Pensar, desde la isla y más allá.

A Soledad Álvarez, lunática sin par. 

Una. 20 de julio de 1969, Mar de la Tranquilidad, 0°40’27»N 23°28’23»Esuperficie lunar.

Yo era un mocoso cuando la epopeya del alunizaje del Apolo 11 acontecía en la primanoche santiaguera de aquel verano de 1969. La pequeñísima pantalla del Motorola familiar era una suerte de túnel en blanco y negro al que sólo la imaginación era capaz de poner límite. ¿Sería el fin de nuestros días? ¿Temblaría la Tierra? ¿Arribarían acaso los extraterrestres en sus enigmáticos OVNIS? Estas eran las preguntas que, rosario en mano, se hacía en voz alta mi tía Maura mientras recitaba avemarías interminables y a la vez silenciaba el alboroto de mis hermanos menores absortos ante el acontecimiento que los canales televisivos dominicanos de la época transmitían al igual que otros miles en el resto del mundo.

Transcurrían, sin dudas, tiempos decididamente paradigmáticos: era una época en la que muchos preadolescentes fuimos garciamarqueanamente “felices e indocumentados” mientras Nixon arribaba a la Casa Blanca ordenando bombardeos secretos contra Laos y Camboya; justo cuando Led Zeppelin nacía; el Concorde surcaba los cielos; Denton Cooley implantaba el primer corazón artificial; John y Yoko contraían nupcias, y cuando rabioso por la injerencia soviética en Praga, se prendía fuego Jan Palach. Y, por supuesto, cómo olvidar que en ese 1969 los Beatles daban su último y emblemático concierto público en el Apple Corps de Londres.

Dos. Good morning Mare Tranquillitatis.    

La misión Apolo 11 de la NASA fue concebida con el propósito de lograr que un Homo Sapiens contemporáneo caminara sobre la superficie lunar; así lo hicieron dos de tres astronautas a bordo de aquel sofisticado pájaro electromecánico tripartito: el cohete Saturno V, facilitador del lanzamiento terrestre, el cuartel general de mando Columbia, y el módulo Eagle protagonista del primer contacto humano físico con nuestro satélite mayor. Combustibles criogénicos, motores F-1 y J-2, órbitas de aparcamiento, trayectorias de Hohmann, lecturas Delta-v y un sinnúmero de inteligibles códigos de la ingeniería astrofísica narraron, en suma, nuestro arribo al pacífico y desolado valle volcánico del Mar tranquilo de la Luna que dio la bienvenida a aquellos colonizadores modernos.

Foto con pisadas en la luna.

Tres. Luna, la que ilumina. 

La Luna es el único satélite natural de nuestro planeta. Cuenta con una superficie cercana a la cuarta parte de la extensión terráquea y es sincrónicamente sincera por antonomasia gracias a que siempre muestra la misma cara hacia nosotros. Los astrónomos asumen que nació tras el impacto del Big Bang cuatro millones de años atrás originándose a partir de los residuos de dicho cataclismo en los albores de nuestro Sistema Solar. 

A pesar de su cercana relación con los afanes terrenales, desde tiempos inmemoriales la realidad es que, dependiendo de su órbita, siempre supimos que la distancia que la separa de nuestro planeta no es tan corta: casi 400 mil kilómetros tal como intuyó el griego Hiparco de Nicea en pleno siglo II a. C. Aún más, pocos conocen que a pesar de su blanca y luminosa apariencia que la hace el objeto más brillante del firmamento después del Sol, la Luna tiene una muy pobre reflexión de la luz incluso similar a la del carbón.  

Cuatro. Selene, hija de Hiperón.

En la mitología de la Antigüedad helénica Selê ‘ nê representaba la deidad lunar, aunque posteriormente fuese descrita también como Artemisa hija de Zeus; luego de su hermano Helios —el Sol— haber finalizado su peregrinaje por el firmamento, la hermosa y pálida Selene inicia el suyo tras la caída de la noche a bordo de un carruaje de plata dominado por límpidos corceles blancos guiados por la antorcha que portaba en su mano. El óleo barroco del francés Nicolás Poussin idealiza magistralmente la figura de Selene y Endimión, su mortal amante, ambos representados entre la diosa Noche que lleva consigo la oscuridad, y el monumental Apolo que trae la luz del Sol y un nuevo día. 

Más allá de los mitos, la luna ícono traspasó también los límites del lenguaje y la periodicidad del calendario (lumen-luminosa, lunático, mens-mes, menstruación, lunae-lunes); el de las artes pictóricas y la literatura, e incluso el de las ciencias, las cuales la reconocen protagonista de las mareas, la duración del día, los ciclos agrícolas, la fertilidad, y para algunos hasta de las fluctuaciones de nuestro estado de ánimo. La heráldica, por su parte, hizo de las fases lunares un corpus de variadas simbologías religiosas, en particular con el islam a partir del creciente, símbolo que adoptaran los turcos siglos atrás. Lo popular, por último, desde siempre convivió íntimamente con nuestro satélite al atribuirle poderes sobre el reino animal, la conducta de los lobos, sobre la caída del pelo y todo tipo de esoterismos. 

