Pensar, desde la isla y más allá.

Es difícil ser objetiva y no deambular por los derroteros que se abren con este nuevo libro de René Rodríguez Soriano. Es difícil no pensar en otras dictaduras, en otros chivos con sus lodazales.

Confieso que la lectura de No les guardo rencor, papá, me tuvo pensativa muchos días. Confieso además que mientras leía, la subjetividad se apoderó de mí y divagué entre las líneas de Jorgito, Arcadia, Manuel y las noticias provenientes de Venezuela que no solo bombardeaban mi concentración, sino que me mantenían —me mantienen aún— en vilo y, como consecuencia, se me hizo imposible no establecer paralelismos entre ambas situaciones.

Leer a René Rodríguez Soriano siempre alborota algo. Sus letras llegan a esa capa de la cebolla que, aunque no está pelada, logra que te piquen los ojos. Bien por curiosidad, bien por empatía, bien por descubrir que eso que el autor describe con absoluta destreza es exactamente lo que sientes y qué maravilla que alguien lo entienda como lo padezco. Porque padecer parece ser el leitmotiv de quienes nos adentramos en las letras y nos escabullimos del aquí y el ahora, nos escapamos de la algarabía del entorno para zambullirnos en los sonidos de ese silencio de los libros que nos grita y que nos coge por los pelos.

Eso hace René, eso hacen sus libros y eso fue justamente lo que sucedió. Leí las 70 páginas en poco más de dos horas y una vez en el punto final no pude más que preguntarme: ¿Y ahora qué?

La destreza narrativa de Rodríguez Soriano nos presenta un texto que es a la vez tres que se abren con cada página para adentrarnos en la historia de una familia en un pueblito de la República Dominicana sacudida por las ideas revolucionarias y las consecuencias de tan comprometida y arriesgada decisión. Jorgito, Manuel y Arcadia son los ejes de la trama y cada uno nos lleva de la mano y nos pasea por las poco engargoladas carreteras que diestramente y de forma sucinta, recrea el autor.

Así empieza Jorgito, curioso y apasionado, quien haciendo uso de un monólogo propio de los chicos de nueve años en el que no existen signos de ortografía, mayúsculas o minúsculas, describe el constante ir y venir que se sucede entre las paredes de su casa, nos introduce a los personajes y, desde una perspectiva más bien inocente y coloquial, devela detalles que serán cruciales y nos ubican en los eventos que trascurren a lo largo de las páginas.

La literatura tiene lugar en el ámbito de lo imaginario y lo ficcional reproduciendo en imágenes aquella parte de la realidad que necesita ser contada y Rodríguez Soriano lo sabe, entonces recrea a Arcadia, la voz femenina, quien en escuetas entradas a un diario describe la relación del yo con el mundo sin saber que sus secretos serán escuchados por ese exterior del que ella se quiere velar y que terminarán sirviendo de evidencia para incriminar a Manuel, su hermano amado.

La manera de hilvanar la relación histórica de una época signada por la violencia y la rebeldía, hablamos de las postrimerías de la dictadura trujillista; la indomable necesidad de querer construir una sociedad más justa donde el hombre lograra respirar con dignidad y “cambiar el estado de cosas reinante en el país”, le dan vida a Manuel, quien en aras de la defensa de la libertad y de la democracia, se involucra en un movimiento para organizar la resistencia y nos entrega el protagonismo en forma de epístola, una carta que dirige al padre, a esa figura a la que siempre se regresa bien sea para agradecer o, como en este caso, para saldar cuentas:

“Ahora papá, algunas cosas han cambiado, y creo que para bien. Por lo menos hemos descubierto que tenemos derecho al grito y que, además, podemos alcanzar altos registros, registros capaces de detener en vilo a los furiosos potros de la infamia y el desdén que lo han virado todo al revés…”

La pericia narrativa de Rodríguez Soriano le permite organizar el libro con tino de bisturí develando en pocas páginas la personalidad de cada uno de los protagonistas. El padre es la hegemonía de pensamiento, la imposición de reglas, los mandatos, las exigencias. Manuel es el típico joven sometido al que nunca dejaron hablar o pensar y al que se le hace imperioso rebelarse no solo del yugo paterno sino del despotismo reinante y se debate entre cuestionarlo y contar su versión, que es, a fin de cuentas, el motivo de la carta.

