volver a vivir la infancia como promesa de felicidad, ante el imperio de la decadencia del cuerpo, disipado por el tiempo biológico. 

Este texto se inserta en la aparición de la madurez del poeta, con sus experiencias y nostalgias de la infancia perdida, pero recobrada por el poder imantador de la poesía, cuyos perfiles psicológicos acentúa la memoria, en su batalla contra el olvido.

Como decía al principio, su voz es la voz de una tradición poética determinada, pero también la voz del yo poético, que, en algunas ocasiones, se percibe como una metapoesía o metapoema de la escritura y de la práctica del poema. Es decir, una puesta en abismo del oficio y la esencia del poema, en tanto hecho del lenguaje, o una teoría creadora del poema mismo, como se aprecia en su poema La voz, el poema –y que se lee como una poética o ars poética:

Tiene caso la poesía si su voz no es comunión.

Es una pregunta de la mente al cuerpo.

O cuando dice:

Sin la voz de tu voz el poema es un escarnio.

Y sigue diciendo:

Florece la poesía como voz de comunión…

Si no es alimento de un tú al yo ultrajado

Qué valor acaso tendría la poesía.

La voz hace que brote del yo su tú mejor.

La voz es la morada de Eros lastimado.

Y concluye:

Más allá del bosque de lo vulgar del ruido

La voz del poema aletea y amanece,

Allí, donde el abrazo resurge

Como el último cuerpo por salvar.

De modo pues, que el poeta y su voz reflexionan sobre el poema mismo, y este se transfigura en personaje, en objeto y símbolo de la escritura, o sea, en acontecimiento del lenguaje, en hecho de lo circunstancial. O, como diría Aristóteles: en un animal. 

Retrato de la nostalgia y autorretrato del espíritu, en este texto la amada también actúa no como cuerpo sino como personificación del deseo, del amor encarnado en erotismo, del otro femenino como alteridad.

Equilibrio entre la poesía del pensamiento y la poesía de la experiencia, este poemario del yo (llamémoslo así) además se alimenta de la experiencia pictórica. De ahí que aparezcan cuadros de Monet, Beckman, Hooper, Rubens…, que se transfiguran en presencias sensibles y vivas del campo visual, impulsadas por visitas a museos y galerías de arte—y que en Mármol delatan su vocación frustrada de pintor. Reflexiones de la cotidianidad, definiciones, descripciones y enumeraciones anafóricas, esta obra poética está articulada, en función del pulso de orfebre de un poeta, y bajo la vigilancia de un filósofo de episteme crítica.

Entre la poesía de la inocencia fantástica y la poesía de la experiencia verbal, del amor y el erotismo, se produce un discurso poético entre el mundo rural y el mundo urbano, donde se superponen, en un contrapunto mágico, en un péndulo de amor y desamor, atracción y repulsión, memoria y olvido, los avatares existenciales que atormentan a la vez al poeta y al hombre común, al viajero y al sedentario. Homenajes y profanaciones, elogios a cantantes, celebraciones a amigos, laudes a pintores y músicos, en Yo, la isla dividida, Mármol le canta al poema mismo y al lenguaje de las cosas. En este libro actúan, como intertextos, aforismos de filósofos y versos de poetas, en claves de epígrafes, baladas y homenajes, donde las ideas y las imágenes dialogan, como en un concierto del pensamiento y la poesía.

En la poesía del autor de La invención del día (1989) siempre acecha la nostalgia del pintor de vocación suspendida, y de ahí las pinceladas de la luz y el paisaje, en que se mueven sus imágenes poéticas (como lo ha confesado en varias entrevistas). En el universo simbólico de este libro no dejan de oírse los ecos de la enfermedad, la muerte de su madre, el amor: de padre a hijo, de abuelo a nieto, de esposo a esposa; se escapa la experiencia climatológica del frío europeo y el calor tropical, del reverberante sol caribeño y la bucólica luna de su pueblo de infancia: La Vega.

Mármol se convierte aquí –y a mi juicio, y desde su libro Criaturas del aire (1999) –, en un poeta de las cosas elementales, que le inyecta dignidad poética a objetos, hechos y cosas más sencillas, dándoles dignidad estética y valor sensible –a la manera de su dios poético tutelar de juventud, Pablo Neruda.

