Pensar, desde la isla y más allá.

El mar es un motivo de creación, igual que la ciudad. Y más aún, cuando la ciudad está frente a él. Sirve de acicate de creación a poetas y pintores. Para los románticos, el mar fue aflicción y naufragio, atracción y seducción. Los naufragios y las tempestades se aúnan a su inmensidad e inconmensurabilidad. El mar es tragedia y destino, destrucción y creación. Espejo épico y memoria sagrada, el mar es muerte y es vida. El mar tiene su poética y su narrativa, igual que la ciudad. Ambos representan la nostalgia y el desarraigo; el exilio y la memoria.

La tradición poética dominicana ha estado permeada por la ciudad, y el mar como condición insular. Desde los cuentos y los poemas de René del Risco o desde el libro La ciudad en nosotros, de Rafael Añez Bergés, la ciudad ha sido el espejo de seducción y la fuerza de gravedad del imaginario sensible de poetas y narradores dominicanos y universales- muy bien antologada y estudiada por Soledad Álvarez. De lo rural y costumbrista a lo urbano y citadino, la lírica y la narrativa criollas han constituido su fuerza de atracción.

No es sino hasta Alejandro González Luna (Santo Domingo, 1983) cuando alcanzan estatus de corporeidad, estrategia y constancia la ciudad y el mar. Desde La ventana donde me asomo (Premio Joven de Poesía Feria del Libro de Santo Domingo 2004), hasta Esta ciudad ha sido tomada por las piedras (Premio Joven de Poesía Feria del Libro de Santo Domingo 2008), la obra poética de Alejandro González ha alcanzado una órbita luminosa, con su consagración, al obtener el XVII Premio de Poesía Emilio Prados, Málaga-Valencia, en 2016, con su espléndido poemario Donde el mar termina (Apuntes para un poema de la isla).

La poética de este texto se lee como un camino hacia sí mismo, es decir, como una travesía sensible y visionaria de la memoria. Estructurado a partir de un plan -o estrategia- de escritura, de apuntes, borradores, estudios y notas, este libro representa un diario poético, donde se conjugan biografía y autobiografía, crónica e historia personal. Palimpsesto y croquis, esta obra es, a un tiempo, un autorretrato de su sensibilidad y su conciencia poéticas. Matizado por atardeceres evocados, desde el desarraigo y el autoexilio, este texto tiene una mecánica de escritura y una concepción poética que semeja un laberinto de la melancolía y el amor. Amor y soledad, ciudad y mar se transfiguran, pues, en ejes representacionales de la fantasía y la memoria.

En efecto, Alejandro González ha articulado una poética del mar y la ciudad, en la que se oyen voces y ecos de la nocturnidad y la diurnidad de la vida cotidiana. Como se puede apreciar, Donde el mar termina es una suerte de diario de lo impredecible y la sorpresa. Poesía de visiones y evocaciones. Memoria y celebración, nostalgia y desarraigo. Se podría decir, que es una obra en la que el diálogo y el monólogo se transforman en un soliloquio existencial de la conciencia creadora y de la mente en duermevela. El sujeto poético lo quiere decir todo y se angustia ante los límites de las palabras y del lenguaje

Este texto retrotrae la historia de los naufragios marítimos, cuyo sujeto poético es el protagonista del canto y la voz del viajero; es, a la vez, testamento y testimonio de la palabra poética y del lenguaje del mar.  Semeja un libro escrito frente al mar de la memoria, en una búsqueda del tiempo perdido y recobrado por la memoria poética. Es un monólogo imaginario con la amada, desde el mar como presencia y evocación. En efecto, el presente se transfigura en presencia y el pasado, en ausencia del cuerpo. Escritura y reescritura, Donde el mar termina es el testamento verbal de un poeta lacerado por la nostalgia. Es el documento poético de un ser lírico, acicateado por los avatares de la ciudad frente al mar. Ebriedad y tedio; bostezo y abulia. Poesía del exilio voluntario y del destierro simbólico. Este libro parece escrito desde una concepción panteísta y un solipsismo ontológico de un sujeto poético, cuyo yo lírico vuela y se desplaza en el tiempo y el espacio de la escritura. Hay pues una metafísica en su poética, que semeja un laberinto, entre el ser y el mar.

Algunos poemas de este libro tienen como eje central una anécdota o una crónica. Otros tienen un tono conversacional. Intimismo o exteriorismo, lo cierto es que este poemario está aireado por juegos de estilos y de sintaxis, que hacen del mismo una bitácora de viaje de libertad expresiva.

El mar actúa aquí como personaje en su poética. Un mar de lo temporal, vivo, huracanado, que ebulliciona como fuego, y cuyas olas encarnan la temporalidad del clima y las fronteras de la isla.

En la estrategia de escritura de este libro hay una poética implícita, más bien, una metapoética. La ciudad y la poesía se superponen, frente al sujeto de la escritura, en una memoria de los días, entre el silencio y la soledad. La isla deviene memoria y palabra: mar y poesía. Y sobre el silencio que media entre la ciudad y el mar, se sitúa la voz de la amada, del sujeto femenino omnisciente, que es el motivo de este soliloquio lírico. Historia de amor e historia del mar se matrimonian, en una ciudad, entre la sombra y la luz, la luna y el sol. Así, este libro no es más que un conjunto de apuntes sobre el arte de escribir poesía, y el oficio de la palabra poética. La poeta que se suicida (Alejandra Pizarnik, su tocaya) y el poeta que se marchó de su tierra (Rimbaud) aparecen como evocaciones imaginarias y simbólicas, en claves de homenajes. Poesía de la experiencia y de la nostalgia, este libro es a la vez un manifiesto citadino del mar, de un sujeto poético diaspórico. Representa la errancia de un ser poético que se busca a sí mismo, ante el mar del recuerdo: busca el mar que siempre lleva dentro de sí y que ejerce una fuerza de atracción psicológica y espiritual sobre su ser.

Su biografía es el mar. Su vida es la poesía. Su historia: la del ser que vivió una ciudad frente al mar y que la evoca, desde el desarraigo existencial y la tragedia espacial.

En Alejandro González la ciudad se vuelve mítica, cuyos recuerdos de calles, barrios, y mar, dejan cicatrices en su memoria. Son los recuerdos sensibles del ser ausente, que traza una cartografía de la memoria y de la sensibilidad, cuyas desgarraduras pueblan la geografía urbana.  En su poética, la ciudad y el mar se transforman en espejos de la infancia y la juventud. El mar es, en efecto, la metáfora de una memoria desarraigada. Ciudad ausente y presente, olvidada y recordada. Las experiencias cotidianas confluyen y convergen en sus pasiones y desvelan las regiones más recónditas del sentimiento amoroso. De modo que, el mar, en su mundo poético, actúa como imagen que se entroniza en la memoria del deseo. Identidad y viaje, apego y desapego definen las remembranzas de su conciencia despierta, entre la vigilia y el sueño. 

Basilio Belliard (Moca, República Dominicana 1966), poeta, ensayista y crítico literario. Autor de la colección de microrrelatos El lince y el arcoíris (2019).

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