Pensar, desde la isla y más allá.

La ciudad es un texto que no termina, palimpsesto en la arena del tiempo, laberinto de significantes. 

La ciudad es un texto que no dejamos de leer. Escrito en sus muros, en sus calles, edificios, patios y parques lo que fuimos y somos: hechos y sueños, miedos, deseos, momentos heroicos, iniquidades.

Al decir de Barthes la ciudad es un lenguaje que habla a sus habitantes, especie de lector que según sus desplazamientos aísla fragmentos del enunciado para actualizarlos secretamente, y que habla a la ciudad con tan solo habitarla, recorrerla, mirarla.  

“La mirada recorre las calles como páginas escritas —anota Ítalo Calvino al referirse a una de sus ciudades invisibles—: La ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes”.

La ciudad es un texto múltiple. El punto, como el Aleph de Borges, donde  convergen todos los mundos, todos los actos, todos los tiempos. Entramado histórico, espacio de producción y de intercambio comercial, centro político y de ejercicio del poder a la vez que lugar de encuentro con el otro, ámbito de las emociones y los sentimientos. En la que fue Plaza Mayor, trazada por el conquistador en sueño renacentista, la élite social decimonónica exhibe sus fastos, el presidente títere del dictador despacha con los áulicos sentado en mecedora bajo la anacahuita, los combatientes constitucionalistas levantan las trincheras contra el invasor extranjero y los bohemios asiduos del Palacio de la Esquizofrenia miran sin entender el mundo que les ha derrotado. En la Torre del Homenaje o Fortaleza Ozama, en cuyas mazmorras no pocos héroes pagaron con su libertad y hasta con su vida la lucha por la libertad de la patria, Francisco Alberto Caamaño protagoniza uno de los momentos emblemáticos del siglo XX dominicano —“Porque me dio el pueblo el poder, al pueblo vengo a devolver lo que le pertenece”— y el cantante urbano pone a bailar a la multitud de jóvenes delirantes de música y de la lluvia multicolor de luces láser. En el barrio partido en dos por el elevado de la falsa modernidad, donde el negro esclavo llamaba con el tambor ancestral a sus dioses, un hombre y una mujer se aman sobre la cama desvencijada como se han amado todos los hombres y las mujeres desde el principio de los siglos.

Nelson González, técnica mixta sobre papel, 2019.

Vivencia colectiva, experiencia individual, interior: hay tantas ciudades como seres que la habitan. Cada quien vive la suya, la imagina y escribe, la guarda en la mirada. La ciudad vive en nosotros, forja nuestra forma de ver el mundo, condiciona nuestra sensibilidad. Kavafis lo expresó bellamente: “No hallarás otra tierra ni otro mar./ La ciudad irá en ti siempre”.

Los escritores, en particular los poetas, no sólo han hecho de la ciudad tema y motivo, no solo han transfigurado con sus visiones e imágenes la ciudad real, sino que también la han dotado del espíritu que la anima e identifica. Desde Homero y La Ilíada, canto a la destrucción de Troya; desde Shakespeare-Venecia, Baudelaire-Paris, Pessoa-Lisboa, Kafka-Praga, Whitman-Manhattan, Lorca-Nueva York, García Márquez-Macondo, Carpentier-La Habana, Vargas Llosa-Lima, Pamuk-Estambul, la ciudad mítica, fascinante, marginal, lírica, alucinante, autoritaria, íntima.

La imagen de la ciudad, Santo Domingo, entra temprano a la poesía dominicana. Bajo el signo patriótico y la visión nostálgica del pasado, de manos de José Joaquín Pérez y Salomé Ureña de Henríquez. En “La vuelta al hogar”, el poeta romántico y exiliado político es el sujeto poético que regresa jubiloso a la patria, al hogar idealizado de la infancia, y ante la visión del “dulce Ozama” reafirma su identidad: “¡todo cuanto su ser le diera!”. En “Ruinas”, la poeta y educadora hostosiana recupera la ciudad ilustre del pasado para oponerla a la especificidad histórica de barbarie y de ignorancia que la rodea, y profetiza el triunfo del progreso y la civilización. 

Durante un buen tiempo el signo patriótico, la visión nostálgica del pasado y la antinomia ciudad real-ciudad utópica habría de caracterizar una buena parte de nuestra poesía de la ciudad. En “Pax”, Víctor Garrido entra en las Ruinas de San Francisco y siente “el peso de las bóvedas calladas”, en “Never more” Enrique Henríquez narra, con atmósfera irreal, su encuentro con las sombras cuando, en busca de “pretéritos mesones”, ve “plazas desiertas,/ luces emustiecidas,/ graníticos balcones,/ ventanas ojivales/ y monásticas puertas/ que, vistas a través de sus cristales,/ fingen estar de par en par abiertas”. 