Son muchos los escritores que recurren a la figura paterna para crear sus obras, esas historias que habitan los libros y terminan trascendiéndolos. García Márquez y su coronel como imagen que mitiga la tristeza y el desamparo. Vargas Llosa afincándose en la difícil relación con una figura paterna dura y violenta para hacerse de una voz llena de lucidez y rebeldía ante los autoritarismos que arrasan el mundo, o Kafka, por mencionar a tres célebres, con la construcción de un universo dominado por el poder que arrastra de su lejana infancia y desde donde evoca episodios que plasma es su famosa Carta al padre.

Es imposible no pensar en esa carta, la de Kafka, cuando Manuel insiste en “hablar de hombre a hombre” con su padre, pero a diferencia de en aquella escrita por el checo, en este caso el muchacho no se subestima ni alaba con adoración casi divina a quien le dio la vida, sino que expone las razones que lo han llevado a estar donde está y, sobre todo, a hacer lo que hizo, formar parte del grupo insurrecto.

Manuel ataca reprochándolo: “Recapacita, analízate bajo ese tronco, enlódate en las angustias de cada uno de tus hijos”, pero como Kafka, él también lo libera de culpas y justifica la manera de ser en virtud de la brecha generacional que los separa:

“Comprendo que no han sido iguales nuestros tiempos, nuestras visiones, nuestras formaciones. Tú entraste al mundo cuando el siglo apenas se calzaba unas soletas tristes y, solo a fuerza de sable, garrote y bozal, caminaban las ruedas de la historia.”

Una historia en la que la Iglesia es parte de la estructura de poder y domina y enjuicia, manipula y apoya letalmente y que, a través de Sor Cristina, una de las monjitas de las Hijas de María, consigue que Jorgito y Arcadia sirvan de “tontos útiles” y suministren la información con la que Manuel resulta incriminado y lo convierte en uno más de los acusados de formar parte de la conspiración.

Conspiración que sólo se menciona de manera tangencial y que nos transporta a una época signada por el militarismo despótico, la represión, la persecución, la ausencia de derechos humanos y de libertades civiles en donde los asesinatos por pase de facturas podían ser justificados como accidentales y en la que cualquiera que osara oponerse al régimen, podía ser encarcelado y torturado, por decir lo menos.

Una historia que es el resultado del rastro indeleble que deja la dictadura en una sociedad dominada por la discriminación de clases, la opresión, el miedo; miedo a los padres, miedo a la Iglesia, miedo a quienes detentan el poder y en la que el silencio es casi un protagonista más, todo debe callarse, apenas susurrarse de boca en boca y más allá y es desde ese murmullo desde donde Jorgito, Arcadia y Manuel nos hacen cómplices.

Es sencillo intuir la fuerza y el tono confesional del libro desde el mismo título y con la sentencia de “No les guardo rencor, papá”, no es complicado situarse en esa posición de espectador que debe poner en movimiento la materia gris para no perderse ni el más mínimo detalle. No, no es fácil escribir sobre el trabajo de un amigo. Es difícil ser objetiva y no deambular por los derroteros que se abren con este libro. Es difícil no pensar en otras dictaduras, en otros chivos con sus lodazales. Es complejo no detenerse en la dedicatoria y ocultar el suspiro, no regodearse con las voces e impedir que nos atropellen con esa suave explosión de diversidad ante la verdad que, paradójicamente, todos disimulan para terminar exponiéndose y exponiéndonos.

Rodríguez Soriano enlaza cada una de las partes singulares de ese todo que es la vida y les añade valor y significado. Realidad, ficción, libertad, justicia, culpas e inocencias consiguen la ubicación precisa y le permiten continuar construyendo la identidad del corpus literario que lo precede otorgándole un lugar desde el cual seguirse deleitando.

¿Leyó el padre de Manuel la carta? No lo sabremos. ¿Leemos nosotros una redención en clave literaria por parte de René Rodríguez Soriano en esta prosa de palabras cuidadas que parecen desordenadas y nos dejan con ganas de más? Que cada uno saque sus conclusiones.

Decía Albert Cohen que “son los recuerdos, esa terrible vida que no es vida y que hace daño”y si la literatura —y la ficción, para más inri— causa placer, al mejor estilo aristotélico, No les guardo rencor, papá, conmueve por la fuerza expresiva y la diáfana manera de enfrentar el dolor y el sufrimiento de los que padecieron la cruenta tiranía que aún permanece tatuada en la epidermis colectiva y que, en lo particular, me transportó a otro régimen, esta vez en mis tierras del sur.

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Ophir Alviárez Escritora venezolana residenciada en USA. Autora de “Escaleno el triángulo” (2004) “Ordalía (o La pasión abreviada)” (2009).

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