Selene y Endimión, Nicolás Poussin (1630).
Selene y Endimión, Nicolás Poussin (1630).

Cinco. Cantos de la Giraluna.

Son muchas las canciones y partituras que encontraron en la Luna una fuente de metáforas para justificar historias de amor, despistes filosóficos, y otras tantas aventuras; entre ellas destaca una particular canción homónima del libro infantil El Giraluna ambos de la autoría de Luis Eduardo Aute. Se trata de un girasol que no se conforma con el resto de su grupo ya que su astucia y curiosidad le hacen sospechar que, tras el ocaso, se esconden cosas en la noche que él ansía conocer. En efecto, este girasol inquieto no descansa y descubre toda la belleza de la Luna y toda su luminosidad en medio de las tinieblas nocturnas. 

La aristotélica oposición de contrarios que aparece en todo el texto de la historia de este cuento infantil no es más que la sempiterna relación entre el bien y el mal, el todo y la nada, el sí y el no, pero, sobre todo, la narración de El Giraluna constituye una reafirmación de la importancia del criterio propio. De la necesidad de abandonar el pensamiento único sobre las cosas y ejercer el casi urgente mandato de mantener la curiosidad; y de tener fe, como ha dicho Aute:

Pero ya yo no pretendo/ frotalezas ni fortuna,/ sólo un sueño soñaría…/ Entre un mar de girasoles/

buscaría un Giraluna/ que velara y develara/ cada noche la otra cara/ de la Luna.

El Giraluna, Luis Eduardo Aute.
El Giraluna, Luis Eduardo Aute.

Seis. Remedios Varo.

Por centurias, el empleo de la Luna como tema y material visual ha estado presente en todas las corrientes pictóricas que conformaron esta expresión artística: desde las tímidas imágenes de los Manuscritos iluminados del barroco religioso, desde la avalancha renacentista encabezada por Giotto y Miguel Ángel, desde los tormentos decimonónicos protagonizados por las propuestas muncheanas y la de sus acólitos, hasta el expresionismo de Kandinsky y Chagall para descansar, aunque sólo temporalmente, en las manos del cubismo y el impresionismo maduros del temprano siglo XX. Sin embargo, a nuestro modo de ver, la imagen del satélite terrestre que nos ocupa merece un reconocimiento particular en la obra de Remedios Varo, una artista singular de limitada difusión y más cercana a nuestra contemporaneidad cronológica que los maestros mencionados anteriormente.

El óleo Papilla estelar (1958), completado años después del arribo de la pintora catalana al México que la acogió tras los acontecimientos de la guerra civil española, revela una escena ilustrativa de la influencia surrealista ejercida sobre la artista y a la vez desnuda la incuestionable madurez artesanal de su pincel. Una torre definida por muros, interiores, y una escalinata colocados sobre un fondo de nubes, otorgan al cuadro una atemporalidad casi tridimensional en la que se destaca por sobre todo lo mostrado en el mismo centro del plano visual: la figura de la autora, quien, trazando los bordes de una luna menguante que ilumina el entorno, domina la atención del observador a la vez que enfatiza los colores que completan el paisaje. 

En suma, la Luna, en este lienzo de Remedios Varo no es sólo pose estética y simbolismo femenino. Parecería que la preocupación de la artista en esta obra, y quizás en su propia vida, es el dotar a Selene de la máxima brillantez al tiempo que le regala estrellas; ecos del sentimiento esperanzador que le embargaba resultado de su accidentado exilio, y, suponemos, reflejo de la compleja propuesta pictórico-existencial de una creadora sin par.

El Giraluna, Luis Eduardo Aute.
Papilla estelar, Remedios Varo (1958).

SietePerito en lunas.

Perito en lunas es el primer poemario del valenciano Miguel Hernández publicado ya hace casi noventa años y en el que se evidencia, según algunos, la naturaleza surrealista neogongorina del entonces joven escritor. Los 42 textos contenidos en la obra están elaborados en estrofas (octavas reales) reveladoras de una sólida destreza imaginativa que con frecuencia oculta intencionalmente la faz de sus contenidos razón por la que la crítica las llamó “acertijos poéticos”. 

Ramon Sijé, prologuista y mentor de Miguel Hernández, habló de las tres fases definitorias del autor reflejadas en este trabajo: la del afincado en la tierra y el poema “terruñero”, la “literaria”, resonante de voces y reflejos del Góngora maestro, y la tercera, la del perito con “musculatura marina de grumete” que ha encontrado esa poesía secreta, escondida y minoritaria, a juicio del experto José Antonio Serrano Segura. Una poesía que a pesar de la juventud de Hernández (dejó de escribir a los 29 años y murió dos años después tuberculoso en las cárceles franquistas) ya mostraba su futuro carácter atemporal e infinito como esperanzadora expresión de la difícil época que le tocó vivir. 