La ciudad engañosa, atemorizante, separada de sí misma de Enrique Henríquez poco tiene que ver con la imagen patriótica y optimista de José Joaquín Pérez y Salomé. Más cerca está, en su compleja sensibilidad moderna, de la visión apocalíptica de Gastón Fernando Deligne en “Incendio”, poema en el que el fuego desatado mientras la ciudad está dormida es símbolo y metáfora del mal subyacente en la ciudad. 

Todo, hasta el aire, es marasmo,

Todo, hasta la luz es sueño;

Todo, hasta el duelo, es quimera:

¡solo el mal está despierto!

Paradójicamente, el referente del primer momento decididamente moderno en la poética de la ciudad, encarnado por el vanguardista Vigil Díaz, no es la urbe desarrollada o en vías de industrialización, como en otros países, sino el barrio, uno de los principales personajes literarios de nuestra literatura.  San Carlos y sus árboles, “cinco aortas llenas de sangre”, desatan en el poeta las más alucinantes imágenes y sensaciones:

Árboles de la villa blanca de San Carlos;

en la armonía pitagórica de la alta noche,

he sentido los festines de Nínive y Babilonia;

he visto los estercoleros de Job y los círculos candentes 

del Dante:

a Mercurio y Shylock pesando oro;

a Moloch y Nemrod bebiendo sangre;

a Ariel y el Marqués de Lafayette estribando 

el Pegaso alado

Décadas después, San Carlos reaparecería con nostálgico lirismo en Lupo Hernández Rueda, uno de los poetas dominicanos que más ha trabajado el tema de la ciudad.

La veta más amplia y fructífera de la poesía dominicana sobre la ciudad ha sido la denuncia de la miseria, injustas diferencias y deshumanización en el espacio urbano, sobre todo tras el fin de la dictadura trujillista. (En el ensayo “La ciudad en la poesía dominicana” me refiero e intento explicar la escasa presencia de la ciudad durante los años de la dictadura). En la vertiente social, uno de los textos emblemáticos es el “Poema del llanto triguero” de Pedro Mir, de claras resonancias lorquianas, considerado por Marcio Veloz Maggiolo uno de los más entrañables y logrados de su poesía: “En la calle el Conde asomada a las vidrieras/ aquí las piyamas blancas, / allá las piyamas negras/ ¡y donde quiera exprimida como una fruta mi tierra!”. En el registro que podríamos llamar existencial, el cual encontramos mayoritariamente en las representaciones poéticas de alto nivel formal de los sorprendidos, encontramos “Ciudad de los escribas” de Antonio Fernández Spencer, puesta en página del drama interior del hombre urbano que vive la ciudad como espacio de enajenación y muerte.

Ciudad del dolor,

¿dónde te pervierten

con los placeres rápidos como los caballos

que van hacia la muerte?

                (…)

Ninguno de tus hijos ya consume su cuerpo

en el amor maltrecho.

Nadie lucha por el hermano,

Y el padre ha olvidado la lengua amorosa

de sus hijos.

La percepción lacerante de la ciudad aparece también en los sorprendidos Freddy Gatón Arce y Manuel Rueda, sobre todo en Rueda, poeta de la provincia a la vez que de la ciudad, quien expresa con imágenes de intensa materialidad el anonimato y la violencia citadinos.

Santo Domingo es esto: un millón de habitantes

que te miran

un millón de habitantes que se esfuerzan                    

bajo el sol.

Que hacen ruido y te miran

te gritan

te persiguen

te esquivan a sabiendas

te violan

te agarran la solapa

te sacuden los hombros

te interrogan

te besan

te preguntan

te comprimen

La negación y la crítica de la ciudad alcanzan la más alta temperatura en Luis Alfredo Torres. La ciudad cerrada (1974) contiene la más singular y notable poesía “maldita” de la ciudad, registro poco común en nuestra literatura. Para el poeta la ciudad es una experiencia destructiva, realidad hostil con la que, sin embargo, se identifica y en la que se sumerge delirante de pasión y rechazo enamorado. 

Recógeme en tu arcilla,

ciudad perdida,

ciudad infame,

ciudad de los malvados;

vengo de lejos, errante,

cansado como tú, hostigado  como tú, 

 y lleno de hechizo que te envuelve.

