Pensar, desde la isla y más allá.

Desde hace más de 20 años, he venido observando la evolución pictórica de Hilario Olivo. Al contemplar sus cuadros percibo la revelación de un secreto del que participo plenamente.

Pintura que somete al objeto a una inquisición sobre sus propiedades plásticas y que es una investigación sobre los colores, los volúmenes, las líneas. El elemento pasional y erótico corresponden aquí a lo que Octavio Paz ha denominado transfiguración o imaginación analógica. Para Hilario Olivo, el mundo todavía es un sistema de llamadas y de respuestas, y, el hombre aún es parte de la tierra: es la tierra misma. La actitud de Hilario Olivo está muy próxima a la de los pintores Rufino Tamayo,  Roberto Matta y Wilfredo Lam.

Con elementos corporales, Hilario Olivo, en Territorio Paralelo (2006), configura un vitalismo cromático que desborda la inmediata relación entre los principios masculinos y femeninos. Sus trazos son aún más espinosos, porque hasta en el caso de poder generar sensaciones cromáticas –después de muchos esfuerzos– nos será más difícil captarlos.

Cada cuadro revela así, sucesivamente, detrás de la idealidad de sus fines, el fantasma seductor en que se articula, la visión delirante del cuerpo, que establece una alegoría, una alteración de los sexos en la medida en que la naturaleza se borra y estalla (ver la serie de cuadros titulados Personajes transfigurándose).

Olivo crea un nuevo espectro de dispersión y, en este juego sexual de baja definición, parece que nos desliza del éxtasis a la metástasis, de la metástasis a un proceso de innumerables pequeños dispositivos de transfusión y de perfusión libidinal: micro-argumentos de la androginia bajo múltiples formas. Resolución del sexo en sus miembros sueltos, en sus objetos parciales, en sus elementos fractales (ver cuadros:  Cada uno es su territorio, Sueño azul de la danzarina, Ir y venir en la noche roja, Mujer, entre otros).

En este viraje sexual de la indeferencia, la única alternativa correspondería a la mujer. Hilario Olivo genera lo femenino produciendo figuras de seducciones, del mismo modo que al dibujar lo masculino obtiene una imagen de la mujer. Es el problema del carácter ambiguo y desgarrante de la diferencia: una mujer se convierte en sujeto del deseo, pero ya no encuentra al otro que podría desear como tal, pues el secreto no está jamás en el intercambio equivalente de los deseos bajo la dialéctica de una diferencia igualitaria, sino en inventar al otro que sabrá jugar y burlarse de mi propio deseo, diferirlo, suspenderlo, y, por tanto, suscitarlo indefinidamente.

Nuestro artista, ni siquiera se opone a la identidad: juega con ella. De la misma manera que la sensibilidad no se opone a lo real, sino, que juega con ello, de la misma manera que lo femenino no se opone a lo masculino, en algún lugar más allá de la diferencia primordial de los sexos. Estos dos referentes plásticos no se contraponen: el segundo juega con el primero. El principio femenino (yin) es una realidad más sutil que rodea al principio masculino (yan) con el signo de su desaparición.

Todo el esfuerzo consistiría en reducir este principio antagónico, esta incompatibilidad, a una simple diferencia, a un juego de oposición bien templado, a un discurrir de la identidad y de la diferencia en lugar de la “alteridad robada”. Esto es lo que ocurre, posiblemente, en estos lienzos. Las líneas y los trazos de Hilario Olivo son un signo crítico a nuestra rancia percepción del ser.

Plinio Chahín, poeta, crítico, docente y ensayista dominicano, autor de Pensar las formas (2017).

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