Hay un verso en Perito en lunas dedicado íntegramente a la Luna y a todas sus fases: “Plenilunio”, en éste el poeta viaja del creciente al plenilunio (la luna llena) narrando la danza luz-penumbra, desnudo-ocultamiento, aprovechando el símbolo del satélite. Se trata, pues, de textos épicos que destacan la naturaleza superior de todo lo feo siempre a manos de la verdad y en los que el motivo de la luna no sólo reflejó la robusta vocación escritural de Miguel Hernández sino también una inseparable representación de la fecundidad y la exaltación de la vida arrojada en sus poemas.

El poeta de Orihuela se autodefinió lunicultor sin ni siquiera imaginar que sus versos llegarían a la Luna; esto último gracias al sorprendente anuncio de la Fundación que lleva su nombre de que, a propósito del centenario de su nacimiento, los poemas de Perito en lunas viajarían a la superficie selénica a bordo de una cápsula espacial de Celestis, empresa norteamericana especializada en “funerales siderales”.

Plenilunio, Ramón Fernández Palmeral.

Ocho. Agonía del mito.

Los sociólogos establecen que, aunque el estatuto epistemológico del mito generalmente parte de su equiparación con el hecho y conocimiento científicos, no menos cierto es que él representa además un evento “vivencial” en tanto que pretende satisfacer necesidades de toda índole entre los humanos. En El poder del mito el pensador norteamericano Joseph Campbell decía que en tal proceso el mito cumple múltiples funciones inherentes al existir y a nuestras preocupaciones; sean estas el sostén del ideario místico-religioso, el misterio cosmológico adjudicado al Universo ante nuestras incertezas astronómicas, y las de índole médico-corporal que reproducen deformaciones o interpretaciones de los procesos asociados a salud y enfermedad en las que el mito puede incluso asumir una función pseudo pedagógica o pseudo terapéutica.

La cara oculta de la Luna, la superficie que nunca podemos observar desde la Tierra inmortalizada por Pink Floyd en Dark side of the moon, se ha considerado oscura justamente por el hecho de no poderse ver y no porque la iluminación solar del satélite sufra variaciones en su ciclo rotacional ya que en realidad toda su superficie está iluminada durante el mismo número de horas. Lo que sí caracteriza aquella cara oculta es su accidentado terreno salpicado de cráteres contrario a la visible al ojo humano que no los posee gracias a la protección brindada por nuestro planeta contra los asteroides. El hecho de que esta cara no pueda verse nunca desde la perspectiva terráquea está causado por un fenómeno científicamente conocido como “rotación sincrónica” ya que nuestro satélite tarda tanto en girar sobre su propio eje como en completar una órbita de la Tierra. En suma: lo que no vemos, erróneamente lo asumimos oscuro, mito que ha motivado las lucubraciones vertidas en estos párrafos. 

Las creencias que sobre la Luna conformaron las antiguas civilizaciones son tan numerosas como las deidades que se les atribuyen; de estas últimas, la más particular es la de la diosa china Chang’e desterrada a vivir en el satélite por haber robado la píldora de la inmortalidad a su marido. Los astrónomos, por su parte, se preocuparon por conocer la cara oculta de la luna desde los inicios de la exploración cósmica. Los primeros en captarla en imágenes fueron los soviéticos en 1959 gracias a la sonda espacial automática Luna; mas, han sido los chinos quienes apenas unos meses atrás lograron la hazaña de posar la cápsula Chang’e-4 sobre la cuenca de Aitken, la zona de impacto lunar más antigua cercana al cráter Von Kármán. 

Se estima que esta región se formó tras el choque de un asteroide gigantesco hace miles de millones de años y por tal razón los científicos quieren estudiar las rocas expuestas en busca de pistas sobre el origen de nuestro Sistema solar. Estamos convencidos, sin embargo, de que a los brillantes ingenieros de la Administración Espacial Nacional de China poco les interesa el paradero de Chang’e. Porque desde hace tiempo, la ciencia, penosamente, insiste en destruir los mitos. 

Colofón. Gigantes y mortales. 

La primera pisada sobre la superficie lunar que aparece en la imagen que acompaña este texto es la del astronauta Neil Armstrong; cuentan los archivos del Apolo 11 que su frecuencia cardiaca alcanzó los 110 latidos por minuto durante el despegue de la misión, y unos 150 por minuto durante el alunizaje. Gigante, como fue catalogado Armstrong, quizás temió menos al dejar el mundano existir terráqueo para, contrariamente, excitarse más al alunizar en dimensiones desconocidas. 

Tras abandonar su carrera de astronauta, Armstrong vivió y murió tal cual un común mortal: cambió de trabajo al menos tres veces incluyendo varias participaciones en comerciales televisivos; mientras realizaba tareas agrícolas en su granja de Ohio perdió un dedo anular rastreando su anillo matrimonial que había perdido, aunque, paradójicamente, se divorciará de su esposa años después; e incluso, demandó legalmente a su barbero por robarle mechones de pelo con fines comerciales. Fallecido a los 82 años, las cenizas de Neil Armstrong descansan en el Atlántico. Según cuentan algunos, ante la pasiva mirada de la desterrada Chang’e. 

La superficie lunar vista por la nave espacial Chang’e, 2018.

Jochy Herrera, ensayista dominicano. Autor de Estrictamente corpóreo (Ediciones del Banco Central de la República Dominicana, 2018).     

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