Pensar, desde la isla y más allá.

Federico García Lorca entre nosotros

Desde el entramado, complejo e inaprensible, que es la poesía en el mundo de hoy, resulta riesgoso comprometerse a escribir el prólogo a una antología poética sin haberla leído y más aún si es en homenaje a un escritor de la dimensión de Federico García Lorca. Quizás esto se pueda explicar, en principio, por la confianza que me transmitía la voz que, desde el otro lado del atlántico, me proponía tan hermosa encomienda referida a uno de los poetas que más admiro.

Las definiciones sobre poesía son múltiples y se colocan, a veces, en hemisferios polares. Lorca llegó a decir que la poesía era “una palabra a tiempo”, y Jorge Guillén se preguntaba: «¿Y por qué no todas las palabras a tiempo?»; ya Antonio Machado había dicho: «La poesía es palabra en el tiempo”. Estas tres versiones forman parte de un mismo árbol. Otro poeta, español, Gabriel Celaya, dice: “La poesía es un arma cargada de futuro». Y luego, José Lezama Lima responderá, desde Cuba: «La poesía es un caracol nocturno en un rectángulo de agua»; por su parte, Octavio Paz, enfatiza: «La poesía se oye con los oídos, pero se ve con el entendimiento: son imágenes, son criaturas anfibias; son ideas y son formas; son sonido y son silencio».

La pluralidad de caminos poéticos llevó a Góngora y Quevedo a escribir obras esenciales tan distintas y valiosas. En el 300 aniversario de la muerte de Luis de Góngora se reunieron un grupo de poetas para homenajear al autor de Soledades; entre ellos estaban: Federico García Lorca, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Alexandre, Manuel Altolaguirre y Emilio Prados.

Después de este homenaje, se colocaba en un plano consagratorio a Góngora y rescataba del olvido el barroquismo literario, tratando con desdén la poética de Francisco de Quevedo y Villegas. Años más tarde, Lorca dictó una conferencia en México elevando a la dimensión sublime la obra del autor de Poderoso caballero y logrando un equilibrio entre esos poetas fundamentales de la historia de la poesía universal.

(La diversidad en la poesía es su riqueza; las definiciones y la constatación textual lo han demostrado a través de la historia).

El autor de Poema del cante jondo dirá de su propia poesía: «Tengo una poesía de abrirse las venas, una poesía evadida ya de la realidad como una emoción donde se refleja todo mi amor por las cosas y mi guasa por las cosas. Amor de morir y burlar de morir».

Cuando Federico García Lorca fue asesinado, era él ya, una altísima expresión de la literatura, la que, partiendo de lo popular, había adquirido niveles muy altos en el mundo artístico de España, junto a Manuel de Falla, Salvador Dalí y Luis Buñuel.

Naturalmente, con la indignación por el atroz crimen de su persona, se amplió el interés por conocer a ese creador, donde la música, las artes plásticas y la literatura, a través de la poesía y el teatro, se juntaron en uno de los autores más singulares, donde la genialidad se aposentó desde su niñez.

Conocer a Lorca a partir de la conmoción mundial que produjo su muerte, a veces puede causar una visión de conjunto válida, pero contaminada, por ello de ribetes extraliterarios, como ocurre en situaciones como éstas.

Pienso que es mejor abordar a este autor a partir de la visión de algunos de sus más cercanos amigos e integrantes de esa generación del 27 denominada «El Segundo Siglo de Oro».

Dice de él Jorge Guillén: «Lo sabe todo el mundo; es decir, en esta ocasión el mundo entero: Federico García Lorca fue una criatura extraordinaria. “criatura” significa esta vez más que “hombre”. Porque Federico nos ponía en contacto con la Creación, con ese conjunto de fondo en que se mantienen las fuerzas fecundas, y aquel hombre era ante todo manantial, arranque fresquísimo de manantial, una transparencia de origen entre los orígenes del universo, tan recién creado y tan antiguo. Junto al poeta —y no sólo en su poesía— se respiraba un aura que él iluminaba con su propia luz. Entonces no hacía frío de invierno ni calor de verano: hacía… Federico». Y Vicente Alexandre: «A Federico se le ha comparado con un niño, se le puede comparar con un ángel, con un agua (“mi corazón es un poco de agua pura”, decía él en una carta), con una roca; en sus más tremendos momentos era impetuoso, clamoroso, mágico como una selva. Cada cual le ha visto de una manera. Los que le amamos y convivimos con él, le vimos siempre el mismo, único y, sin embargo, cambiante, variable como la misma naturaleza. Por la mañana se reía tan alegre, tan clara, tan multiplicadamente como el agua del campo, de la que pareciera siempre que venía de lavarse la cara. Durante el día evocaba cuerpos frescos, laderas verdes, llanuras, rumor de olivos grises sobre la tierra ocre; en una sucesión de paisajes españoles que dependía de la hora, de su estado de ánimo, de la luz que despidieran sus ojos; quizá también de la persona que tenía enfrente».