Puebla un mundo de seres que asisten a la renunciación ascética de las cosas del mundo, desde un estado erguido de contemplación. Es decir, del amor y sus prohibiciones, del erotismo y sus interdicciones, del cuerpo y sus excesos. Para su ser poético, el mundo y la sociedad son un paisaje simbólico de la economía del goce. Es una especie de poeta ascético no en la tradición mística, como en San Juan de la Cruz, Fray Luis de León o Santa Teresa, sino en la tradición de la poesía como experiencia pura del lenguaje, de los poetas de la llamada “poesía pura”, como Jorge Guillén, Paul Valery, Giuseppe Ungaretti o Juan Ramón Jiménez. O acaso en la tradición de la poesía ascética, esa que se caracteriza por la economía de la exuberancia y la depuración de los excesos de la imaginación y la sensibilidad. De ahí que, a mi modo de ver, la poesía de Mármol orilla la experiencia de la poesía pura, pues se opone a la elocuencia romántica y busca la esencialidad del verso: persigue iluminar, desde la introspección intuitiva e imaginaria, la soledad y el sufrimiento, el dolor y el placer.  

Para nuestro poeta, amigo y correligionario de la poesía, la vida no es un juego de los sentidos, sino una batalla al filo de la muerte y la vida, el dolor y el goce. Más bien, un juego del desgarramiento y la nostalgia del ser, que pierde la gracia de su yo, en su lucha cuerpo a cuerpo contra el azar y el delirio, la dicha y la desdicha. Posiblemente, este sea, a mi manera de ver, uno de los libros más personales de José Mármol, uno de los textos que contiene más poemas autobiográficos, donde la poesía no solo es experiencia del lenguaje, sino un instrumento para combatir la soledad y el desconsuelo, una experiencia de comunión para conjurar y disipar el tedio vitae y la abulia. La sensualidad de su lenguaje postula un equilibrio, en efecto, entre el pensamiento y la existencia. De suerte que su ontología poética deviene expresión de una experiencia espiritual del poema, donde su pulso sintáctico y estilístico nunca abandonan su vocación sensible y su lirismo sin exceso. En este poemario, podría decir, que Mármol se convierte en un pintor de los paisajes del alma para hacer visible la pintura de su conciencia mental. También se vuelve un músico del silencio. Y de ahí que en el mundo que recrea este libro, la música y la pintura, adquieren la representación del color y del sonido, del silencio y la luz.   

Su trayectoria poética, a mi juicio, ha experimentado una metamorfosis, en los últimos veinte años, que se expresa en un distanciamiento técnico, en la concepción del poema, para asumir un itinerario fundado en una poética de la mirada como testimonio sensorial. Su giro estratégico está asociado menos a una poética del autor que del lector, en una suerte de poesía de la exterioridad, antes que de la interioridad; más bien: de la percepción del entorno, lo cual es un reflejo de la transformación de su creación autocrítica y de su autoconciencia como poeta. Con esa experiencia contemplativa de lo mirado ha construido un laboratorio de escritura: cincela y teje sus versos con una carpintería que se nutre de lo visto y lo entrevisto.

Experiencia técnica del verso y mirada de las cosas conforman, pues, los polos con los que retroalimenta su proyecto poético. Por consiguiente, sus imágenes líricas poseen la potencia de lo visual: alcanzan así un difícil equilibrio entre la claridad y la profundidad, la transparencia y la sombra. Ese viaje a la cotidianidad de las cosas también es un viaje a la sabiduría, a la concretización de un ideal poético, que se convierte en crítica a una retórica conceptual del poema. Por ende, Mármol ha alcanzado su madurez como poeta, al despojarse de cierta retórica postbarroca con que inició su travesía poética, y que se remonta a El ojo del arúspice, de 1984, con una poética deudora del Cesar Vallejo de Trilce –como he dijo en otras ocasiones.

De modo pues, que nuestro poeta ha configurado una nueva poética, en la que la naturaleza real de la exterioridad adquiere protagonismo como experiencia perceptiva, y donde lo contemplado se transforma en el “torrente sanguíneo”, que permea su mundo poético. A mi modo de ver, su poética se ha ido descentrando y decantando, y transfiriendo el protagonismo que ejercía el gobierno del pensamiento sobre su ser autoral para insertarlo en el reino de la transparencia de lo imaginario. 