La década del 60, con el despertar político y los extraordinarios cambios sociales, marca la gran eclosión de la ciudad en la poesía dominicana, mientras la Guerra del 65, el acontecimiento de mayor calado tras el ajusticiamiento del dictador se convierte en la gesta más poetizada de nuestra literatura. La ciudad en pie de guerra, heroica y libertaria, sitiada por el invasor y defendida por hombres y mujeres del  pueblo, a los cuales se sumaron intelectuales, artistas y escritores, es la de Miguel Alfonseca en “El mar de abril”, la del “Canto sin tregua” de Jacques Viau, poeta abatido por un mortero de las tropas de ocupación, la de Luis Alfredo Torres en “Canción del pueblo”, Rafael Valera Benítez en “Cantata número cinco”, Abelardo Vicioso en “Canto a Santo Domingo vertical” y, desde otra orilla la de Héctor Incháustegui Cabral en Diario de la guerra-Los dioses ametrallados, (1967).

Nelson González, técnica mixta sobre papel, 2019.

Anverso de la ciudad heroica es la ciudad derrotada, la ciudad de la resaca de la guerra, del viento frío de René del Risco Bermúdez: desencantada, indiferente, donde el amor, o mejor: los juegos del amor, no logran vencer la soledad y el sentimiento de frustración, la inminencia de la muerte, ya no física sino de la sensibilidad y el espíritu, en la cotidianidad vacía de sentido.

Esta ciudad hermosa

Donde tienes tu casa,

Tus trajes,

Tus cuadros,

Tus jarrones con flores,

En la que tomas el taxi

Y vas a tu trabajo resueltamente 

Con el rostro más bello que mañana…

      (…)

Esta ciudad 

no te olvidará ni un solo instante,

como todos, estás para esta muerte…!

Desde del Risco el malestar y el sentimiento de absurdo es uno de los centros de gravedad de la ciudad imaginaria. En La ciudad en nosotros (1972), de Añez Bergés, el poeta se pasea frente a los escaparates, ve las luces de neón, las discotecas, prostíbulos, salas de concierto, sabe que cada quien “debe proveerse/ para el viaje señalado” y concluye “que esta ciudad es perdidamente/ nuestra muerte y nuestra vida”; Ramón Francisco recorre la mirada por los techos  que forman la ciudad, “colocados por el hombre/ para no ver el cielo” y Jeannette Miller transita calles y lugares, en un registro topográfico que reencontremos en la poesía de Martha Rivera y Enriquillo Sánchez, no solo para rechazar la ciudad como espacio desequilibrante en “este país de comemierdas”, sino también para reafirmar su condición de mujer y poeta. 

La ideologización y la traslación realista propia de la literatura de los 70, que ejemplifica Juan Sánchez Lamouth en su “Romance al río Ozama”, cede el paso en las décadas siguientes a una representación, más rica en imágenes y compleja en sus contradicciones, de la ciudad como surtidor de sensaciones y espacio existencial.  Los poetas dominicanos de las últimas décadas han establecido una relación íntima con la ciudad, convirtiéndola, además de tema y motivo, en estado de ánimo, vivencia determinante en su visión del mundo. Punto de convergencia de tiempos y sensaciones en Juan Carlos Mieses, José Enrique García y Mateo Morrison; vivencia onírica en Tony Raful; realidad multiforme vista desde el automóvil en Ángela Hernández: “Túnel suave/ como camino de una existencia” que incita al encuentro con el otro y a la reflexión; “Ciudad pensada” en César Zapata, atormentada y perturbadora en José Mármol, transgresora en Plinio Chahín, interiorizada a partir de la “Mirada instantánea de un instante eterno” en Basilio Belliard. 

Con una visión desacralizadora de la poesía en relación con sus antecesores, Homero Pumarol y Frank Báez traen a la poética de la ciudad un modo desenfadado, no por eso menos crítico sino acaso más radical en su estrategia de poner al descubierto el descalabro social. “El fin del mundo llegó a mi barrio/ sin que a nadie le importara” dice Frank Báez con resonancia de El viento frío en la idea del fin de un tiempo y la aparición de una nueva sensibilidad. Esta poesía, que podríamos llamar anti-lírica, contrasta con la del más reciente poeta de la ciudad, Alejandro González Luna, en la que el yo lírico, en viaje hacia sí mismo, evoca, mira, vive la ciudad en busca de vencer el desarraigo. 

Santo Domingo es un texto que no termina. Ciudad real acosada por la delincuencia, las drogas, el ruido, el tráfico infernal, el hacinamiento, la pobreza y la exclusión. Ciudad imaginada, transfigurada en las visiones y las imágenes de sus poetas. A diferencia de otras ciudades pocas veces mitificada, pocas veces exaltada en sus dones, pero construida en la página a golpe de dolor y pasión, es decir, a golpe de puro amor.

Nota: Algunas de las ideas desarrolladas en los primeros párrafos de este texto fueron tomadas del ensayo “Literatura y ciudad” de Luis García Jambrina.

Soledad Álvarez (1950), poeta y ensayista dominicana autora de Autobiografía en el agua (2015).

Nelson González, pintor, es el autor de las pinturas que ilustran este texto.


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