La síntesis mostrada sobre en este autor. (poeta, dramaturgo, músico y pintor) se constituye en un acontecimiento pocas veces visto. No basta con decir que tuvo una sensibilidad especial, es que esta sensibilidad, al margen de una laboriosidad y dedicación, es simplemente imposible. Tampoco Federico fue alguien que se aisló en una torre de marfil para escribir y meditar al margen de lo que pasaba en su entorno; más bien, participó en todo. Rompió así con las limitaciones del tiempo, multiplicándose este el mismo en una perspectiva que casi sale de lo vital.

«En las altas horas de la noche discurriendo por la ciudad, o en una tabernita con algún amigo suyo entre sombras, Federico volvía a la alegría como de un remoto país a esta dura realidad a la tierra visible o el dolor visible. Su corazón no era ciertamente alegre. Era capaz de toda la alegría del universo; pero su sima profunda, como la de todo gran poeta, no era la de alegría. Quienes le vieron pasar por la vida como un ave llena de colorido no lo conocieron. Su corazón era como pocos, apasionado, y una capacidad de amor y de sufrimiento ennoblecía cada día más aquella noble frente».

Su texto, Impresiones sobre Granada, con el subtítulo «Paraíso cerrado para muchos», es una muestra de prosa poética y de conocimiento que junto a Historia de este gallo y Degollación de los inocentes da un ejemplo de su capacidad narrativa.

Sus charlas sobre el teatro en homenaje a Luis Cernuda, la imagen poética de don Luis de Góngora, que resume en una serie de conferencias, demuestran que —a diferencia de lo que pensaban algunos— el sesgo popular en Lorca, ligándose al pueblo montando sus obras delante de él, siempre con la mayor dignidad posible, no se limita a un simple activista de la cultura, sino que revela a un sólido pensador que no confunde lo popular con lo ausente de calidad.

La España que produce a García Lorca es la misma de don Santiago Ramón y Cajal, de Ramón Pérez de Ayala, de Ramón Menéndez y Pidal, de Valle Inclán, de Miguel Unamuno, de Pablo Picasso, de Juan Gris y de toda una constelación de altos creadores que anuncian y consolidan una cultura sólida en el lapso en que nació y murió Federico García Lorca, a cincuenta autores importantes.

Federico no era, como creen algunos, por ignorancia, un fenómeno aislado en España.

Para muchos, Federico ha conquistado junto a Calderón de la Barca y Cervantes probablemente, uno de los tres puestos más altos dentro de la simpatía de la literatura española; y Guillén recuerda: «Yo le preguntaba en aquellos primeros años heroicos —y tímidos— ¿y tú atreves a recitar tus poemas? Y él contestaba como si tuviese los poemas sobre el corazón, golpeándose el pecho: “sí, para defenderlos”», ¡Qué bien los defendía! El autor se auto interpretaba con rigurosa exactitud, mostrando y demostrando que sabía muy bien lo que hacía.

¡Cuántas veces le hemos oído el romance sonámbulo primero con cierta elevación de tono!

Verde que te quiero verde

Verde viento, verdes ramas.

Después, tras un silencio en voz más baja, distanciando las cosas hacia una lejanía más simple, nos dice:

El barco sobre la mar

Y el caballo en la montaña

Hay versos que aún me resuenan en la memoria auditiva:

La noche se puso íntima

Como una pequeña plaza

La lírica de Lorca que inaugura el libro de poemas publicado en 1921 se compone de varios textos. El Cante jondo y el Romancero gitano, considerados sus textos más famosos, se entroncan en la poética popular tradicional.

Muchos tratan de referirse al Lorca popular, pero ¿Es acaso lo popular, lo fácil, y no es a veces lo más lúcido?

En una carta del 27, Lorca, refiriéndose a esto, decía: «Me va molestando un poco mi mito de gitanería; confunden mi vida y mi carácter. No quiero de ninguna manera. Los gitanos son un tema y nada más. Yo podía ser lo mismo poeta de agujas de coser o de paisajes hidráulicos. Además, el gitanismo me da un tono de incultura, de falta de educación y de poeta salvaje, que tú sabes bien que no soy. No quiero que me encasillen. Siento que me van echando cadenas. NO…».

Eso no quiere decir que García Lorca no permaneciera siempre muy ligado a las tradiciones orales y cantadas y que su Cante jondo no sea altísimo canto; ahora bien, su condición de gran poeta le permitiría llegar al más alto nivel en la tradición popular y ser, a mi juicio, con Poeta en Nueva York, uno de los más grandes poetas surrealistas. (El destacado escritor dominicano Marcio Veloz Maggiolo llega a afirmar que los dos más significativos poetas del movimiento que creó André Breton son Lorca y Neruda).