Visiones de la memoria y experiencia sensible, Mármol ha experimentado un metabolismo en su pensamiento poético, y transformado su estrategia, en la gestación y escritura de su obra en verso. De la inocencia como materia poética hasta la experiencia de madurez verbal como mecanismo de ficción, capta el discurso de las cosas y bebe de la memoria visual del presente. Si estos últimos libros son un diario de su imaginación poética, cada poema representa una experiencia de viaje, de ida o retorno, o de un viaje inmóvil desde la memoria infantil hasta la madurez. 

La experiencia poética se transforma en espejo para auscultar el mundo y la luz de las cosas; en su diurnidad y misterio, esta poesía dibuja la naturaleza en su instantaneidad vertiginosa.  Hay pues, en su obra lírica, dos mundos paralelos que se reflejan y refractan: el Caribe tropical y la Europa milenaria. Presencia y memoria, paisaje y melancolía se consustancializan, en un decorado simbólico del lenguaje poético, donde su yo lírico pugna entre la casa y el mundo, es decir, entre la errancia del viaje y el reposo de la imaginación: el hogar materno y el hogar sin límites. Pero, ante los avatares angustiosos del ser poético, habitan los mundos simbólicos de lo imaginado y lo vivido. Entre estas oscilaciones vitales, la poesía como escritura, actúa como catarsis del espíritu, que libera su mundo interior, donde la isla como hábitat, despierta su conciencia ontológica escindida y dividida, entre el deseo y la realidad, la vigilia y las “ensoñaciones del reposo” –como diría Bachelard.

Otro aspecto que destaco en Mármol es su magia verbal y su dominio técnico del verso, que se expresan en su versatilidad sintáctica y variedad estilística. De modo que forma y sustancia poética se yuxtaponen en la página, en un juego de los versos, y en sus estructuras rítmicas.  

Para André Gide, el primer verso viene de Dios; para Baudelaire, de Satanás.; para Rubén Darío, proviene de la inteligencia; para Lugones, la poesía viene de la poesía –juicio que corroboraba Borges; en tanto para André Breton, procede de un “automatismo psíquico” y para Octavio Paz, viene de la memoria, que para el mexicano equivale a la inspiración en los antiguos. En Mármol, ese impulso creador, casi siempre nace o brota de una visión o una mirada del paisaje real, no mental. Desde la psicología del arte, el origen de la obra de arte encierra un misterio que ha ocupado a antiguos y modernos, y que llevó a los primeros a buscar una explicación en las musas, en la inspiración divina. Desde esa experiencia de soledad y del silencio en que escribe y gesta sus poemas, en él siempre sobresale y permanece la vida y su desarraigo, los sentidos y sus reverberaciones, la mente y sus cavilaciones ontológicas y vertiginosas.

En ese sentido, oigamos a Plinio Chahín, compañero de viaje generacional de Mármol:

“En este libro Yo, la isla dividida, donde el poeta emprende conscientemente la tarea de buscarse y atestiguar con el lenguaje que todos compartimos, hecho de las formas con que hablamos, escribimos y conversamos: monólogos, confesiones, declaraciones amorosas, insinuaciones, quejas de dolor, indagaciones en la propia historia, reflexiones, prosas y parlamentos, en su manera de andar por el lenguaje parece suponer que hay un suelo común que todos pisamos, aunque no nos demos cuenta”.

En síntesis, en este poemario, Mármol ha escrito una poesía confesional y testimonial, poblada de las simbologías de su memoria erótica y autobiográfica, y donde no faltan el dolor y el placer, en sus múltiples vertientes inherentes y consustanciales a la vida humana. Poesía no de la acción sino de la contemplación desgarrante, en su esencia ontológica, y de ahí que su ser poético busca recuperar una memoria espiritual, perdida en los meandros existenciales como ente humano y ente social, es decir, entre su insularidad y su soledad ontológica.

Basilio Belliard es poeta, narrador y critico dominicano.

Herminio Alberti León, fotógrafo artístico merecedor de reconocimientos nacionales e internacionales.

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