Ante la lectura de esta antología que comentamos, se podría comenzar diciendo que la obra de Federico García Lorca ejerció una gran influencia en la poesía dominicana; lo que es demostrable con sólo ver la producción de algunos de nuestros principales autores y leer la colección de La Poesía Sorprendida, La Generación del 48 y algunos escritores de diversas generaciones. El poeta nacional Pedro Mir, en su libro Concierto de esperanza para la mano izquierda, expresa:  

Solo de esperanza

La esperanza es un nido

y una semilla en el suelo.

La esperanza es una flor

es forma de coliflor

que mastican lejanos

los camellos.

La esperanza es la raíz

de la humedad, y el arroyo

en el desierto.

El barco sobre la mar

y Federico en sus versos.

La esperanza es un concierto

popular

en los años duros

y en doscientos muertos.

El caballo en la montaña

y en Granada un monumento.

La esperanza es un cuartel

de policía consagrado

a cuidar la tranquilidad

del pensamiento

el orden del arcoíris

y la equidad del recuerdo.

            (fragmento)

El destacado escritor dominicano Rei Berroa es uno de los que más ha penetrado en la obra del autor de Bodas de sangre en forma raigal y su atmósfera investigacional y ensayística me permiten ingresar en el mundo ancho y propio que es la obra lorquiana.

Otro aspecto de interés sería recordar que nuestro principal humanista había dicho en los Estados Unidos a Jorge Guillén lo siguiente:

Otro día, en la otra América, Cambridge, 1941, me dijo Pedro Henríquez Ureña, buen americano por nacimiento y amor como buen europeo por sabiduría:

– ¿Sabe usted quién inventó a Neruda?

– García Lorca.

– Sí, de España salió con mucha más fama de la que tenía cuando llegó a Madrid.

– «Inventar a…» es ingenioso, pero excesivo. Claro que todos acogimos a Neruda con la admiración a él debida, como lo comprueba una página de homenaje que también yo me honré en firmar.

Otro contacto con los dominicanos puede ser la aseveración de Camila Henríquez Ureña acerca de que sí estuvo García Lorca en Santiago de Cuba, y no sólo en La Habana; aspecto que algunos están en desacuerdo. Lo que está claro es que Lorca escribió el poema Iré a Santiago. Esta escritora e investigadora dominicana trató de demostrar, incluso, que él se sintió un poco enfermo en esa provincia oriental de Cuba y que fue un dominicano, el padre de Camila, de Pedro, de Max y de Francisco, quien atendió como médico al ilustre poeta y dramaturgo; se trata de Francisco Henríquez y Carvajal; y este dato lo obtuve a través del intelectual cubano José Fernández Pequeño en la revista Del Caribe.

Al asumir el honroso compromiso de prologar el homenaje de poetas dominicanos a Lorca, observé una lista de escritores y la obvié. Preferí, primero, ir a los textos directamente, y mi lectura se llenó de entusiasmo al valorar la diversidad de estilos, temáticas y niveles escriturales alcanzados.

Me impactó el conjunto muy positivamente y releí con menos prisa el material lírico, descubriendo que estaba ante la presencia de una obra que no sería pasajera ni coyuntural. Estos poemas tienen calidad, precisión y rigor sin dejar de percibir rasgos de espontaneidad en algunos casos, privilegiando la inspiración que nuestro poeta llama Duende, para explicar esa parte de la creación literaria que parece tener cierto misterio.  Se advierte en el conjunto un lenguaje eficaz tanto en verso como en prosa.

Este valioso aporte se inscribe en una tradición que ha permeado la literatura de nuestra América a través del universo poético lorquiano. Libros como el Cante jondo, Romancero gitano y Poeta en Nueva York influyeron en todos nuestros países. Solo en Chile, dos grandes poetas, Neruda y Parra, fueron impactados en algunas de sus obras por el autor de Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías.

Esta antología reafirma los valores de la dominicanidad como parte de lo universal, cada poema es un canal que nos conduce hacia estadios de calidad, que nos llenan de orgullo. Cuando vi los nombres, muchos eran conocidos: habían ganado lauros en certámenes nacionales e internacionales y, sobre todo, que estos autores expresan el más diverso universo, donde es posible estructurar lo poético. Se apuesta así y aquí a la prosa poética, a una tradición lírica que tiene como antecedente algunos poetas franceses, pero que en Iberoamérica se inicia con Rubén Darío y se advierte, también, en algunos casos, la impronta de la poesía de lengua inglesa. (Encontramos una destreza en el tratamiento de la masa poética, donde los versos van a desempeñar cada uno su papel en una interacción sonido-sentido, cuyos resultados son, sin dudas, óptimos).

Estos autores han contribuido a que triunfe, no una escuela literaria, sino la diversidad, que parece caracterizar la época en que vivimos. Es auténtica poesía.

Mateo Morrison (1946), gestor cultural, poeta, ensayista y abogado. Premio nacional de literatura 2010.  

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